jueves, 14 de octubre de 2021

La noche

     Nunca creí en las segundas oportunidades hasta que la vida me dio a mi una. Durante meses Lara y yo nos habíamos tratado como desconocidos. Rara era la ocasión en la que uno de nosotros intentaba ponerse en contacto con el otro y cuando eso llegaba a suceder era el otro el que con una excusa o simplemente ignorando el acercamiento cortaba las alas a un reencuentro. Puede que ambos evitáramos empañar el recuerdo de aquella noche en la playa o que nuestro momento se había esfumado. No la había olvidado pero me negaba a creer que después de aquella noche valiera la pena tener una continuación. En la vida hasta las cosas buenas se acaban y si tengo que esperar a empezar pasar página que sea con una cerveza en la mano. Llevaba una hora solo en el bar pensando en llamar a alguien cuando me llegó un mensaje de Lara "¿Estás en el bar?", decidí llamarla y decirle que viniera. Cuando llegó me transportó a hace unos meses cuando gran parte de mi vida giraba en torno a esos pequeños encuentros que teníamos.


-Pensé que me seguirías ignorando.

-No te he ignorado en ningún momento Lara, ¿la verdad? No tenía claro si tú me querías volver a ver. No te culparía de ser el caso y tampoco quería que la lástima te arrastrase a volver a vernos.

-Eres bobo y para eso no hay cura. Hace bastante tiempo que dejamos atrás esa fase de tener que demostrar que queremos ver al otro, deberías haberme llamado si de verdad querías verme. ¿Es que ahora te has vuelto inseguro?

-Sabes que no es eso, pero no me apetece obligar a nadie estar en mi vida. Y es más fácil echarte que ver como te vas. 

-Por esa tontería te va a tocar invitarme a la próxima ronda y cuando acabemos me vas a llevar a bailar. No me importa que quieras estar un tiempo a tu bola, hasta prefiero que me dejes mi espacio; pero eres idiota si de verdad crees que me estás obligando a estar aquí contigo.


Bebimos entre risas dos rondas más antes de tener que cumplir mi promesa de "llevarla a bailar". Volvíamos a tener la misma química, la misma sensación de alegría tonta que me embriagaba cuando estaba a su lado. Bailamos a nuestra bola lanzándonos miradas y tras terminarme la cerveza de un trago me acerqué y la rodee con mi brazo por la cintura. Me miró y siguió bailando pegada a mi. Continuamos durante tres canciones seguidas hasta que ella se apartó sin decirme nada y siguió a su rollo. Me iba a ir a pillar otra ronda para los dos pero me agarró del brazo, me giré y me agarró del pelo arrastrándome hacia abajo para besarme. Me pilló de sorpresa y tardé dos segundos en reaccionar. No tengo claro cuanto duró el beso pero si aquella noche en la playa fue magia, esta noche fue fuego. Puso su mano en mi cuello y me llevo contra una pared y no podíamos separar nuestros labios. Cuando por fin paramos, yo respiraba entrecortado y me ardía todo el cuerpo. Me agarro de la muñeca y me sacó fuera del local. Me dijo que me acompañaba a casa. Por el camino me hablaba de su trabajo, que estaba ilusionada y que quizás se iba a ir de viaje en unos meses. Yo la escuchaba y me costaba creer que pudiera estar tan tranquila después de lo que acababa de pasar. Llegamos a mi portal.


-Bueno, ha sido una buena noche.

-¿Quieres subir a tomar una última?

-Estoy cansada y la verdad...- Se acercó, me agarró por fuera del pantalón y me soltó un breve beso en la boca. -Creo que es mejor que nos vayamos a dormir con el recuerdo de esta noche.

-Lara...

-No te hagas el remolón y llámame.


Se fue sin decir nada más y sin mirar atrás. Subí a mi casa. Me di una ducha y me metí en cama. Que la llamara dice. No podía pensar en cada una de las facetas de Lara: la divertida, la que hacía que me sintiera como un adolescente, la que me aportaba tranquilidad con solo su presencia y ahora esta versión que dejó cada fibra de mi cuerpo deseándola. ¿La volví a llamar? Por supuesto. Pero nunca volvió a aceptar que nos viésemos. En ocasiones nos ponemos al día con nuestras vidas como si fuésemos dos viejos amigos, como si nada de esto hubiese pasado. Es imposible saber que habría pasado con nosotros de haber hecho las cosas de otra forma pero ha sido más difícil de lo que pensaba ver como se fue.

sábado, 5 de junio de 2021

Dos borrachos

     Estar con Lucas suponía dos cosas: beber y debatir sobre lo cotidiano hasta tener el corazón un poco más triste que cuando nos tomamos la primera copa. Esa noche no iba a ser distinta. La vida no nos estaba dando cuartel y no estábamos sabiendo jugar nuestras cartas. Esto se podría apreciar en el ritmo en el que se vaciaban las latas de cerveza y en que la pesadez que iba por dentro nos producía una incapacidad para que el debate se calentara. Las conversaciones se sucedían y con ellas llegó la melancolía. Esa melancolía que se produce cuando estás en territorio amigo y la bebida llega tanto al pecho como a la cabeza. Él llevaba un tiempo queriendo sacar un tema y rodeándolo con otros banales y yo tampoco sentí la necesidad de presionarlo. Su locura, sus tiempos. Cuando por fin se sintió capaz de ir a por el tema que le corroía no supe predecir que era un viaje para ambos.


-Tío, ¿cuándo crees que dejamos de odiar?

-No puedes pasar de hablar de fútbol a hacerme esta pregunta cabrón.

-A ver gilipollas.

-Vale, déjame aclarar los pensamientos. -Con solo tres palabras supe que la pregunta era importante para él y di un largo trago para ordenar todo lo que se me vino a la cabeza cuando hizo la pregunta. Era un tema sobre el que había pensado y que apareciera en mi vida en este momento parecía una mala casualidad.- No sé cuando dejamos de odiar pero, y déjame terminar; para mi tiene tres etapas. Sé que va a sonar a una de mis turras pero creo en las tres etapas. Recuerdo estar emponzoñado por el odio y vivir por y para él. Me consumía, me dolía cada día pero no era capaz de dejarlo ir. Odiar era lo único que daba sentido a que cada mañana me levantara de cama. Sé que suena patético y ahora lo pienso y lo es, pero cuando estás metido en ese pozo tiene sentido. Odiar de verdad a veces significa perder incluso el recuerdo de los motivos que te llevaron a ese punto y es en ese momento cuando no eres capaz de funcionar sin ese sentimiento amargando cada una de tus acciones de tu día a día. Pero el tiempo pasa y ese odio deja de tener sentido y da paso a la vergüenza. Si el odio duele la vergüenza pesa. Te obliga a cada día llevar el recuerdo de todos esos actos que hiciste en el pasado y te hace ver lo estúpido que has sido durante tanto tiempo. Es necesaria pero es desagradable, como tener todo el rato la ropa mojada. Si durante un tiempo no eres capaz de mirar atrás y ver que eras imbécil has hecho algo mal. Quizás es porque yo siempre he sido bastante sinvergüenza pero no dura tanto y menos mal, si lo paso mal en verano todo sudado imagíname con esa ropa metafórica eternamente mojada... Pero bueno, todo pasa. Y llega el perdón. El perdón es agradable, como un primer trago rodeado de amigos. No sé si todo el perdón se centra en el dolor inicial o también en perdonarte a ti mismo o un poco de todo. Es una reconciliación contigo y con el mundo y te diré que solo le falta sexo de reconciliación para ser perfecto. Te aligera y te reconforta. El día que te puedes perdonar es un día para recordar. Lo siento tío, me he liado con la respuesta pero lo dicho, no sé si dejamos en algún momento de odiar pero para mi tiene esas etapas.

-Deberías dejar de hacer el idiota con tu vida y escribir.

-Debería abrirme otra cerveza y ponerte otra a ti en la mano antes de que sigas diciendo tonterías.

-Eres un cobarde.

-Ahora mismo te odio por ello pero que sepas que algún día nos perdonaré.


Se rio como solo un buen amigo se ríe cuando tu broma es terrible. Aceptó la cerveza que le puse en la mano y continuamos bebiendo. Aquella noche nos quedamos bebiendo hasta casi el amanecer. Fue divertido. No creo que se pueda rescatar alguna conversación más de esa noche pero sí que mi pequeño discurso pareció reparar algo en Lucas. También algo en mi. No escribí pero tardé mucho tiempo en volver a odiar.

viernes, 23 de abril de 2021

No volver

     Podría esperar que mi pasado intentase atraparme una noche mientras estaba borracho pero nunca imaginé que llegaría durante una resaca. Era consciente de que en las últimas semanas Marta rondaba a mi entorno preguntando por mi y decidí que la mejor estrategia era ignorar todos los cantos de sirena que anunciaban su proximidad. Fingir que no pasaba nada duró un tiempo y el aciago día del abordaje que llegó por sorpresa en medio de una resaca. Era un mensaje. Uno bastante largo. La mitad de lo que decía no tenía sentido para mi en ese momento pero me dejaba claro una cosa: quería hablar. Durante un buen rato me quedé mirando la pantalla de mi teléfono sin saber muy bien que hacer, la situación y la resaca me tenían embotado. Fui a por dos cervezas a la nevera y me senté delante del ordenador dispuesto a escribirle. Hicieron tres visitas más a la nevera hasta poder encontrar las palabras.


    "Me gustaría pensar que este es el inicio de una disculpa por todas las veces que pude haberte alejado de nosotros pero de la misma manera que cuando nos conocimos, no sé hacia donde voy. Creo que tu mensaje no me pilló por sorpresa pero si desprevenido. Ya ha pasado bastante tiempo desde que no pienso y no quiero pensar en ti. He sufrido bastante por tu recuerdo y sentía que no podía avanzar, que era preso de los buenos momentos y seguía encadenado a todos los recuerdos dolorosos que nos dejamos. Ha sido muy difícil compaginar recordar nuestras conversaciones en la cama hasta altas horas de la noche con la última conversación que tuvimos llena de reproches, tu sonrisa cada vez que quedábamos con tu mirada de desprecio la última vez que nos vimos, el calor que me dejaba en el pecho tu olor y como me heló hasta el alma todo el daño que nos hicimos. Si ahora fuésemos a tomar una café es probable que lo que parece una reunión sin maldad se convierta en una colisión que termine por arruinar todos los recuerdos buenos que atesoro de nosotros. Me gustaría verte, saber que te va bien en la vida y poder tener la posibilidad de crear un buen recuerdo juntos que derrumbe la amarga despedida. Son incontables las noches que he pensado yo en dar ese paso pero quiero pensar que si no lo hice era lo mejor para ti y también para mi. Te "


Cuando desperté encontré una buena cantidad de cervezas vacías y un texto sin terminar. ¿Qué quería decir después de ese "Te"? ¿Te quiero? ¿Te extraño? ¿Te odio? ¿Te olvidé? ¿Cómo me sentía con respecto a Marta? La cabeza me dolía demasiado y me di una ducha en la que no dejé de pensar en cómo podría terminar ese texto. De la misma manera que yo me sentí durante mucho tiempo incompleto al irse Marta de mi vida solo había sido capaz de escribir una despedida a medias. ¿O era la puerta a una posible reunión? Cuando salí de la ducha me sonaba el móvil. Era Lucas. No me había olvidado que había quedado con él pero tenía la cabeza tan alborotada y me dolía del segundo día de resaca. Le dije que estaba en mi portal en cinco minutos. Me puse lo primero que encontré. Volvía mirar la pantalla del ordenador. Borré el texto y lo apagué. Salí por la puerta tranquilo. Era mejor no volver.

miércoles, 29 de julio de 2020

Diario de guerra

Es viernes. En unas horas la gente de bien despertará para empezar su sábado. Yo no soy una de esas personas.Estoy solo, triste y borracho. Estoy en la mesa de la cocina haciendo el mayor de mis esfuerzos para mantener la mirada en el teléfono. Miro su número de teléfono. Llevamos tres semanas sin saber nada del uno del otro. De manera oficial claro. A estas horas debería estar en la cama. Quiero llamarla. Miro como como los hielos de mi copa apenas existen. Me paso la mano por mis ojos cansados. Respiro hondo. Me quito los pantalones. Pulso la marcación automática. Primer tono. Segundo tono. Tercer tono. Cuarto tono, espera; se corta a la mitad.

-¿Diga? ¿Quién es?
-Sé que no es la mejor hor...
-¡No! ¡No, no, no, no! ¿Estás de coña Rober?
-Mira, necesito un momento. Solo será un momento y se acabó.-Noto un suspiro largo que me indica que me va a escuchar. Durante un momento tengo ganas de acabar la copa pero decido tomar aliento y aclarar las ideas y lo más calmado posible le digo.-Ya no sé cuantas veces hemos estado en esta noche, en este momento. ¿Cuántas veces nos hemos ido para siempre el uno de la vida del otro? ¿Cinco? ¿Seis? ¿Importa? ¿La verdad? Estoy cansado. Estoy cansado de tener que llamarte de madrugada, de que discutamos, de que nos ocultemos cosas, de beber demasiado para olvidarte, de vivir en esta guerra eterna... Joder, esto no tendría que ser así. Sé que me quieres, lo sé maldita sea. Y yo adoro ver tu silueta a través de la mampara cuando te duchas, como hueles por las mañanas, tu sonrisa tras cada beso y podría seguir así toda la noche. Pero el tema no es ese. Te llamo porque estoy en casa de un amigo solo y no puedo parar de pensar en como construimos un hogar, un sitio donde siempre podíamos volver el uno al otro. Eso tiene que significar algo. En este punto tenemos claro que no vamos a cambiar pero tenemos que aceptarnos. Tengo una copa delante y solo quiero salir de aquí corriendo, llegar a junto tuya y ver como me abres la puerta con tu cara de enfado por mantenerte despierta a estas horas y besarte. Sé que parezco idiota siempre chocando con la misma piedra pero ahora mismo quiero romperme la cabeza si es necesario. Me gustaría verte ahora mismo y matarnos como solo nosotros sabemos. ¿Qué me dices?
-Mira Rober... Date una ducha, no quiero que huelas a alcohol, idiota.
-Dame media hora.

Cuelgo. Otra vez ella. De nuevo, por enésima ocasión. Es probable que todo vuelva a fracasar, me da igual. Abro la ducha y mientras el agua se calienta pienso en todos los errores que hemos cometido en el pasado. Siento que podemos ser mejores y me lo creo. Entro en la ducha y tarareo la canción que me recuerda a ella. El agua todavía no está caliente pero lo estará. Yo no sé si estoy listo para volver a verla pero lo tendré que estar. 

viernes, 12 de junio de 2020

La llamada

Todo lo que me ha importado lo he roto o me ha hecho daño. Ese pensamiento me encadena a la apatía cada mañana y me mantiene en vela cada noche solitaria. Y ya ni escribo si no he vaciado varias copas anteriormente o si la resaca me obliga a vomitar palabras. Y miro la pantalla y las horas siguen pasando. ¿Qué ha sido esta vez? ¿Has roto algo o te han hecho daño? Y solo pienso en escribir para que esos pensamientos se escapen en medio de la escritura. Suena el teléfono. Es un error del pasado, uno que cometí yo.

-¿Rober? ?Estás ahí?
-Sí, dime.
-Solo quería saber si estás bien.
-Estoy como la última vez que hablamos, igual de borracho, igual de imbécil e igual de perdido. No ha cambiado nada.
-No tienes que ser así conmigo, nosotros antes...
-Antes. Del nosotros solo queda el otros, porque eso es lo que somos, otros, extraños el uno para el otro. No voy a discutir por teléfono.
-No te he llamado para eso, lo sabes.
-Lo sé, pero sigo igual de imbécil y discutiremos. Lo siento, tengo que colgar, cuídate.

Antes de que pueda decir nada cuelgo y me alejo del teléfono. Asomo la mirada por la ventana. Por lo menos he sido sincero, casi del todo. Porque es cierto que estoy borracho y que soy un imbécil pero creo que cada día estoy mas perdido. Quizás debería salir a que me de el aire. No lloro, ya no. Pienso en ella, en que tenía buenas intenciones depositadas en un mal lugar. Pienso en mis malas decisiones del pasado. Pienso que quizás debía escucharla. Miro al teléfono. Dudo. Rescato una cerveza de la nevera y me tumbo en la cama. Como puede llegar a doler la vida.

sábado, 16 de febrero de 2019

La jaula

   Mírate. ¿Qué han pasado? ¿Diez, once años? Y ahí sigues, dentro. No, no estás preso. No, nunca tuviste un ala rota. Nadie ha escondido la llave. Mírate, cobarde. ¿No te duele mirarte? Ella hace mucho que abrió la puerta. Ya no quedan barrotes que te retengan. ¿Cuánto tiempo llevas ahí dentro? ¿Diez, once años? En silencio, observando, deseando. ¿Acaso no tienes amor propio? Ella se fue hace ya mucho tiempo, seguro que ni te recuerda. Y a ti todavía te da vergüenza decir su nombre. No es vergüenza, es miedo. Te da miedo. No olvidas, peor, la recuerdas cada día. Recuerdas la primera vez que te habló, cada una de sus palabras. Recuerdas tu deseo al verla. Su mirada, sus ojos verdes. Su sonrisa. Y todavía sigues ahí, recordando. ¿No te duele? Seguro que si escucha tu nombre no sabría decir quién eres. ¿Y la recuerdas? ¿Y te quedas ahí dentro? Recuerdas al contacto de su piel, como te ponía la piel de gallina. Porque eso es lo que eres, un gallina, un cobarde, un inútil. ¿Diez, once años? Mírate, seguro que ni te sostienes la mirada en el espejo. La recuerdas cada día y para ella no existes. Recuerdas la primera vez que te dijo "te quiero" y como te dejó sin aliento. ¿La quieres? Si ni siquiera tienes amor propio, ¿tienes el valor de querer a alguien? ¿Diez, once años? Todavía conservas esos zapatos que te recuerdan a ella y para ella no existes. Recuerdas el beso que nunca le diste y las palabras que no fuiste capaz de pronunciar. Porque sabias que era ELLA. ¿Cuánto tiempo vas a seguir ahí dentro? ¿Cuándo te vas a permitir salir? Para ella no existes. Para ella no eres nadie. Lo sabes y te niegas a creerlo. ¿No decías que si escribías sobre ella se pasaba? Y ahí sigues, dentro. No tienes un ala rota. No hay ninguna puerta cerrada. No hay barrotes. No existe ninguna jaula.

martes, 11 de octubre de 2016

Cuando la conocí.

En casa es muy difícil conocer gente, podría decirse que este es el principal lema social de cualquier borracho. En casa podemos beber más cómodo, más barato y sin la posibilidad de que te partan la cara pero la magia de la calle y especialmente de los bares es algo inexplicable para el no entendido en despertarse con dolor de cabeza y medio estómago en la taza de wáter. Por ese motivo me metí en el coche de una Bea con una resaca todavía más fuerte que la mía para viajar a otra ciudad a celebrar San Juan. La idea me ilusionaba y el medio centenar de cervezas que metí en el maletero no hacían más que aupar mi espíritu festivo. Si dijera que el viaje fue tranquilo mentiría, pero aquella mujer sabía conseguir que mi estómago se encogiera con cada giro brusco por la autopista.

El calor y los volantazos consiguieron que me empezase  a preocupar por el elixir dorado que llevabamos y en un par de ocasiones tuvimos que parar para probar que la mercancía todavía seguía en buen estado y de paso adormecer ligeramente el dolor de cabeza fruto de los excesos de la noche anterior. A pesar del zumbido en la cabeza, podía visualizar la noche con claridad: tumbado en la arena bebiendo y dejando que la vida se ahogue con el paso de las horas y la bebida. 

-Rober, ¿y las mujeres? ¿Estás con alguna?- Mi cara debió explicar la realidad de mi actual soledad porque al instante añadió. -¿Qué fue de aquella mujer casada con la que te fuiste aquella vez?
-Un juego, un mal chiste. No creo que llegásemos a interesarnos, pero me divertía. Una vez subí a verla con el bañador puesto porque me dijo que tenía jacuzzi en su casa y tengo que reconocer que me apetecía bañarme allí más que meterla en la cama... Al final, ni lo uno ni lo otro. Me contó que su marido al final no se iba, supongo que se arrepentía de toda la mierda que echó sobre su relación o que definitivamente yo no soy tan buen querido como ella pensó.
-Esta noche habrá otras, no te agobies por eso. Siempre que paseo por Coruña pienso que si no viviese con Marcos el cabrón se estaría follando a todas esas guarras que hay por la noche.
-Si alguna vez dudas de su fidelidad siempre le puedes dar uno de estos viajecitos en coche, seguro que comprende que es mejor no joder contigo.


Y llegamos. Para alguien que no sea de Vigo o de A Coruña es imposible entender la rivalidad entre ambas ciudades y como cada una de ellas la vive a su manera. Para mi era una ciudad enemiga y al mismo con unos cuantos encantos dignos de disfrutar. San Juan era uno de ellos y valía la pena aparcar por una noche todo signo de enemistad por tener en ese ámbito una noche tranquila. Cuando llegamos al piso de Marcos y Bea tuvimos que recibir alguna que otra broma de gustos dispares por venir de la ciudad enemiga. Al ver toda la bebida que portábamos, los ataques se transformaron en alabanzas y supimos que era el momento de ir a la playa y empezar a beber.

Llegados a este punto tengo que confesaros que sí existía una mujer en mi vida, no estaba en mi vida pero si en mi cabeza. Entró y se fue tan rápido que no pude asimilar el desahucio que causó en mi. Pasé desde el más profundo deseo físico a la estúpida idea de que si pudiese volver a los tiempos del instituto forraría todas mis carpetas con corazones con su nombre. Era irracional, era imposible y al mismo tiempo real. Tan real que todavía hoy puedo recordar su mirada en el momento en el que me la presentaron, las ganas que tuve de decirle que a partir de ese día todo lo que escribiese la tendría a ella como protagonista o el cosquilleo en la nuca que tuve al escuchar de sus labios mi nombre. Y aquella noche, en aquella maldita ciudad estaba ella, tan imposible de encontrar entre la multitud que ni solo la idea de pensar que la vería hacía sonar carcajadas de burla en mi cabeza.

-Tío, ¿vamos a dar una vuelta?- Desperté de mi ensoñaciones al sentir la mano de Dani en mi hombro.

-Eh, si claro, por qué no.

Apenas quedaban unas diez cervezas y necesitaba moverme un poco para no quedar dormido en la arena y despertarme al día siguiente entre los restos de la fiesta en la playa. Caminamos conversando mientras apurábamos un par de cervezas y no paraba de darle vueltas en mi cabeza a la idea de que Lara estaba en la misma playa que yo, en cualquier lugar pasándoselo bien ignorando que nos podríamos encontrar el uno a un paso del otro o que todavía pienso en ella. No paraba de pensar en ella hasta que un ruido frenó la maquinaria de mi cabeza y la conversación, cuando me giré a ver el origen creí tener visiones, allí estaba ella. No podía ser, pero así era. Si la vida te da limones dicen que habrá que hacer limonada y si te da a la chica pues tendrás que no acojonarte y ahí que me acerqué. Estaba con una amiga bebiendo y no me vio hasta que estuve bastante cerca de ellas.

Cuando me reconoció me saludó con afecto y me invitó a sentarme con ella y su amiga, Dani, sintiendo que sobraba; se marchó por donde habíamos venido. Al principio éramos los tres los que hablábamos amistosamente, pero llegados a un punto mi mente desconectó y contemplaba ensimismado cada uno de sus gestos, como decía cada palabra, su sonrisa, cada movimiento. Sentí la misma fascinación que debieron sentir los primeros hombres mientras contemplaban los rayos atravesar el cielo. Joder, me habría quedado en aquella playa toda mi vida. Y sentía su mirada y en aquel momento no pude desearla más. Me volvía loco la idea de besarla y todo mi cuerpo me pedía que diera el paso.

Y ahí sucedió la magia. Cuando dos personas se conocen existen varios momentos claves que definen todo lo que va a pasar entre ambos cuando suceden. Aquella noche en aquella playa fue uno de ellos. Cuando me invitó a seguir la noche con ella y su amiga me acobardé, me sentí abrumado por todo lo que empezaba a significar aquella mujer para mi cuando apenas la conocía. La llamada de un amigo al teléfono fue suficiente excusa para poder escapar por la puerta de atrás derrotado. Se bajó el telón, el truco no había funcionado por el miedo escénico y la historia no se llegó a escribir. Ahora con la perspectiva de los años y de la bebida siempre me puedo convencer de que no era para tanto, que la nostalgia me hace exagerar, que habríamos sido otro tren descarrilando. No lo sé. Cuando pienso en aquella noche, en lo que significó para mi no me siento orgulloso. Y cada vez que la vida me lleva a beber en la playa no puedo dejar de pensar en su sonrisa y en lo estúpido que debí parecer allí boquiabierto disfrutándola.

Asique si la vida te da a la chica, no te acojones.