Cuando separaron sus caminos ella le pidió que la recordara. Aquellas palabras se grabaron en él de una manera en la que algunos considerarían que aquello podría considerarse una maldición. De ser así, la aceptó con mucho gusto. La vida continuó sin esperar por el hombre que aunque siguió su camino dejó una parte de él allí. Los primeros meses apenas supuso un problema mantener la promesa. La llama del recuerdo seguía viva. Todavía podía escuchar su voz y su risa. Podía describir su cara cuando estaba alegre o cuando se enfurruñaba. Podía imitar sus gestos al comer o sus manera de caminar.
Con el paso de los meses sintió que necesitaba hacer más para sostener su recuerdo. Aunque soñaba con ella algunas noches su cara empezaba a ser borrosa en su memoria. El hombre empezó a escribir en libretas todo lo que recordaba de ella. Su cara, su sonrisa, su voz, sus lunares, su pelo, su olor y todo aquello que podía percibir con sus sentidos de ella. Durante los dos primeros años escribió tantas libretas que al tercero decidió hacer un compendio de lo escrito en forma de libro. Lo tituló con su nombre y cada noche leía un poco de aquel trozo de memoria.
En el cuarto año hablar de lo que se podía ver, escuchar o sentir de ella le parecía insuficiente para mantener la llama del recuerdo. Retomó la escritura en libretas pero en esta ocasión narrando aquello que habían vivido juntos. Los paseos, las conversaciones interminables, dormir abrazados, cocinar juntos, reírse del mundo que compartían y todos esos momentos que también formaban parte de la idea del recuerdo que tenía él de ella. Tras cinco años sacó el segundo volumen de memorias. Reunir todos esos textos no solo avivó el recuerdo mediante la escritura y lectura si no que una nueva idea nació en él.
Muchos se habrían quedado conformes pudiendo recordar a través de aquellas dos lecturas pero el hombre entendió que no era suficiente. A partir de ahí y de manera regular comenzó a escribirle cartas a ella que guardaba de manera ordenada en archivadores. En esas cartas le contaba como iba su vida y formas en las que se había acordado de ella desde la última carta. Leer los libros y las cartas se convirtieron en su hobbie durante los años posteriores. Buscaba momentos en su rutina para poder cumplir aquello que había prometido.
Llegó la vejez y con ella la enfermedad. Aquel hombre con el paso de los años había sido constante en su hábito y en la cama del hospital le tuvo que pedir ayuda a algunos de sus amigos para que le llevaran los libros y lo necesario para escribir las cartas. Revelar aquel secreto que mantuvo durante años no supuso ni un esfuerzo en comparación a la idea de abandonar lo que se había convertido en el significado de su vida. Una de aquellas noches solitarias en el hospital y tras escribir una de sus cartas el hombre se disponía a dormir pero sonó la puerta como si alguien estuviera llamando en ella. El hombre encendió la luz y al girarse a la puerta pudo ver que ella estaba allí de pie delante de él tal y como la recordaba.
-¡Eres tú!
-Me recuerdas. -Le contestó con una sonrisa.
-Estás igual de hermosa que la última vez que nos vimos. Igual que en los libros.
-Mantuviste tu promesa y yo no podía no volver a verte.
-Recordarte ha sido mi tesoro más preciado.
Al escuchar esto ella se acercó y ambos se abrazaron como se abrazan aquellos que llevan esperando mucho tiempo a reencontrarse. Tras el abrazo ella le besó la frente y se marchó dejando que el hombre durmiera. A la mañana siguiente la enfermera se encontró al hombre sin vida. Tenía una sonrisa de paz en su cara y tenia los libros sobre su pecho abrazados. Muchos dirían que aquella promesa podría ser una maldición pero aquel demuestra que un buen recuerdo es un gran regalo.
lunes, 26 de octubre de 2026
Recuerda
jueves, 20 de agosto de 2026
Romperse
Me rompí
y decidí que tengo que callarme
que todo lo bello que queda en el mundo
todavía me recuerda a ti.
Me rompí
y senderos de noches en vela
donde camino en círculos
buscando lo que algún día fui.
Me rompí
y arrastro un dolor
de cada pedazo de mi interior
rasgando mis ganas de vivir.
Es cierto que me rompí,
que estoy roto y que se alejan de mi,
no sé por qué sigo
o si de verdad vale la pena estar aquí.
Intenté demostrarme
que no todo lo roto corta cuando lo abrazas
pero es probable que ya no quede nadie,
que eché a todo el mundo
y que esos abrazos que necesito
ya no existan para mi.
domingo, 26 de julio de 2026
Cuidar
Esta historia pasó por mi familia como una especie de legado familiar a mi me la contó mi abuelo, a él se lo contó su abuelo y su abuelo le dijo que a él se la contara su abuelo. Es el relato de un antepasado nuestro que con su vivencia nos enseñó el que sería el sino de los hombres de nuestra familia.
Cuando nuestro árbol familiar apenas eran unas raíces el primogénito dedicaba sus días de primavera a caminar por las tierras cercanas a su casa y a disfrutar de la naturaleza naciente. La juventud le empujaba a cada día descubrir algo nuevo que le asombraba hasta que un día encontró una margarita. Aquella margarita a ojos de cualquier otra persona podría ser una margarita más en medio de aquellas tierras pero para el joven el amarillo casi dorado de su corazón le recordaba a la luz del atardecer y cada uno de sus inmaculados pétalos blancos eran la posible respuesta a la pregunta que desvelaba a jóvenes y ancianos, saber si le quieren o no le quieren. Nuestro antepasado en aquella flor encontró todo aquello que cada mañana le movía a recorrer la naturaleza. Y decidió que pasaría sus días contemplando la margarita. Durante la primavera y el verano aquella flor relucía como el primer día y el joven con una sonrisa la visitaba cada día y le contaba su día, historias o anhelos de vida. Cuando llegó el otoño la flor perdió sus pétalos pero el joven decidió que era el momento de poner de su parte y cada día iba con un vaso de agua para regarla esperando que recuperase su estado primaveral.
Pasaron las estaciones y volvió la primavera pero con ella no regresó el aspecto de la margarita que permanecía como un capullo. Preocupado por la situación el joven decidió ir a buscar el agua a un río cercano conocido por sus aguas claras y por las flores relucientes que surgían a su vera. Cada día caminó hasta el río recogiendo su agua para regar aquella flor que no florecía. La primavera concluyó y el verano pasó y aquella margarita alcanzó el otoño sin volver a mostrarse. Aunque la tristeza afligió al hombre no se dio por vencido y comenzó la búsqueda de una alternativa que pudiera revitalizar la margarita.
Durante aquel otoño el joven encontró escritos donde hablaba de la sangre como fluido vital capaz de dar vida. El hombre no dudó ni un momento y con la llegada del invierno la visita diaria se producía con un cuchillo en la mano derecha. Cuando alcanzaba el lugar de la flor que aparentaba marchita se arrodillaba y con la punta del cuchillo se realizaba un corte. Un pequeño chorro de sangre manaba del corte y el hombre la derramaba por encima de la flor. Tras eso se vendaba la mano con un trapo para que no perdiera más sangre de la necesaria para ayudar a su adorada flor. Día tras día, semana tras semana el ritual se repetía. Para cuando llegó la primavera de nuevo la planta todavía no había florecido. El joven no se rendía y mantenía la esperanza repitiendo el regado cada día. Uno de esos días primaverales un hombre de su pueblo que caminaba por la zona y que conocía la situación de este hombre se acercó a donde se situaba el joven y la margarita. Viendo la situación de aquella flor que se mantenía en estado invernal le preguntó cuál era el motivo para seguir cada día con ese ejercicio de regadío habiendo más flores y más jardines por la zona. El joven lo miró como quien confunde la noche con el día y sin dudar un instante contestó.
-Sé que existen otras flores y otros jardines, soy yo el que no quiere regarlos.
jueves, 23 de julio de 2026
Corazón de cristal
De tanto en cuanto Lucas decide que es un buen momento para sacarme de la ciudad y que caminemos juntos por la naturaleza. No suele equivocarse cuando su sentido de amigo le indica que es el momento de conversar durante un paseo bucólico y en esta ocasión volvía a estar en lo cierto. Los síntomas eran evidentes. Me alejaba de las personas de mi entorno, rechazaba cualquier propuesta de plan y cuando aparecía permanecía en silencio. Algo se estaba cociendo. En aquella caminata bucólica necesitaba abrir la caja de Pandora de mis pensamientos. Lucas hablaba de su trabajo mientras yo por dentro ordenaba mis ideas. Llegamos a un punto donde había unas cuantas piedras bajo la sombra de unos árboles. Se sentó y sacó una bolsa de pipas. Me ofreció pero las rechacé. Me miró con la paciencia de un padre con sus hijos.
-¿Me vas a decir qué te pasa?
-Tengo el corazón roto.
-Tío, hoy no me puedes volver a hablar de Bea. -Escuchar su nombre hizo que mi estómago hiciera volteretas dentro de mi.- No te voy a decir que la superes o no, eso es tu decisión. Pero no podemos seguir hablando siempre de lo mismo.
-No es sobre ella. Hablo de mi corazón, el de verdad. Todos estos meses que me mareaba o que "estaba raro" no es solo esta eterna melancolía. Mi médico me dice que me funciona mal. Que el ritmo no es el correcto y que me tienen que hacer más pruebas pero que podría dejar de funcionar en cualquier momento.
-¿Y qué te dicen?
-No lo tienen muy claro y por eso tampoco quieren dar el paso de hacer nada mientras no me hagan más pruebas pero el riesgo de fallo fatal está ahí.
-Tío... -Se levantó y me abrazó. Yo agradecí el gesto pero podía sentir en mi pecho el malestar de estar hablando del tema.- Lo siento.
-No es culpa tuya, en realidad no es culpa de nadie. Pero el miedo a hacer un esfuerzo y quedarme en el sitio me está paralizando.
En aquel momento Lucas empezó a hablar pero no podía entender sus palabras. El ruido de mi pecho estaba siendo ensordecedor y me quedé helado. Notaba el sudor bajando a legiones por mis brazos y mi espalda. Lucas no parecía notar nada raro en mi pero yo cada vez lo miraba más borroso. Cerré los ojos con todas mis fuerzas durante unos segundos para ver si recuperaba la visión. En cuanto los abrí estaba rodeado de espejos. No había rastro ni de mi amigo ni del lugar en el que estábamos. Miré a mi alrededor y hasta donde me alcanzaba la mirada solo había espejos. Fijé la mirada en uno de ellos y mi reflejo era extraño. Sin camiseta tenía una herida abierta en el centro del pecho y estaba vacío el lugar donde tendría que encontrarse mi corazón. El ruido de los latidos aun así no cesaban. Miré mi pecho y tenía todavía la camiseta puesta. Notaba el sudor que me bajaba por todo el torso. Aunque estaba un poco pegada la camiseta a mi cuerpo la levanté para ver mi pecho. En donde mi reflejo tenía la herida abierta se encontraba un ojo que lloraba sangre. El ojo me miró y yo me caí de culo. Miré a los otros espejos y en todos la herida estaba abierta y no tenía corazón. Me tapé con la camiseta de nuevo. Me encogí en un ovillo con las manos cubriendo mi cabeza que casi se metía entre mis piernas. El corazón incrementó el ritmo del ruido de sus latidos. En algún momento creo que grité pero no me podía escuchar a mi mismo. El sonido se volvía más fuerte y más rápido. Escuché el sonido de multitud de cristales rompiéndose y supuse que eran los espejos. Abrí los ojos. Lucas me miraba preocupado. Estaba empapado en sudor. Me dijo que mi cara se puso pálida y que me quedé mirando al vacío. Le calmé diciendo que fue un pequeño ataque de ansiedad. Nos levantamos y decidimos volver al coche de Lucas para volver a casa. Intentaba calmarme diciendo que todo iba a salir bien. Miré para atrás al lugar donde empezó la conversación. Durante un segundo me pareció ver un espejo roto. El ruido de mi pecho se había instalado en mi cabeza.
lunes, 29 de junio de 2026
¿Y si el problema soy yo?
Recuerdo las mañanas sin despertar
todos los caminos abandonados
tantas veces aplazando mi felicidad
y me pregunto,
¿y si el problema soy yo?
Las personas que se fueron
y las personas que eché
tantos lamentos con cara
y pienso,
¿y si el problema soy yo?
Encadenarme en el ayer
abrumarme con el mañana
no tener nada que me haga mover
y creo
que el problema soy yo.
¿Cuándo seré mi solución?
martes, 7 de abril de 2026
Tic tac
Soy mi reloj de arena
en mis pies se derrama
cada grano de pena
sobre un pedestal de culpa
donde cualquier color perece
crece un gris y un sol que nunca amanece.
La tierra ya me espera
para un adiós de fuego
y mil lágrimas en una pecera
donde las camas son de espinas
y tu recuerdo es primavera.
El perro espera a la gata en la luna,
amarillo en sus ladridos
y la gata no se entera
ruido que rebota en ladrillos
de un castillo de soledad eterna.
lunes, 23 de marzo de 2026
El último día del hombre en llamas
Suena el despertador. Las llamas alrededor de la cabeza se intensifican. Extiende su brazo y apaga la alarma mientras suelta un largo suspiro. Se sienta en la cama sintiendo las llamas extendiéndose por su espalda y hombros. Otro suspiro de resignación. Las llamas le acompañan desde hace años y ya casi no recuerda lo que es la vida sin ellas. Se levanta, se coloca las zapatillas y camina hacia el baño. Enciende la luz y se mira en el espejo. Ojos cansados y barba desaliñada. A su reflejo las llamas crecen y el ruido de las mismas le molesta. Suenan como risas. Se ríen de su aspecto o de él. Abre el grifo del lavabo y tras pillar un poco de agua entre sus manos se lava la cara. Las llamas bailan alrededor de las zonas húmedas de la cara. El hombre enciende el agua caliente de la ducha y se quita el pantalón de pijama. El fuego se extiende a lo largo de su desnudez. Se mira de arriba abajo en llamas. Entra en la ducha y aunque el fuego no se desvanece aúlla molesto. El agua está caliente y por unos minutos puede desconectar de ser un hombre en llamas.
Con la ropa puesta el hombre vuelve a estar cubierto por el fuego. La mayor parte de su calor es acumula en la cabeza, cuello y hombros. Se pone una película y se tumba en el sofá a verla. En cuanto termina la película se pone calzado de calle y va andando a casa de su abuela. Come con ella. Berenjenas rellenas y de postre filloas caseras. Se despide de ella con un abrazo. El fuego se intensifica en la despedida y alcanza el techo. Vuelve caminando a su casa y se vuelve a poner otra película. En cuanto el Sol se empezó a poner el hombre en llamas se va a su cuarto y del primer cajón de su escritorio saca unos sobres que deja colocados en el centro del escritorio. Le quita sonido al teléfono y se coloca unos auriculares con música. Deja abierta la puerta de su cuarto y cierra con llave la puerta del piso.
Camina durante horas con música de fondo. No se cruza con nadie. Recorre su ciudad con la calma de dejar todo resuelto. Las llamas parecen en paz también. Tras el largo camino decide ir a las afueras de la ciudad. Dirección el puente que pasa por encima de la ría. Cada paso que se acerca a su destino las llamas parecen volver a tomar fuerza. La cara está cubierta por completo de un fuego furioso y los hombros se hunden del peso de las llamas. El hombre intenta concentrarse en la música y en recordar que todo va a estar bien. Las llamas le queman pero no lo consumen. Está acostumbrado a esa sensación por muy desagradable que sea. Cuando llega al puente la noche cubre el cielo. Solo las llamas del hombre quieren iluminar las últimas horas del día. No pasan coches. Está solo en el puente con el fuego abrazándole. Apaga la música y se guarda en el bolsillo de la chaqueta los auriculares. Mira al cielo y no es capaz de ver más de una docena estrellas. A sus pies un mar tan calmado y tan oscuro que parece una superficie sólida. El hombre en llamas toma el aliento. El fuego arde con tanta potencia que se siente como un faro que guía a los barcos a puerto seguro. Nadie le mira. No guía a nadie. Y a su lado no se está seguro. Las llamas se cuelan por su boca y por su nariz. Le cuesta respirar. Le cuesta pensar. Decide actuar según el plan. Da un paso hacia el vacío ardiendo tanto que debería iluminar toda la ciudad. Solo cae. Como una estrella fugaz perdida. Las llamas se consumen a medida que cae y desaparecen en silencio cuando la negrura del mar se lo traga. Ni un ruido. Ni una lágrima. Ni una llama. El hombre en llamas desaparece y sus llamas por fin se apagan.