domingo, 26 de julio de 2026

Cuidar

                             Esta historia pasó por mi familia como una especie de legado familiar a mi me la contó mi abuelo, a él se lo contó su abuelo y su abuelo le dijo que a él se la contara su abuelo. Es el relato de un antepasado nuestro que con su vivencia nos enseñó el que sería el sino de los hombres de nuestra familia.

Cuando nuestro árbol familiar apenas eran unas raíces el primogénito dedicaba sus días de primavera a caminar por las tierras cercanas a su casa y a disfrutar de la naturaleza naciente. La juventud le empujaba a cada día descubrir algo nuevo que le asombraba hasta que un día encontró una margarita. Aquella margarita a ojos de cualquier otra persona podría ser una margarita más en medio de aquellas tierras pero para el joven el amarillo casi dorado de su corazón le recordaba a la luz del atardecer y cada uno de sus inmaculados pétalos blancos eran la posible respuesta a la pregunta que desvelaba a jóvenes y ancianos, saber si le quieren o no le quieren. Nuestro antepasado en aquella flor encontró todo aquello que cada mañana le movía a recorrer la naturaleza. Y decidió que pasaría sus días contemplando la margarita. Durante la primavera y el verano aquella flor relucía como el primer día y el joven con una sonrisa la visitaba cada día y le contaba su día, historias o anhelos de vida. Cuando llegó el otoño la flor perdió sus pétalos pero el joven decidió que era el momento de poner de su parte y cada día iba con un vaso de agua para regarla esperando que recuperase su estado primaveral.

Pasaron las estaciones y volvió la primavera pero con ella no regresó el aspecto de la margarita que permanecía como un capullo. Preocupado por la situación el joven decidió ir a buscar el agua a un río cercano conocido por sus aguas claras y por las flores relucientes que surgían a su vera. Cada día caminó hasta el río recogiendo su agua para regar aquella flor que no florecía. La primavera concluyó y el verano pasó y aquella margarita alcanzó el otoño sin volver a mostrarse. Aunque la tristeza afligió al hombre no se dio por vencido y comenzó la búsqueda de una alternativa que pudiera revitalizar la margarita.

Durante aquel otoño el joven encontró escritos donde hablaba de la sangre como fluido vital capaz de dar vida. El hombre no dudó ni un momento y con la llegada del invierno la visita diaria se producía con un cuchillo en la mano derecha. Cuando alcanzaba el lugar de la flor que aparentaba marchita se arrodillaba y con la punta del cuchillo se realizaba un corte. Un pequeño chorro de sangre manaba del corte y el hombre la derramaba por encima de la flor. Tras eso se vendaba la mano con un trapo para que no perdiera más sangre de la necesaria para ayudar a su adorada flor. Día tras día, semana tras semana el ritual se repetía. Para cuando llegó la primavera de nuevo la planta todavía no había florecido. El joven no se rendía y mantenía la esperanza repitiendo el regado cada día. Uno de esos días primaverales un hombre de su pueblo que caminaba por la zona y que conocía la situación de este hombre se acercó a donde se situaba el joven y la margarita. Viendo la situación de aquella flor que se mantenía en estado invernal le preguntó cuál era el motivo para seguir cada día con ese ejercicio de regadío habiendo más flores y más jardines por la zona. El joven lo miró como quien confunde la noche con el día y sin dudar un instante contestó.

-Sé que existen otras flores y otros jardines, soy yo el que no quiere regarlos.

jueves, 23 de julio de 2026

Corazón de cristal

                             De tanto en cuanto Lucas decide que es un buen momento para sacarme de la ciudad y que caminemos juntos por la naturaleza. No suele equivocarse cuando su sentido de amigo le indica que es el momento de conversar durante un paseo bucólico y en esta ocasión volvía a estar en lo cierto. Los síntomas eran evidentes. Me alejaba de las personas de mi entorno, rechazaba cualquier propuesta de plan y cuando aparecía permanecía en silencio. Algo se estaba cociendo. En aquella caminata bucólica necesitaba abrir la caja de Pandora de mis pensamientos. Lucas hablaba de su trabajo mientras yo por dentro ordenaba mis ideas. Llegamos a un punto donde había unas cuantas piedras bajo la sombra de unos árboles. Se sentó y sacó una bolsa de pipas. Me ofreció pero las rechacé. Me miró con la paciencia de un padre con sus hijos. 


-¿Me vas a decir qué te pasa?

-Tengo el corazón roto.

-Tío, hoy no me puedes volver a hablar de Bea. -Escuchar su nombre hizo que mi estómago hiciera volteretas dentro de mi.- No te voy a decir que la superes o no, eso es tu decisión. Pero no podemos seguir hablando siempre de lo mismo.

-No es sobre ella. Hablo de mi corazón, el de verdad. Todos estos meses que me mareaba o que "estaba raro" no es solo esta eterna melancolía. Mi médico me dice que me funciona mal. Que el ritmo no es el correcto y que me tienen que hacer más pruebas pero que podría dejar de funcionar en cualquier momento. 

-¿Y qué te dicen?

-No lo tienen muy claro y por eso tampoco quieren dar el paso de hacer nada mientras no me hagan más pruebas pero el riesgo de fallo fatal está ahí.

-Tío... -Se levantó y me abrazó. Yo agradecí el gesto pero podía sentir en mi pecho el malestar de estar hablando del tema.- Lo siento.

-No es culpa tuya, en realidad no es culpa de nadie. Pero el miedo a hacer un esfuerzo y quedarme en el sitio me está paralizando. 


En aquel momento Lucas empezó a hablar pero no podía entender sus palabras. El ruido de mi pecho estaba siendo ensordecedor y me quedé helado. Notaba el sudor bajando a legiones por mis brazos y mi espalda. Lucas no parecía notar nada raro en mi pero yo cada vez lo miraba más borroso. Cerré los ojos con todas mis fuerzas durante unos segundos para ver si recuperaba la visión. En cuanto los abrí estaba rodeado de espejos. No había rastro ni de mi amigo ni del lugar en el que estábamos. Miré a mi alrededor y hasta donde me alcanzaba la mirada solo había espejos. Fijé la mirada en uno de ellos y mi reflejo era extraño. Sin camiseta tenía una herida abierta en el centro del pecho y estaba vacío el lugar donde tendría que encontrarse mi corazón. El ruido de los latidos aun así no cesaban. Miré mi pecho y tenía todavía la camiseta puesta. Notaba el sudor que me bajaba por todo el torso. Aunque estaba un poco pegada la camiseta a mi cuerpo la levanté para ver mi pecho. En donde mi reflejo tenía la herida abierta se encontraba un ojo que lloraba sangre. El ojo me miró y yo me caí de culo. Miré a los otros espejos y en todos la herida estaba abierta y no tenía corazón. Me tapé con la camiseta de nuevo. Me encogí en un ovillo con las manos cubriendo mi cabeza que casi se metía entre mis piernas. El corazón incrementó el ritmo del ruido de sus latidos. En algún momento creo que grité pero no me podía escuchar a mi mismo. El sonido se volvía más fuerte y más rápido. Escuché el sonido de multitud de cristales rompiéndose y supuse que eran los espejos. Abrí los ojos. Lucas me miraba preocupado. Estaba empapado en sudor. Me dijo que mi cara se puso pálida y que me quedé mirando al vacío. Le calmé diciendo que fue un pequeño ataque de ansiedad. Nos levantamos y decidimos volver al coche de Lucas para volver a casa. Intentaba calmarme diciendo que todo iba a salir bien. Miré para atrás al lugar donde empezó la conversación. Durante un segundo me pareció ver un espejo roto. El ruido de mi pecho se había instalado en mi cabeza.