lunes, 3 de febrero de 2025

Michi

                             Todavía sonrío al recordar el día que decidieron venirse a mi casa. Ella y Pequeña daban un paso muy grande al compartir su vida conmigo. De ella he hablado tanto que cualquiera que me conozca podría describirla mejor que yo. Pequeña era su gata. Una gata negra muy peculiar. Como un pato con su imprimación al nacer, Peque seguía a ella por toda la casa. Cuando ella se sentaba en algún lado la gata se sentaba en su regazo con los ojos abiertos mirándola. Cuando ella volvía de algún lado Pequeña maullaba que pareciera que le ponía al día con todo lo que había sido en su día en su ausencia. Pequeña le tenía miedo a las personas pero con ella podría dormirse sobre cualquier parte de su cuerpo. Da igual la estación del año Pequeña se colocaba en su regazo con sus dos ojazos bien abiertos mirándola con una admiración que rozaba la adoración. A mi me gustaba esperar a que Pequeña le dejara de contar con sus maullidos lo su día para acercarme y saludarla con un abrazo para volver a dejar su lugar a la gata. Durante las primeras semanas me ignoraba pero poco a poco parecía que me agradecía que no quisiera robarle del todo a ella. A veces mientras ella trabajaba en su escritorio con la gata con los ojos como platos admirándola me gustaba contemplarlas a las dos con la misma admiración. Lucían preciosas y al mismo tiempo la estampa era graciosísima, una mamá canguro haciendo su vida y su hija apoyándola. A ella le encantaba contarme todas las cosas que le parecían graciosas de la gata y yo acababa riéndome con ella. Le hacía un montón de fotos que me encantaba recibir. La mayoría eran de Peque sentada en alguna parte de su cuerpo mirándola con los ojos abiertos de tal manera que no se perdiera ningún detalle. Eran tan hermosas las dos juntas que separarlas habría un crimen. 

Un día ella pasó el fin de semana fuera y la gata se pasó la primera hora en la puerta esperando a que volviera cual madre la primera noche que un hijo sale de fiesta. Al rato volvió a ser la gata independiente que era cuando ella no estaba y estuvo a su bola por la casa. A la mañana siguiente comprobó que ella no había vuelto buscándola por toda la casa. En ese momento por primera vez Pequeña se acercó a mi y me empezó a maullar como cuando lo hacía con ella. Estaba sentado leyendo, se subió a mi regazo y se echó una siesta. Era la primera vez que lo hacía. Le mandé una foto del momento a ella que le hizo mucha ilusión. Aquel día me sentí más unido a las dos y especialmente aceptado por Peque. Le había cogido tanto cariño a esa bolita de pelo negra que se me rompió el corazón el día que ambas se fueron de mi vida. Es triste y doloroso despedirse de personas que quieres pero pocas veces se habla de la pena cuando alguien tan especial como Pequeña ya no está en tu vida. Con ella puedo podría llamarla y preguntarle como está su vida pero tengo que convivir con la idea de no volver a saber nada de Pequeña. De saber que aunque sea verano mi regazo cogerá frío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario