Esta historia pasó por mi familia como una especie de legado familiar a mi me la contó mi abuelo, a él se lo contó su abuelo y su abuelo le dijo que a él se la contara su abuelo. Es el relato de un antepasado nuestro que con su vivencia nos enseñó el que sería el sino de los hombres de nuestra familia.
Cuando nuestro árbol familiar apenas eran unas raíces el primogénito dedicaba sus días de primavera a caminar por las tierras cercanas a su casa y a disfrutar de la naturaleza naciente. La juventud le empujaba a cada día descubrir algo nuevo que le asombraba hasta que un día encontró una margarita. Aquella margarita a ojos de cualquier otra persona podría ser una margarita más en medio de aquellas tierras pero para el joven el amarillo casi dorado de su corazón le recordaba a la luz del atardecer y cada uno de sus inmaculados pétalos blancos eran la posible respuesta a la pregunta que desvelaba a jóvenes y ancianos, saber si le quieren o no le quieren. Nuestro antepasado en aquella flor encontró todo aquello que cada mañana le movía a recorrer la naturaleza. Y decidió que pasaría sus días contemplando la margarita. Durante la primavera y el verano aquella flor relucía como el primer día y el joven con una sonrisa la visitaba cada día y le contaba su día, historias o anhelos de vida. Cuando llegó el otoño la flor perdió sus pétalos pero el joven decidió que era el momento de poner de su parte y cada día iba con un vaso de agua para regarla esperando que recuperase su estado primaveral.
Pasaron las estaciones y volvió la primavera pero con ella no regresó el aspecto de la margarita que permanecía como un capullo. Preocupado por la situación el joven decidió ir a buscar el agua a un río cercano conocido por sus aguas claras y por las flores relucientes que surgían a su vera. Cada día caminó hasta el río recogiendo su agua para regar aquella flor que no florecía. La primavera concluyó y el verano pasó y aquella margarita alcanzó el otoño sin volver a mostrarse. Aunque la tristeza afligió al hombre no se dio por vencido y comenzó la búsqueda de una alternativa que pudiera revitalizar la margarita.
Durante aquel otoño el joven encontró escritos donde hablaba de la sangre como fluido vital capaz de dar vida. El hombre no dudó ni un momento y con la llegada del invierno la visita diaria se producía con un cuchillo en la mano derecha. Cuando alcanzaba el lugar de la flor que aparentaba marchita se arrodillaba y con la punta del cuchillo se realizaba un corte. Un pequeño chorro de sangre manaba del corte y el hombre la derramaba por encima de la flor. Tras eso se vendaba la mano con un trapo para que no perdiera más sangre de la necesaria para ayudar a su adorada flor. Día tras día, semana tras semana el ritual se repetía. Para cuando llegó la primavera de nuevo la planta todavía no había florecido. El joven no se rendía y mantenía la esperanza repitiendo el regado cada día. Uno de esos días primaverales un hombre de su pueblo que caminaba por la zona y que conocía la situación de este hombre se acercó a donde se situaba el joven y la margarita. Viendo la situación de aquella flor que se mantenía en estado invernal le preguntó cuál era el motivo para seguir cada día con ese ejercicio de regadío habiendo más flores y más jardines por la zona. El joven lo miró como quien confunde la noche con el día y sin dudar un instante contestó.
-Sé que existen otras flores y otros jardines, soy yo el que no quiere regarlos.
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