¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Quién soy? ¿Qué hice para tener que sufrir este castigo? Tanto tiempo que los días, los meses y los años se desdibujan. Estoy aquí a oscuras encadenado con estos trozos de tela que apestan por tantos años sin lavar y la sangre. No recuerdo demasiado del mundo. Sé que una guerra muy atrás en el tiempo devolvió a la humanidad a una época pretecnológica. Estoy seguro que estoy encarcelado en un poblado que vive apartado del resto del mundo en la ladera de una montaña por la que desciende un río y que en algún lugar del pueblo hay una cascada por lo que he escuchado a lo largo de los años. Sé que tienen miedo a la fauna salvaje de la superficie y a otras poblaciones humanas más salvajes. Creo que la periodicidad en la que me visitan es tres veces al día. Y conozco muy bien el dolor de sus visitas. No recuerdo mi cara. No recuerdo mi nombre. No recuerdo los motivos que me hacen merecedor de este castigo. Sé que soy distinto pero, ¿me hace eso merecedor de este sufrimiento? Por lo poco que me han dicho a lo largo del tiempo puedo deducir que soy joven o así aparento y que no envejezco. Sé que me curo de las heridas al instante y no enfermo. Que el consumo de mi carne prolonga la vida, cura enfermedades y te otorga algo más de fuerza. Que mi sangre cura heridas y mejora la calidad de los huertos. Mi mayor miedo es que este don sea el único motivo por el que me encuentre preso. Tuve varios intentos de escapar que fracasaron. El primero fue con el abuelo del abuelo del actual encargado de las visitas. A partir de ahí esperaba lo que consideraba años o al cambio de personas que me visitaban para intentarlo de nuevo. Cada fracaso se convirtió en un aprendizaje. Si mis cálculos no me fallan falta poco para la visita de la mañana.
Veo como se abre la puerta. Entran cinco hombres. Dos de ellos con unas cestas de mimbre y otro con un hacha. La situación es familiar. Encienden las antorchas para iluminar la habitación. Acercan la piedra a mi posición. Entre dos me quitan las cadenas de brazos y piernas y me colocan boca abajo sobre la piedra. Me sujetan estirando mi brazo izquierdo entre cuatro y el otro alza el hacha. Aquí es cuando intento desconectar mi mente. El acero cae y la sangre salpica mi cara. Ni después de todo el tiempo recibiendo el castigo el dolor me golpea como un calambre por todo el cuerpo. Mi brazo cae y uno de los cuatro que me sujetan lo mete en la cesta. Al mismo tiempo que la primera gota de sangre cae al suelo mi brazo se recupera. Sin poder recuperar el aliento el hacha vuelve a por mi brazo y se me escapa un pequeño gruñido de dolor. La escena se repite una tercera vez con ese brazo antes de sacarme tres veces de brazo derecho. Continua con las piernas y en uno de los cortes fue de dos golpes lo que hizo el dolor más desagradable. El del hacha y los de las cestas se marchan recordándole a los otros dos que apaguen las antorchas. Ese es mi momento. En cuanto intentan encadenar mis brazos me revuelvo y evito mi apresamiento. Intentan agarrarme pero la sangre derramada me vuelve resbaladizo y llego hasta la puerta. La abro y siento la luz del sol en mi cara después de lo que se siente como una eternidad. Escucho los gritos a mis espaldas y corro. Miro en todas las direcciones y solo encuentro caras de sorpresa y horror. No paro de correr hasta que escucho el ruido de agua. A mis espaldas más voces intentan detenerme. Tantos años encadenado pero mis piernas me mueven más rápido que a mis perseguidores. Alcanzo la cascada. La altura impresiona. A mis espaldas un par de perseguidores me gritan algo que apenas se escucha con el sonido del agua cayendo. Me pongo en el borde y les miro por última vez antes de saltar. El agua me traga mientras caigo.
Muchas cosas se rompen al llegar al fondo de la cascada. El río me arrastra mientras destroza partes de mi cuerpo con cada impacto. Me recupero a casi la misma velocidad que me hiere el agua y las rocas pero todo se vuelve negro y pierdo la consciencia. Despierto en la orilla del río. Me levanto y me apoyo en un árbol mientras acabo de escupir el agua ingerida. Mis ropas están empapadas y sucias de la tierra pero no tengo otra cosa. La montaña está a quilómetros de distancia. Estoy en el bosque que atraviesa el río camino del mar. Escucho un gruñido. A unos metros delante hay un jabalí. Mide unos cuatro metros de altura. No parece amigable y se lanza con sus colmillos amenazando mi seguridad. No tengo la velocidad para esquivarlo y me atraviesa por el abdomen. Me hago el muerto para evitar más dolor.
En la noche el jabalí duerme. Evitando despertarlo muevo mi cuerpo para escapar de su colmillo. Me libero y caigo medio metro. Contengo el aliento esperando no despertarlo. No se mueve. Camino hasta el río. La parte superior de mis ropas se terminó de despedazar del todo. Las retiro y me meto en el río para lavarme. La luna está llena e ilumina mi baño. Me quito la sangre seca del cuerpo lo mejor que puedo. Miro mi reflejo por lo que me parece mi primera vez. Que rasgos tan delicados para una vida de tanto sufrimiento. En mi reflejo descubro que en un poco más abajo de mis hombros en mi espalda hay unas protuberancias. Me duele la cabeza. Acerco mis manos a los bultos. Mis ojos brillan en dorado. Mi cabeza arde. Lo recuerdo todo. Era/soy un ángel. Vi la caída de la humanidad y su intento de renacer. Ayudaba al poblado donde estaba encarcelado con suministros. Pero un día... Me atacaron. Cortaron mis alas. Mis pobres alas. Me golpearon con piedras en la cabeza hasta que dejé de recordar, hasta que mis alas dejaron de brotar. Mis alas. Hay un brillo más fuerte a mi espalda mis alas han vuelto. Son doradas como el Sol y mi ropa vuelve a ser la que vestía antaño. Las alas se despliegan como si nunca me hubieran faltado. Me elevo en los cielos. Atravieso las nubes. El brillo de las alas me hace parecer otra estrella en el firmamento. Miro a la montaña y vuelo en su dirección. Al llegar dos guardias armados con lanzas me reciben.
-Llamad al jefe del poblado. Tengo que hablar con él.
-¿Quién eres? - Está armado y sus manos tiemblan ante mi presencia. Una presencia que debería reconfortar pero que el pecado de esta gente les hace sentir culpa.
-Dile que soy un Ángel o dile que soy vuestra comida y vendrá. - Uno de los guardias corre en dirección de la cabaña del jefe mientras el otro alza todavía más la lanza queriendo demostrar que podría herirme. Pasan unos minutos hasta que el jefe viene caminando solo y le pide al otro guardia que se retire. - Aquí llega el portador del hacha. ¿No la traes hoy? ¿No deseas cenar?
-Sabes que este es un pecado heredado Ángel. Mi padre me enseñó la tradición y a él su padre. Así hasta alcanzar a un antepasado mío que nunca conocí. Podría disculparme pero sé que no enmendaría todo el dolor que sufriste y la tortura del cautiverio. Mi deber como jefe de este poblado es aceptar por mi pueblo el castigo por nuestros crímenes.
-¿Sabes qué hacía antes de vivir encerrado? Traía alimentos y recursos a vuestros antepasados que vivían aislados con miedo del mundo peligroso que les rodeaba. ¿Mi recompensa? Ser cazado y encerrado. Que se alimenten de mi carne y que rieguen sus tierras con mi sangre. ¿Quieres asumir el precio de todo esto? - Se arrodilla ante mi presencia. Todavía me mantengo elevado sin tocar el suelo. No puedo permitirme confiar. - No. Habéis disfrutado de mis "bendiciones" durante mucho tiempo y es momento de que se os retiren. Recuperaré los beneficios de mi carne y mi sangre del último año. ¿Las tierras? Se marchitarán. ¿Las enfermedades? Volverán más fuertes. ¿La carne? Desaparecerá matando de hambre a quien la consumiera.
-¡No mi señor! ¡No puedes hacerlo! - Levanto una de mis manos y un orbe dorado aparece aparece sobre mi mano. - ¡Las mujeres! ¡Los ancianos! ¡Los niños! ¡No lo haga!
-¿Que no lo haga? - Aprieto con mi mano la luz dorada que se deshace en miles de brillos que se desvanecen en la noche como luciérnagas. - Ya está hecho.
El hombre frente a mi desfallece. En un instante está muerto. Me permito pisar por primera vez como ángel en muchos años estas tierras y camino a través de ellas buscando vida. No la hay. A los niños los alimentaban con mi sangre. Los hombres y las mujeres se alimentaban de mi carne. Y los ancianos ambas cosas. Las huertas marchitas. Camino hasta volver al lugar donde tuve la conversación con el jefe del poblado. Miro su cuerpo inerte. Miro a mi alrededor. Una lágrima recorre mi mejilla. Vuelvo a alzar el vuelo y mientras atravieso el cielo la lágrima toca la tierra. Un lirio nace allí donde se derramó. No echo la vista atrás. Lección aprendida. Vuelvo a casa.