jueves, 5 de febrero de 2026

Dioses. Carne.

                             ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Quién soy? ¿Qué hice para tener que sufrir este castigo? Tanto tiempo que los días, los meses y los años se desdibujan. Estoy aquí a oscuras encadenado con estos trozos de tela que apestan por tantos años sin lavar y la sangre. No recuerdo demasiado del mundo. Sé que una guerra muy atrás en el tiempo devolvió a la humanidad a una época pretecnológica. Estoy seguro que estoy encarcelado en un poblado que vive apartado del resto del mundo en la ladera de una montaña por la que desciende un río y que en algún lugar del pueblo hay una cascada por lo que he escuchado a lo largo de los años. Sé que tienen miedo a la fauna salvaje de la superficie y a otras poblaciones humanas más salvajes. Creo que la periodicidad en la que me visitan es tres veces al día. Y conozco muy bien el dolor de sus visitas. No recuerdo mi cara. No recuerdo mi nombre. No recuerdo los motivos que me hacen merecedor de este castigo. Sé que soy distinto pero, ¿me hace eso merecedor de este sufrimiento? Por lo poco que me han dicho a lo largo del tiempo puedo deducir que soy joven o así aparento y que no envejezco. Sé que me curo de las heridas al instante y no enfermo. Que el consumo de mi carne prolonga la vida, cura enfermedades y te otorga algo más de fuerza. Que mi sangre cura heridas y mejora la calidad de los huertos. Mi mayor miedo es que este don sea el único motivo por el que me encuentre preso. Tuve varios intentos de escapar que fracasaron. El primero fue con el abuelo del abuelo del actual encargado de las visitas. A partir de ahí esperaba lo que consideraba años o al cambio de personas que me visitaban para intentarlo de nuevo. Cada fracaso se convirtió en un aprendizaje. Si mis cálculos no me fallan falta poco para la visita de la mañana.

Veo como se abre la puerta. Entran cinco hombres. Dos de ellos con unas cestas de mimbre y otro con un hacha. La situación es familiar. Encienden las antorchas para iluminar la habitación. Acercan la piedra a mi posición. Entre dos me quitan las cadenas de brazos y piernas y me colocan boca abajo sobre la piedra. Me sujetan estirando mi brazo izquierdo entre cuatro y el otro alza el hacha. Aquí es cuando intento desconectar mi mente. El acero cae y la sangre salpica mi cara. Ni después de todo el tiempo recibiendo el castigo el dolor me golpea como un calambre por todo el cuerpo. Mi brazo cae y uno de los cuatro que me sujetan lo mete en la cesta. Al mismo tiempo que la primera gota de sangre cae al suelo mi brazo se recupera. Sin poder recuperar el aliento el hacha vuelve a por mi brazo y se me escapa un pequeño gruñido de dolor. La escena se repite una tercera vez con ese brazo antes de sacarme tres veces de brazo derecho. Continua con las piernas y en uno de los cortes fue de dos golpes lo que hizo el dolor más desagradable. El del hacha y los de las cestas se marchan recordándole a los otros dos que apaguen las antorchas. Ese es mi momento. En cuanto intentan encadenar mis brazos me revuelvo y evito mi apresamiento. Intentan agarrarme pero la sangre derramada me vuelve resbaladizo y llego hasta la puerta. La abro y siento la luz del sol en mi cara después de lo que se siente como una eternidad. Escucho los gritos a mis espaldas y corro. Miro en todas las direcciones y solo encuentro caras de sorpresa y horror. No paro de correr hasta que escucho el ruido de agua. A mis espaldas más voces intentan detenerme. Tantos años encadenado pero mis piernas me mueven más rápido que a mis perseguidores. Alcanzo la cascada. La altura impresiona. A mis espaldas un par de perseguidores me gritan algo que apenas se escucha con el sonido del agua cayendo. Me pongo en el borde y les miro por última vez antes de saltar. El agua me traga mientras caigo. 

Muchas cosas se rompen al llegar al fondo de la cascada. El río me arrastra mientras destroza partes de mi cuerpo con cada impacto. Me recupero a casi la misma velocidad que me hiere el agua y las rocas pero todo se vuelve negro y pierdo la consciencia. Despierto en la orilla del río. Me levanto y me apoyo en un árbol mientras acabo de escupir el agua ingerida. Mis ropas están empapadas y sucias de la tierra pero no tengo otra cosa. La montaña está a quilómetros de distancia. Estoy en el bosque que atraviesa el río camino del mar. Escucho un gruñido. A unos metros delante hay un jabalí. Mide unos cuatro metros de altura. No parece amigable y se lanza con sus colmillos amenazando mi seguridad. No tengo la velocidad para esquivarlo y me atraviesa por el abdomen. Me hago el muerto para evitar más dolor.

En la noche el jabalí duerme. Evitando despertarlo muevo mi cuerpo para escapar de su colmillo. Me libero y caigo medio metro. Contengo el aliento esperando no despertarlo. No se mueve. Camino hasta el río. La parte superior de mis ropas se terminó de despedazar del todo. Las retiro y me meto en el río para lavarme. La luna está llena e ilumina mi baño. Me quito la sangre seca del cuerpo lo mejor que puedo. Miro mi reflejo por lo que me parece mi primera vez. Que rasgos tan delicados para una vida de tanto sufrimiento. En mi reflejo descubro que en un poco más abajo de mis hombros en mi espalda hay unas protuberancias. Me duele la cabeza. Acerco mis manos a los bultos. Mis ojos brillan en dorado. Mi cabeza arde. Lo recuerdo todo. Era/soy un ángel. Vi la caída de la humanidad y su intento de renacer. Ayudaba al poblado donde estaba encarcelado con suministros. Pero un día... Me atacaron. Cortaron mis alas. Mis pobres alas. Me golpearon con piedras en la cabeza hasta que dejé de recordar, hasta que mis alas dejaron de brotar. Mis alas. Hay un brillo más fuerte a mi espalda mis alas han vuelto. Son doradas como el Sol y mi ropa vuelve a ser la que vestía antaño. Las alas se despliegan como si nunca me hubieran faltado. Me elevo en los cielos. Atravieso las nubes. El brillo de las alas me hace parecer otra estrella en el firmamento. Miro a la montaña y vuelo en su dirección. Al llegar dos guardias armados con lanzas me reciben.


-Llamad al jefe del poblado. Tengo que hablar con él.

-¿Quién eres? - Está armado y sus manos tiemblan ante mi presencia. Una presencia que debería reconfortar pero que el pecado de esta gente les hace sentir culpa.

-Dile que soy un Ángel o dile que soy vuestra comida y vendrá. - Uno de los guardias corre en dirección de la cabaña del jefe mientras el otro alza todavía más la lanza queriendo demostrar que podría herirme. Pasan unos minutos hasta que el jefe viene caminando solo y le pide al otro guardia que se retire. - Aquí llega el portador del hacha. ¿No la traes hoy? ¿No deseas cenar?

-Sabes que este es un pecado heredado Ángel. Mi padre me enseñó la tradición y a él su padre. Así hasta alcanzar a un antepasado mío que nunca conocí. Podría disculparme pero sé que no enmendaría todo el dolor que sufriste y la tortura del cautiverio. Mi deber como jefe de este poblado es aceptar por mi pueblo el castigo por nuestros crímenes.

-¿Sabes qué hacía antes de vivir encerrado? Traía alimentos y recursos a vuestros antepasados que vivían aislados con miedo del mundo peligroso que les rodeaba. ¿Mi recompensa? Ser cazado y encerrado. Que se alimenten de mi carne y que rieguen sus tierras con mi sangre. ¿Quieres asumir el precio de todo esto? - Se arrodilla ante mi presencia. Todavía me mantengo elevado sin tocar el suelo. No puedo permitirme confiar. - No. Habéis disfrutado de mis "bendiciones" durante mucho tiempo y es momento de que se os retiren. Recuperaré los beneficios de mi carne y mi sangre del último año. ¿Las tierras? Se marchitarán. ¿Las enfermedades? Volverán más fuertes. ¿La carne? Desaparecerá matando de hambre a quien la consumiera.

-¡No mi señor! ¡No puedes hacerlo! - Levanto una de mis manos y un orbe dorado aparece aparece sobre mi mano. - ¡Las mujeres! ¡Los ancianos! ¡Los niños! ¡No lo haga!

-¿Que no lo haga? - Aprieto con mi mano la luz dorada que se deshace en miles de brillos que se desvanecen en la noche como luciérnagas. - Ya está hecho.


El hombre frente a mi desfallece. En un instante está muerto. Me permito pisar por primera vez como ángel en muchos años estas tierras y camino a través de ellas buscando vida. No la hay. A los niños los alimentaban con mi sangre. Los hombres y las mujeres se alimentaban de mi carne. Y los ancianos ambas cosas. Las huertas marchitas. Camino hasta volver al lugar donde tuve la conversación con el jefe del poblado. Miro su cuerpo inerte. Miro a mi alrededor. Una lágrima recorre mi mejilla. Vuelvo a alzar el vuelo y mientras atravieso el cielo la lágrima toca la tierra. Un lirio nace allí donde se derramó. No echo la vista atrás. Lección aprendida. Vuelvo a casa.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Flores

 Puse una margarita en cada lugar
donde habitaba un recuerdo nuestro
le quité un pétalo a cada una, incapaz
de confirmar que ya no me quieres puede ser cierto.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Ojos

 Los días dejan de tener dueños
mis ojos cantan ríos
de llantos que te llaman
y te olvidan en sueños.
Me borran entre gritos
se desnudan las famas
no me digas quien fui, si yo
solo existo en tu mirada.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

La vida a piezas

                             Un diagnóstico y mi vida cambió por completo. Le acababan de poner una cuenta atrás a mi vida. Aquella enfermedad me consumiría poco a poco hasta hacerme desaparecer. Sin cura. Me ofrecieron una alternativa. Sustituir a medida que avance la enfermedad por prótesis robóticas que estaban desarrollando y podrían reemplazar cualquier parte de mi cuerpo afectada. Me dijeron que era cambiar o desaparecer y el miedo hizo que escogiera cambiar. 

Después de seis meses mis piernas empezaron a fallar y los médicos procedieron al cambio. Las prótesis eran de titanio cubiertas con una piel artificial pareciendo casi casi reales. También tocaron mi cadera para ahorrarse ese trámite en futuras operaciones. Tenía unas piernas más fuertes que en mi juventud cuando competía en deportes. El primer día que salí a caminar me llevaron a todos los destinos que quise. Con cada "llegada a meta" no podía sacarme de la cabeza la idea de haber perdido la satisfacción de alcanzar mi destino crecía en mi cabeza. 

Tres meses más tarde mi mano izquierda comenzó a tener temblores y a no seguir mis órdenes. La operación reemplazó mi brazo izquierdo entero y reforzó de titanio mi columna para no tener problemas con mis nuevas extremidades. Tuvieron el detalle de replicar el tatuaje de mi antebrazo izquierdo sobre la piel artificial. Aquel brazo era más fuerte que el original, se movía con la misma precisión que el anterior en su mejor momento y apenas había diferencia de peso. La primera vez que acaricié con él no sentí nada. Ni frío, ni calor ni tampoco ninguna emoción relacionada con ese acto. Todavía tenía mi otro brazo pero una parte de algo importante se fue con mi brazo izquierdo. 

Cinco meses después algunos de mis órganos del sistema digestivo y mi brazo derecho mostraron signos de estar afectados por la enfermedad. Aquella operación fue en palabras de los propios médicos un reto. De cuello para abajo sería artificial. Reemplazaron mi brazo derecho, mi tronco y todos mis órganos por versiones artificiales de los mismos para mantener mi cabeza con vida. Salí de aquella operación creyéndome un súper héroe con un montón de gadgets a mi disposición. Era más rápido y más fuerte. Procesaba la comida y el aire para mantener funcional lo que quedaba de mi cuerpo. El primer abrazo de mis amigos en cuanto el post operatorio me lo permitió fue frío, vacío y carente de emoción. Estaba vivo, ¿a qué precio?

Un año después los músculos de la cara se empezaron a entumecer. Aquella era la última de las intervenciones. Retirarían el sistema de mi tronco por otro que mantuviera a mi nueva cabeza con energía para siempre, me incorporarían sensores sonoros, visuales y auditivos y mi mente sería un grupo de memorias que tendrían mis pensamientos y recuerdos al mismo tiempo que podría crear nuevos. Para esta última operación pedí un pequeño cambio, si podían conservar mis ojos y mi sistema visual. Los médicos no entendieron muy bien la petición pero con unos pequeños cambios sobre el plan original accedieron. Veinte horas de quirófano después aquel proyecto pionero estaba terminado. Conservaba el mismo aspecto con el que había empezado este viaje y podría vivir todo el tiempo que quisiera. Congelaron esperma mío por si en algún momento quería tener descendencia. Todo estaba como me prometieron que estaría. Tras varios días de recuperación pude verme en el espejo. Miré aquella cara idéntica a la mía y la acaricié. Todo parecía igual y al mismo tiempo distinto. Focalicé la vista en mis ojos. Eran mis ojos pero aquella mirada no expresaba nada. Las lágrimas brotaron descendiendo por mis mejillas. Crearon al primer robot capaz de llorar.

domingo, 2 de noviembre de 2025

Dioses. Cosmos.

                             Aparecieron al mismo tiempo que las primeras estrellas. Se hacían llamar "Hijos del Sol". Su piel, sus cabellos y sus pupilas dorados. Nacieron asexuados y su piel resistía el vacío del espacio y contener en su interior un pequeño sol en lugar de un corazón como fuente de energía. Su fuerza podía destruir mundos, volaban y tenían la capacidad de comunicarse en cualquier lengua y a través de telepatía. Para las primeras sociedades eran considerados ángeles o los representantes de sus deidades. Su figura atlética, que aparecieran volando y su amabilidad con cualquier tipo de vida les daba un aura de emisarios de una entidad superior. Eran un centenar que se consideraban hermanos entre ellos. 

Antes de la aparición de la humanidad ayudaron a prosperar a una infinidad de sociedades a lo largo del universo. Y también vieron como muchas de esas sociedades desaparecían a pesar de sus bienintencionadas apariciones. Para abarcar más espacio decidieron separarse a lo largo del universo. Allá donde iban aportaban todo el bien que podían ya sea ayudando a construir edificaciones, protegiendo a los indefensos o en última instancia finalizando batallas. A medida que se integraban en más y más sociedades su conocimiento sobre el universo aumentaba. Querían ayudar y al mismo tiempo consiguieron expandir sus conocimientos. Todo esto podría parecer una vida de alegrías para los Hijos del Sol pero con el paso del tiempo sus ojos vieron como muchos de los seres que habían conocido como amigos desaparecían borrados por el paso del tiempo, como muchos mundos que ayudaron a construir se perdieron aunque ellos intentasen sostenerlo y con cada vida perdida estos seres cayeron en una profunda tristeza que les llevo a poco a poco sumirse en un letargo profundo. A pesar de que estaban esparcidos por todo el cosmos, la aflicción llegó para todos. Y decidieron dormir para que ese desazón no acabase con ellos.



Año 8812. Décima era humana. Una nave empieza su protocolo de aterrizaje en un planeta no habitado en un sistema solar emplazado en uno de los cuadrantes más periféricos de nuestra galaxia. En la nave viaja el capitán John Allen y un grupo de diez compañeros robóticos especializados en combate y preparados para navegación y manejo del laboratorio. El equipo tras varios meses de viaje está llegando a la fase final de la misión. "Solo uno más y podré volver a casa condecorado" pensaba el capitán mientras de manera automática el traje de exploración y combate se adaptaba a su cuerpo. La nave llevaba activado el modo camuflaje desde el momento que entraron en el espacio gravitatorio de aquel planeta. El planeta tenía naturaleza y fauna pero no había ningún signo de estar habitada por vida inteligente. Los escáneres de la nave así lo indicaron de la misma forma que encontraron una fuente de calor que no debería existir a cien metros del lugar de aterrizaje. Dos drones exploraron primero la superficie para garantizar la seguridad del equipo. Bajaron seis de los robots y el humano. Cuatro de los robot aseguraron el perímetro mientras que los otros dos rastreaban la señal térmica.


-Capitán la señal proviene del interior de este árbol. - Le comunicó uno de los robots al humano. - ¿Comenzamos a talarlo? - El humano contempló aquel árbol que se extendía hasta el cielo. Tendría milenios. Ya en las anteriores extracciones se encontraron situaciones particulares. Uno debajo de un océano o en el medio de una montaña. John Allen ya no se sorprendía porque aquel árbol viniera con sorpresa.
-Proceded. -Los robos comenzaron a talar la parte superior de la procedencia de la señal térmica. Continuaron con la parte inferior ante la atenta mirada del capitán Allen que miraba en la pantalla de la muñeca de su traje una gráfica de la energía emitida por aquello que venían a buscar. Extrajeron un tocón de madera el cual empezaron a romper con más cuidado hasta que se pudo ver una mano. "Bingo" pensó para sus adentros capitán. Los robots continuaron la tarea hasta que aquel cuerpo quedo libre de la prisión en la que se encontraba. - Llevadlo con cuidado a la nave no queremos despertarlo. Allí procederemos a destruir el caparazón corporal como hicimos con los otros siete anteriores y nos podremos volver a casa.


Algo se despertó en aquel Hijo del Sol cuando escuchó que siete miembros de su familia habían sido destruidos. Aceptaba después de tantos años descansando el final de su existencia pero el calor que recorrió su cuerpo en el momento de imaginarse a otros heridos lo resucitó tras eones de letargo en el que un árbol llegó a crecer alrededor de él. Los robots lo llevaban por los brazos y él comprobó con sus capacidades mentales que aquel que había nombrado su familia era la única entidad biológica junto con él en ese lugar. 

Liberó su brazo derecho rompiendo a la mitad al robot que lo sujetaba y empleó su brazo liberado para golpear al otro robot e inutilizarlo. La reacción de las otras cuatro unidades no biológicas fue inmediata y comenzaron a dispararle unos proyectiles de energía que no llegaban a herirle pero le incomodaban. Protegió su cara con los brazos de manera instintiva y por primera vez en un largo tiempo su cuerpo se alzó sobre la superficie en la que se encontraba. Volaba y atacó como un ariete a uno de los atacantes que estalló tras ser atravesado. Se movió como un destello para colocarse tras el siguiente y golpearlo con sus dos puños en vertical. El humano gritaba órdenes durante todo el combate y tras el cuarto robot destruido ordenó a los otros dos que cesaran el fuego. El Hijo del Sol le dirigió la mirada por primera vez. Voló furioso hasta él y sujetó su armadura como si fuera tela para agarrarlo por la pechera.


-¿Qué hiciste con mi familia? Dímelo y no te haré ningún daño como a tus herramientas.
-Yo... Yo... Tengo... Tenía una misión.
-¿Dónde están y qué les hiciste?
-Están en la nave. Apagar protocolo de camuflaje. - A unos cuantos metros apareció la nave. Al Hijo del Sol tras años y años de ver cosas se sorprendió por aquel instrumento monumental para viajar por el vacío del espacio. - No están heridos o eso creemos. Querían la energía de vuestros corazones y descubrieron una forma de separarla del cascarón del cuerpo.
-Deseo con toda mi alma que estén vivos y que vosotros no volváis a aparecer delante mía.


El Hijo del Sol soltó al humano que temblaba de miedo. Voló hasta la nave y entró por un puente de entrada que había bajo la misma. Allí se encontró con otros robots que le indicaron por donde estaban los corazones de su familia por orden del humano. Los vio y los recogió entre sus brazos con un gran pesar. Sintió su calor en la piel y aquel calor se convirtió en un hilo de esperanza. Salió de la nave de la misma forma que entró y miró al firmamento. Buscaba algo que tardó apenas unos segundos en encontrar y con sus hermanos entre los brazos voló. Cuanto más se alejaba de la superficie del planeta mayor era la velocidad con la que se alejaba. Voló por el vació del espacio hasta que se encontró con una estrella joven. En aquel sol con apenas unos milenios de vida soltó a los siete pequeños soles que sostenía entre sus brazos hasta que se fundieron con las estrella mayor. El Hijo del Sol se cruzó de piernas y esperó sentado. A los pocos días pudo ver como el primero de su familia empezaba a recomponer sus órganos. Había pasado una semana y ya todos tenían el esqueleto y empezaban a formar los músculos. Y tras tres semanas aquellos siete soles completaban su renacer recuperando su identidad y recuerdos. Volaron hasta aquel que les esperaba y le preguntaron que había pasado. Juntando las frentes les transmitió la información de todo lo sucedido desde su despertar. El rescatador les pidió que esperaran un momento que tenía una última cosa que hacer y él mismo se entrelazó con aquel sol para alimentar su cuerpo y su mente de la energía suficiente para lo que quería hacer. Desplazó el sonido de su mente por todo el universo para que el resto de su familia le escucharan.


-Os habla Esir de los Hijos del Sol. No sé cuales son las circunstancias de cada uno a lo largo del Cosmos pero sé una cosa. Estamos siendo atacados. - Hizo una pequeña pausa en la que pudo notar como pequeñas voces a lo largo del cosmos se despertaban. - He sido testigo de como cazaban a miembros de nuestra familia a los que yo mismo he tenido que rescatar y resucitar. Os convoco a todos a nuestro primer hogar donde planificaremos como afrontar un acuerdo de no violencia con nuestros atacantes. - La mente de Esir contenía por primera vez en mucho tiempo emociones que sentía desagradables. Contuvo el aliento un segundo porque sus siguientes palabras significarían cambiar la historia de los Hijos del Sol. - Y en caso de no encontrarlo solo quedará una solución: GUERRA.

domingo, 26 de octubre de 2025

Sobrepensar

                                 Me desperté con el sonido del despertador, ella se revolvió un poco entre las sábanas y arañó un poco más de sueño. Me duché con agua muy caliente. Me preparé el desayuno al mismo tiempo ella entraba en la ducha. Mientras desayunaba apareció ella. Me preguntó si le había hecho el desayuno a ella. La miré en silencio unos cinco segundos. Le dije que ya no la quería. Su rostro cambió. Me propinó un bofetón en la cara y salió por la puerta pegando un portazo. Me dolía la mejilla mientras terminaba el desayuno.

La noche anterior cenamos mirando la tele en silencio. Ambos nos excusamos en el cansancio del día y que necesitábamos desconectar. Nos metimos en la cama y ambos nos dimos la espalda al mismo tiempo que escroleábamos en alguna red social. Unos treinta minutos de pantalla y se apagaron las luces. Ni un beso de buenas noches. Dormí pero no descansé. Me desperté hastiado y me metí en la ducha deseando despertarme. No fue intencionado no hacerle el desayuno, sabía que me estaba olvidando de algo similar a cuando preparas una maleta. Iba con el piloto automático. La sorpresa en su cara cuando no se encontró su desayuno me incomodó. Daba por hecho su desayuno pero se renunciaron a tantas cosas por el camino. Escupí mi irritación en cuatro palabras que me acosaban desde hace un tiempo. Ya no te quiero. Era la primera vez que la veía ponerse roja de rabia. Me cruzó la cara. Se le aguaron los ojos. No dijo nada pero el ruido de la puerta al cerrar decía muchas cosas. La mejilla me ardía. No sabía si volveríamos a amarnos.

Apatía y culpa cada mañana. ¿Esta es la vida que quiero? Convertirme a paso lento en un desconocido para la persona con la que comparto vida, mirarnos con ojos vacíos y no hablarnos. ¿Cuándo dejamos de regar las flores de nuestra vida? ¿Cuándo las abandoné yo? Le pido a la ducha que me borre esos pensamientos pero ni el agua a altas temperaturas derretía la nube negra que nublaba mis pensamientos. Llegué a la cocina y preparé mi desayuno mientras pensaba en el día que tenía por delante. El ruido de su ducha despertó un poco de malestar en mi, en lo que parecía otra vida habría sido juntos y riéndonos. ¿Debería...? No. Come. Tenía algo en la punta del cerebro, me olvidaba de algo. Apareció en la cocina. Otra comida en silencio. Otra vez la sensación de dos extraños que comparten vida por compromiso. Algo es removía en mi entrañas. Me olvidé de su desayuno y me lo recuerda. El runrún de mi cabeza saltó todas las barreras para escapar por mi boca. Ya está dicho. ¿Por qué no me siento mejor? ¿Por qué me mira así? Me abofetea. Y mi poca entereza se desintegra cual castillo de arena cuando sube la marea. Me bloqueo y miro roto como se aleja. El ruido de la puerta me hace llorar por dentro. Llueve en interior y no se apaga el incendio que se inicia en mi mejilla. Intento seguir con el desayuno. Me siento un imbécil. ¿De verdad esas palabras definen como me siento o era el camino fácil? No me entiendo. Debería llamarla y disculparme. Pensé en que decirle. Pensé en mi. ¿Se puede reparar algo que lleva roto tanto tiempo?

lunes, 6 de octubre de 2025

Epistolar

                             Era la boda de unos amigos, tenía mis mejores galas y estaba bailando con la madre de mi amigo. Aquella mujer que tenía delante me conocía desde antes de que salieran en mi cara los primeros pelillos que tuve la poca vergüenza de llamar bigote. Irradiaba felicidad por su hijo y su nueva "hija". Mientras bailábamos me corregía para que no la pisara. No me consideraba mal bailarín pero en ese momento era como si mi objetivo fuera pisar a mi compañera de baile. En otro lado de la pista mi amigo y su esposa se besaban por enésima vez a petición popular.


-Parece que por fin lo hemos conseguido, ¿no crees Rober? - La madre de mi amigo parecía muy orgullosa de la vida que estaba alcanzando su hijo. - Ahora la pregunta más importante, ¿cuándo te buscarás alguien para ti? 
-¿Para mi? De eso no hay Marta.
-Te conozco desde que mi hijo y tú os hicisteis amigos en el equipo de fútbol, te vi crecer y convertirte en un buen hombre. No te hagas de menos y prueba a presentarte a alguna de las amigas de mi nuera.
-No creo que eso funcione.
-Ya sabes lo que dicen de las bodas, que de una sale otra. Mira en la mesa de las amigas de la universidad está esa chica que lleva el vestido rojo. La conocí cuando ayudamos a Laura a elegir el vestido de novia y me pareció un encanto. Justo el tipo de chica que endulzaría esa agriedad que a veces tienes con la vida. Deberías presentarte como el que ayudó al novio a elegir el traje así ya tenéis algo en común. - Me soltó y dejó de bailar. Me miraba con los brazos en jaras y tenía claro que no le podía decir que no. - Anda vete ya.


Me apreté la corbata intentando cortar el flujo de mis nervios con un torniquete de elegancia. Aquella chica estaba sentada junto a otra excompañera de la universidad de la novia. Pelo ondulado castaño, ojos que cuanto más me acercaba más captaban mi atención y vestido rojo que le sentaba muy bien. Como si todo siguiera un plan de la madre de mi amigo cuando estaba a escasos metros la chica que estaba con ella se levantó y se cruzó conmigo directa a la pista de baile. Aclaré mi voz antes de acabar de acercarme del todo. Me presenté y le pregunté si me podía sentar. Aceptó. Comenzamos hablando de como conocimos a los protagonistas del día, pasamos a presentarnos más en profundidad y continuamos con una corriente de temas que nos llevaron a las aguas internacionales de una buena conversación en la que no ves fin da igual la dirección en la que mires. Reímos, compartimos confesiones y me acabó sacando ella a un baile donde tuve miedo a que mis piernas se convirtieran en espaguetis. Vimos desde la mesa como la novia le entregaba el ramo a una prima suya que se casaba el próximo verano. Compartimos un trozo de la segunda ronda de tarta nupcial. Y conversamos hasta que la gente se empezó a retirar. En ese momento a tono de broma le dije que le enviaría una carta, se acercó a un camarero y volvió con una servilleta y un bolígrafo donde anotó su dirección. Que esperaría mi correspondencia, que era una promesa. Se marchó dirección el autobús que habían puesto los novios y yo me quedé mirando como se alejaba atesorando aquella servilleta. Me fui a despedir de los novios y de los pocos conocidos que me quedaban en la boda y esperé al siguiente autobús abrazado por la calidez de la noche veraniega. En cuanto llegué a casa dejé la servilleta sobre unos folios de mi escritorio. Mañana le escribiría pero ahora me tocaba dormir.




Mi primera carta terminó siendo cuatro folios donde recordaba los momentos que para mi fueron más memorables de la boda, le contaba algunas cosas sobre mi y le hacía unas cuantas preguntas para conocerla. Intenté priorizar una lectura ligera frente a ser demasiado ingenioso y parecer pretencioso. La metí en el buzón nervioso. Aquella mujer vivía apenas a unos veinte minutos de mi casa pero mi promesa era escribir esa carta. No tuve que esperar ni una semana para recibir su respuesta. Todo lo que me había atraído durante su conversación se veía reflejado en la carta. Hablaba de ella, de su trabajo y también de la conversación que tuvimos durante la boda. Tuve una regresión a la adolescencia y cada palabra de esa carta marcaba una sonrisa todavía mayor en mi cara. La leí unas tres veces antes ponerme con la respuesta. Le escribí sobre mi día a día, contesté las preguntas de su carta y le hablé de lo mucho que me había gustado la película que me recomendó en su carta y añadí una recomendación esperando que le gustara. Su respuesta otra vez no se hizo esperar, otra carta que necesité leer en más de una ocasión de lo mucho que la disfrutaba. Y al final de la misma me indicaba su número de teléfono acompañado de un escríbeme. Tuve que leer esa última palabra hasta unas veinte ocasiones hasta verme con la capacidad de creerme que de verdad quería que le escribiera. Y lo hice. No tardé mucho en recibir respuesta y en volverme a ver presa de la corriente de la conversación otra vez. Mensajes y mensajes que nos disparábamos. Llegaron las llamadas hasta que nos venciera el sueño. Y al final llegó la propuesta, esta vez por su parte. Salía de trabajar a las siete de la tarde y pillaba un tren que la dejaba a medio camino entre su casa y la mía. Podría ir a la estación y me llevaría a un sitio para tomar algo y hablar. Le propuse que para hacerlo más emocionante iría un día sin avisar. Me confirmó que su hora de llegada eran las siete y veinticinco. Me puse a escribir una carta para recibirla. Era viernes, el lunes me presentaría en la estación.

Cuando llegó el lunes por la tarde yo tenía todo preparado. Salí con tiempo de casa y caminé con calma hasta la estación. Al llegar allí y con la carta en la mano me empezaron a asaltar los nervios. Miré a mi alrededor y solo estaba el hombre de la taquilla de venta de billetes. Delante mía empecé a notar un muro de piedra que yo mismo estaba construyendo. La carta de mi mano derecha se empezó a sentir ridícula. Me cuestionaba mi presencia. Quizás era demasiado pronto. Es posible que me propusiera vernos por compromiso o todavía peor para terminar mis intentos de conocerla. El aire se empezó a sentir pesado. Miré la hora en el teléfono y faltaban unos tres minutos para que llegara el tren. El miedo se apoderó de mi. Dejé la carta en la papelera al lado de la taquilla de venta y salí pitando. Llegué a casa lleno de vergüenza. Al poco tiempo me escribió comentándome su día. Fingí que no había pasado nada y hablamos como en anteriores días. Al día siguiente volví por la estación con otra carta escrita. El resultado fue el mismo que el del día anterior: carta desperdiciada y yo escapando con el rabo entre las piernas. Y al día siguiente y el siguiente y el siguiente. Entré en un bucle en el que cada día llegaba a la estación y terminaba retirándome antes de tiempo. Tenía que convivir con el sentimiento de fracaso mientras fingía en nuestras conversaciones que todavía estaba pendiente que fuera a buscarla un día al azar.




No recuerdo cuantos intentos llevaba ya. Quizás unos diez o doce. Otro día caminando hasta la estación de tren con una carta escrita el día anterior por la noche. Llegué y la estampa era similar a la de anteriores ocasiones. Me encontraba allí solo con el hombre de la taquilla. Faltaban cinco minutos para que el tren llegase y los nervios de las ocasiones anteriores aparecieron. Por dentro me fustigaba por volver otro día más al punto de renuncia. Pero le alivio de poder huir y quedarme en la zona de confort de las conversaciones telefónicas parecía un bálsamo reparador. Como un jugador de baloncesto iba camino de encestar otra carta en la papelera.


-Disculpa joven. - Aquella voz detuvo por completo mis actos. Miré a mi alrededor y era el hombre de la taquilla. Con su mano me indicaba que me acercara. - ¿Me podrías ayudar con una cosa?
-Eeeh, sí claro. Tengo un poco de prisa pero dígame.
-No te preocupes que es algo rápido. Aquí además de billetes de tren vendo productos de papelería y también libros. - Me enseñó unos cuantos ejemplares de varios libros todos edición de bolsillo. - Estoy pensando cuales exponer que puedan gustar a la gente. ¿Tú que opinas?
-Pues... Déjeme ver un momento. -Puso los libros sobre el mostrador. Había algunos interesantes y otros típicos como libros de recetas o de viajes. Pensé durante un buen rato sobre los que podrían tener más tirón. - Estos dos creo que pueden resultar atractivos para gente que lea en el tren y luego si en las estaciones y aeropuerto siempre hay libros de recetas y de lugares típicos de la ciudad es porque tienen su mercado. 
-Muchas gracias mmm, disculpa, ¿cómo te llamabas?
-Rober, me llamo Rober.
-Yo me llamo Vicente, un placer y muchas gracias por tu ayuda. De unos años para aquí estoy un poco desconectado del mundo. Mi esposa falleció y la felicidad que tenía en la vida se fue con ella. Una mujer maravillosa. Le encantaba este sitio, decía que cada viaje es una oportunidad y que de aquí salían un montón de oportunidades. Que solo hacía falta saber cual coger. Disculpa, estoy aburriéndote con mis historias de viejo chocho.
-No hombre, es normal que quiera hablar de una persona que aprecia tanto. Seguro que era una persona fabulosa.


Antes de que pudiera añadir algo el ruido del tren llegando a la estación me congeló. Me abordaron las ganas de escapar. Pero y si me vio desde el tren. No entendería que me fuera. Tenía que quedarme sí o sí. Continué diciéndole cosas a Vicente intentando que no se me notaran los nervios. Miraba de reojo las puertas del tren. Cual aparición divina bajó del tren. Salió tras varias personas y me buscó por la estación. Se le iluminó la cara al verme y caminó hacia mi. Me abrazó en forma de saludo y yo estaba mudo. Antes de que pudiera decir nada comenzó ella.


-¿Esa es una de las cartas que me has escrito todos estos días? Ya tenía ganas de que me entregaras tú una. Gracias Vicente por retenerlo. - Yo intenté balbucear algo pero me interrumpió. - Llevo años cogiendo este tren, nos conocemos muy bien Vicente y yo y desde el primer día que esperaba verte en la estación él hizo la relación de que esperara encontrarte y tú marchándote antes de tiempo. Me dio cada una de tus cartas esperando que fuera la última que me diera él. ¿Qué te pasaba Rober? ¿No querías verme?
-Me daba miedo no estar a la altura de las expectativas. Por carta o por teléfono hay una especie de "distancia" que me protege. Soy elocuente y divertido. Me daba miedo llegar aquí y ser solo yo o aun peor, la persona que miro en el espejo.
-Me hiciste esperar, te toca pagar la primera ronda. - Pasó su brazo por dentro del mío para engancharse y con un ligero tirón dirección a la salida. - Hasta mañana Vicente.


Me llevó al local que me había prometido. Allí tomamos algo juntos mientras hablamos, en alguna ocasión su mano se posaba sobre el reverso de la mía y hasta en dos ocasiones yo tuve tal atrevimiento. Me divertí como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Me dijo que la última película que le recomendé estaba esperando para que la viéramos juntos. Leyó mi carta en alto mientras me sonrojaba y al mismo tiempo ella dibujaba una sonrisa en su cara. Tenía razón la mujer de Vicente sobre las oportunidades y yo tuve suerte de que la mía me buscó a mi.