miércoles, 26 de noviembre de 2025

La vida a piezas

                             Un diagnóstico y mi vida cambió por completo. Le acababan de poner una cuenta atrás a mi vida. Aquella enfermedad me consumiría poco a poco hasta hacerme desaparecer. Sin cura. Me ofrecieron una alternativa. Sustituir a medida que avance la enfermedad por prótesis robóticas que estaban desarrollando y podrían reemplazar cualquier parte de mi cuerpo afectada. Me dijeron que era cambiar o desaparecer y el miedo hizo que escogiera cambiar. 

Después de seis meses mis piernas empezaron a fallar y los médicos procedieron al cambio. Las prótesis eran de titanio cubiertas con una piel artificial pareciendo casi casi reales. También tocaron mi cadera para ahorrarse ese trámite en futuras operaciones. Tenía unas piernas más fuertes que en mi juventud cuando competía en deportes. El primer día que salí a caminar me llevaron a todos los destinos que quise. Con cada "llegada a meta" no podía sacarme de la cabeza la idea de haber perdido la satisfacción de alcanzar mi destino crecía en mi cabeza. 

Tres meses más tarde mi mano izquierda comenzó a tener temblores y a no seguir mis órdenes. La operación reemplazó mi brazo izquierdo entero y reforzó de titanio mi columna para no tener problemas con mis nuevas extremidades. Tuvieron el detalle de replicar el tatuaje de mi antebrazo izquierdo sobre la piel artificial. Aquel brazo era más fuerte que el original, se movía con la misma precisión que el anterior en su mejor momento y apenas había diferencia de peso. La primera vez que acaricié con él no sentí nada. Ni frío, ni calor ni tampoco ninguna emoción relacionada con ese acto. Todavía tenía mi otro brazo pero una parte de algo importante se fue con mi brazo izquierdo. 

Cinco meses después algunos de mis órganos del sistema digestivo y mi brazo derecho mostraron signos de estar afectados por la enfermedad. Aquella operación fue en palabras de los propios médicos un reto. De cuello para abajo sería artificial. Reemplazaron mi brazo derecho, mi tronco y todos mis órganos por versiones artificiales de los mismos para mantener mi cabeza con vida. Salí de aquella operación creyéndome un súper héroe con un montón de gadgets a mi disposición. Era más rápido y más fuerte. Procesaba la comida y el aire para mantener funcional lo que quedaba de mi cuerpo. El primer abrazo de mis amigos en cuanto el post operatorio me lo permitió fue frío, vacío y carente de emoción. Estaba vivo, ¿a qué precio?

Un año después los músculos de la cara se empezaron a entumecer. Aquella era la última de las intervenciones. Retirarían el sistema de mi tronco por otro que mantuviera a mi nueva cabeza con energía para siempre, me incorporarían sensores sonoros, visuales y auditivos y mi mente sería un grupo de memorias que tendrían mis pensamientos y recuerdos al mismo tiempo que podría crear nuevos. Para esta última operación pedí un pequeño cambio, si podían conservar mis ojos y mi sistema visual. Los médicos no entendieron muy bien la petición pero con unos pequeños cambios sobre el plan original accedieron. Veinte horas de quirófano después aquel proyecto pionero estaba terminado. Conservaba el mismo aspecto con el que había empezado este viaje y podría vivir todo el tiempo que quisiera. Congelaron esperma mío por si en algún momento quería tener descendencia. Todo estaba como me prometieron que estaría. Tras varios días de recuperación pude verme en el espejo. Miré aquella cara idéntica a la mía y la acaricié. Todo parecía igual y al mismo tiempo distinto. Focalicé la vista en mis ojos. Eran mis ojos pero aquella mirada no expresaba nada. Las lágrimas brotaron descendiendo por mis mejillas. Crearon al primer robot capaz de llorar.

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