Una vez al mes me enfrento al abismo de querer escribirte. Suele ser un sábado y suele ser ya bien adentrado en la madrugada. No es nostalgia ni un corazón roto que nunca se repuso lo que hace aparecer letras en la nube de recuerdos que sigue a tu nombre. Me apetece volver a usar el nombre que te pusimos y que solo tú y yo sabíamos. Quiero saber en que punto se encuentra tu vida. Si todavía te reirías con las mismas bromas. Si eres feliz. Pienso mucho en lo mal que se me dan las despedidas, en como las odio y en como estuve dos meses enteros únicamente pensando en la nuestra. En todo lo que hice mal y en todo lo que pude haber hecho bien. Todavía me siguen doliendo tus lágrimas de la última vez que nos vimos. Como una última imagen puede derribar todos los recuerdos como una bola de demolición y fijarse en la mente como si fuera una foto de perfil. Me gustaría hablarte sobre los buenos momentos, los que vivimos en compañía y en nuestra intimidad. No con la intención de un reencuentro, sino para celebrar lo felices que fuimos. Que aunque lo bueno esté por llegar como siempre decías no debemos dejar de sonreír al recordar lo que vivimos. Te confesaría que antes de acabar el año me pongo nuestra canción como aliento a lo que está por venir. Porque en mi fiesta tu silla está muy vacía pero el resto están muy llenas. Que los que decías que se iban a quedar se quedaron y el resto la verdad es que ya no importan. Que aprendí tanto de ti que sigues siendo un libro de consulta en muchos aspectos de mi vida. Que estoy agradecido porque llegaras, porque te quedaras y porque llegado el momento nos fuéramos. Quiero escribirte como el que escribe a un viejo amigo. Decirte que por aquí todo bien. Ha sido una larga travesía pero creo que empiezo a ver la Tierra Prometida. Que muchos de mis mejores deseos están contigo. Que soy tu amigo. Y una vez al mes me recuerdo que sin decirte nada estoy contigo. Que a veces el silencio tiene más amor que mil palabras. Y que no se pierde lo que siempre está contigo.
domingo, 10 de diciembre de 2023
miércoles, 29 de noviembre de 2023
Enemigo del silencio
Estaba preparando la cena, huevos revueltos con bacon; cuando sentí el ruido de las llaves en la puerta. En el intervalo que tardé en remover la cena dos veces se abrió y cerró la puerta. Sin girarme escuché como caminaba hasta llegar al cuarto. Supuse que se pondría ropa más cómoda tras un largo día de trabajo. La cena estaba casi lista. Y me miraba apoyada en el marco de la puerta de la cocina. Emplaté la cena y ya había colocado los cubiertos para no perder ni un solo segundo. Se sentó delante mía pero apenas dirigió la mirada a otro lugar que no fuese el plato mientras comía. No estaba seguro de si lo estaba disfrutando y yo no quise interrumpirla preguntándole sobre su día. Cuando terminamos recogió todo y lo llevó al fregadero donde se dispuso a limpiarlo. Era "nuestro acuerdo", si uno cocinaba el otro fregaba. Salí por la puerta echando una última mirada esperando que me la devolviera. No ocurrió. Me sentía tan cobarde por no decir nada. Nuestro hogar había perdido la música humana como si estuviera insonorizado. Había días donde no nos decíamos nada. ¿Era la rutina? ¿Se nos acabó el amor que un tiempo parecía eterno? No tenía respuesta para ninguna de las dos. Me cambié y me metí en la cama a leer. Escuché que se encendía la ducha. Tras unos veinte minutos entró en la habitación y se tumbó a mi lado. Se giró dándome la espalda como queriendo dormir. Apagué la luz e intenté conciliar el sueño.
Llevaba algo más de una hora comiendo techo cuando decidí levantarme y salir de la habitación. Me ardía el pecho y sentía que necesitaba salir. Me calcé y me puse una chaqueta por encima del pijama. Salí a la calle y caminé. En silencio. Como si yo fuese una biblioteca con patas y el silencio me acompañara allá donde fuera. Llevaba un buen rato cuando vi un banco y decidí sentarme. No entendía lo que estaba pasando entre ella y yo. No entendía en que momento había dejado de usar el nosotros para decir ella y yo. Me daba miedo decir lo que pensaba. Me daba miedo preguntarle si tenía solución. Si iba poder volver a escuchar su risa. Si nos quedaríamos debatiendo la película que acabábamos de ver hasta altas horas de la noche de nuevo. Si el sonido volvería a nuestras vidas. Miré el reloj del móvil y agradecí no tener que trabajar al día siguiente. Seguí caminando hasta que amaneció y entré en un local donde tenía autoservicio de café. Pillé uno y me senté a beberlo durante horas. Mi cabeza no paraba de desplazarse adelante y atrás en el tiempo intentando arreglar lo que había ocurrido o lo que venía por delante. Eso no es vida pensé.
Era casi medio día cuando decidí volver al piso. Ya subiendo en el ascensor me sentía inquieto. Y permanecí en silencio delante de la puerta al menos cinco minutos. Incapaz de entrar. Como un gladiador romano temeroso de salir y enfrentarse a los leones. Cuando entré el silencio era todavía más sepulcral que cuando me fui. Caminé por la casa y ni rastro de ella. Me senté un rato en la cocina como esperando a que apareciese. No ocurrió. Fui a cambiarme a la habitación para empezar a cocinar la comida. Me quité la parte de arriba del pijama cuando vi algo sobre el colchón. Era un folio doblado. Estalló en mi mente un pensamiento de una época donde nos dejábamos notitas constantemente y por un instante me calmé. Algo bueno por fin se dibujó en mis pensamientos. Abrí la nota y leí "Me voy, el miércoles me pasaré a recoger lo que me falta mientras trabajes. No me llames". Me congelé. No podía pensar. No podía respirar. No podía ni siquiera llorar. Podría haber dicho algo pero todo se había roto en silencio.
martes, 31 de octubre de 2023
Terror
¿Cuál es tu mayor miedo? ¿Estar solo? ¿Perder a un ser querido? ¿Las arañas? ¿La oscuridad? Durante años mi mayor miedo me esperaba en el colegio. Tenía nombre y apellidos, la complicidad de los profesores y la capacidad de hacer que me hubiera aprendido todos los recovecos que tenía ese centro escolar. "Nunca había hecho nada" era lo que siempre decían de él pero sus insultos, como conseguía que todo el grupo le apoyara a la hora de burlarse de mi y como era capaz de que cada palabra suya se sintiera como un empujón a un pozo que cada día se volvía más profundo. Ese día era viernes y mi consuelo era saber que faltaban unas horas para no verlo en dos días. Como cada día llegué pronto y me senté lo antes posible en un rincón esperando no ser percibido. Tuve suerte y lo logré. Durante las primeras horas no existía y era la mayor de las felicidades. Llegó el recreo y la estrategia que mejor funcionaba era salir el último porque a veces con la emoción se olvidaba de mi. Hoy volvía a ser de esos días, dos de dos. Merendé rápido y repetí la estrategia del principio de entrar pronto y sentarme en mi rincón. Ese día no parecía existir. Durante la siguiente hora lo miraba como esperando una reacción. Un insulto tal vez. Que me llegara una notita con un dibujo donde tenía cuerpo de cerdo. Que le pidiera a alguien que me insultara. No pasaba nada. Faltaba una hora para salir y vivía entre el terror de no saber que estaba pasando y el alivio de que no estuviera pasando nada. Cuando sonó el timbre de salida como cada día esperé. Cuando todos se habían marchado recogí mis cosas y salí. Caminé despacio, mirando a todos lados. Todos los días pasaba algo hoy no podía ser una excepción. Mi vista alcanzaba ya la salida. La libertad. Dos días libre.
-Te crees gran cosa, ¿eh?
Antes de que pudiera contestar un empujón me derribaba. Ahí estaba y a diferencia de otros días no sonreía. Parecía furioso. Tres personas estaban con él. Empezó a gritar algo. El miedo no me dejaba escuchar nada. Solo podía ver su furia. Creo que estaba temblando. Cuando terminó con su discurso miró a sus acompañantes y me propinó una patada en el estómago. Sentí como la merienda hacía la ruta inversa. Antes de que pudiera hacer nada las otras personas le acompañaron y empezaron a patearme. Me cubrí la cabeza. ¿Qué otra cosa podía hacer? Durante un rato que se sintió eterno desee volver a los insultos o incluso a aquel par de ocasiones donde me escupió en la cara delante de todo el mundo. Me dolían los golpes pero me estaba matando el terror de no poder hacer nada. Las patadas remitieron y él pudo darme una más como dejando claro que todavía tenía cuerda. Se marcharon y se reía. Estuve un tiempo encogido en el suelo. Nadie vino. Cuando me pude levantar comprobé que no me faltaba nada. Caminé un rato hasta que no pude más y lloré en un portal. No podía retrasarme más porque mi abuela se iba a preocupar. Caminé mientras el cuerpo me ardía de dolor. No era justo. No había hecho nada. No lo merecía. Por lo menos tenía dos días libre.
lunes, 11 de septiembre de 2023
Rendición
Era tan tarde que en lugar del sueño apareció la vigilia en forma de recordatorio de que la ciudad estaba despertando. La cabeza a punto de estallar por la pelea interna que se vivió durante toda la noche y los ojos rojos y empapados porque la batalla se perdió. "No vale la pena pensar más en ello" se dijo tras una larga sesión de pensamientos intrusivos y autoflagelación. Tenía una hora para ducharse, desayunar y empezar la jornada de evasión de la realidad. Otro día más. No puedes pedirle al agua que no moje y a un ansioso que no piense. Intento tararear en su cabeza alguna canción mientras el agua de la ducha elevaba su temperatura corporal. No era capaz de recordar ninguna canción entera, eso le molestó. Cuando salió de casa estaba tan cansado que bajar cada escalón de los cuatro pisos que lo separaban del nivel del suelo le pareció en si mismo un piso entero en subida. Tenía un trabajo, uno sencillo por suerte pensó. Con la cabeza bajo mínimos no se sentía capaz de poder hacer algo más que sentarse en su silla y ver en la pantalla del ordenador letras y números. Salió del trabajo quince minutos tarde. Era la primera vez en estos seis meses que lo hacía pero llegado cierto momento de la mañana llegó a tal estado de trance que se podría decir que estaba dormido con los ojos abiertos. Comió los restos de la cena de la noche anterior. Se tumbó en el sofá y llegó a la conclusión de que tocaba otra noche sin dormir.
-He abandonado todos mis sueños.
Se llevo las dos manos a la cara y las fue cerrando como si quisiera encogerla. Sollozaba. Sabía que esa vida no era la que quería. Lejos de todo lo que le importaba. Lejos de todos los que le importaban. Lejos de sus sueños. No era capaz de mirar una hoja en blanco sin sentir nauseas. Ya ni se acuerda de la última vez que fue capaz de escribir algo que no mereciera un hueco en el fondo de la papelera. ¿Escribir o vivir? Llegados a este punto parecían lo mismo. Se lamentaba. Se enfadaba. Miraba en la agenda de su teléfono para compartir la carga de su desgracia. No había nadie. Todos fueron abandonados. Aquellos amigos, aquella madre, aquella pareja... Todos quedaron en el pasado y en otra ciudad que parece otra vida. Pegó un grito. Escuchó los golpes a través de la pared del vecino. Se dijo que no más. Acercó una silla a su antiguo escritorio. No encendió el ordenador, directamente buscó un papel en blanco y un bolígrafo que pintase. La miró en silencio durante cinco minutos. Suspiró y apoyó el bolígrafo en el papel. Dibujó una "t" mayúscula. No la dibujó, la escribió. "Puedo hacerlo" se escuchó en el mismo origen de sus pensamientos. Cuando las primeras palabras empezaron a precipitarse sobre el papel la adrenalina de la emoción pareció devolverle la confianza. Era una carta. Una carta para una persona que no existía. Estaba disfrutando del proceso. Las ideas se derramaban sobre el papel. Un folio. Dos folios. Cinco folios.
Se despertó con el sonido del despertador. Tenía una hora para ducharse y desayunar. Miró los papeles bajo sus brazos. Todos llenos de palabras. No podía creer que fuera posible pero ahí estaban. Se duchó tan rápido que el agua no llegó a cubrir todo su cuerpo y ya estaba saliendo. Se puso a leer. Primero una carta, luego un cuento y también una historia corta sobre dos amantes que se despiden. No era posible y al mismo tiempo lo estaba leyendo. Como arte de magia su mente se despejó. La bandera blanca se ondeó. La guerra interna había terminado por el momento. No le puedes pedir al agua que no moje pero puedes conseguir que un ansioso no sobrepiense.
martes, 29 de agosto de 2023
Sola mente
No estás loco. Me repito una y otras vez esas palabras, como un conjuro o como intentando evitar una maldición. No estás loco. Me lo repito tantas veces que soy capaz de visualizar cada una de las letras en mi cabeza como esculpidas en piedra. No estás loco. Me aferro a cada palabra a las palabras y siento que son un muro contra mi propia oscuridad. No estás loco. Me centro en ellas buscando que me vuelvan a transmitir la tranquilidad de lo conocido. No estás loco. Siento sonrisas burlonas rodeando mi frase amuleto. No estás loco. Aunque me tape las orejas todavía las siento como si fuese ropa mojada. No estás loco. Intento buscar fuerza en esas poderosas palabras en mi cabeza y están agrietadas. No estás loco. Ya solo puedo escuchar risas a mi costa, soy un fraude. No estás loco. Empiezo a caer mientras las letras poco a poco se desmoronan. No estás loco. Mis ojos inundados ya no me permiten ver. No estás loco. ¿Seguro? No estás loco. ¿De verdad? No estás loco. ¿Te lo crees? No estás loco. ¿En serio? No estás... Lo siento mucho. No, no, no... Tenemos que hablar. ¿Estoy loco? Necesitas perdonarte no una "frase amuleto". Estoy loco. Cometiste errores, es cierto pero si quieres avanzar necesitas perdonar, perdonarte. Loco. Toda esa rabia, ese remordimiento solo te van a asfixiar. No quiero estar loco. Equivocarse es común, intenta ser compasivo, intenta buscar una manera de enmendarlo. Yo... ¿Loco? Te has caído, ya te has castigado, ¿de qué te ha servido? Yo estoy loco. Levántate. No quiero estar loco. Esa oscuridad solo existe en tu cabeza. No quiero estar loco. Esas miradas y esas burlas son solo tus miedos, échalos. No quiero estar loco. Háblate con la compasión con la que le hablarías a tus seres queridos. No quiero estar loco. Todos podemos cometer errores, no necesitas ser perfecto. No quiero estar loco. Ten paciencia contigo mismo, habría días malos. No quiero estar loco. Persevera, aunque no lo creas lo estás haciendo bien. No quiero. Lo estás haciendo bien. Loco. No es cierto. No estás loco. Recuerda que el camino es largo. No estoy loco. Perdonar no es olvidar y castigarse no significar solucionar. No estoy loco. La amabilidad es el mayor signo de fortaleza, sé amable contigo y con los que te rodean. No estoy loco. Recuerda que lo estás haciendo bien. No estoy loco. No te rindas. No.
domingo, 30 de julio de 2023
De madrugada
martes, 27 de junio de 2023
Dos horas muertas
El trabajo de oficina. Qué decir. Hacen de la rutina la mayor de sus virtudes y al mismo tiempo el más grande de sus defectos. Lo reconozco, odiaba ese trabajo pero pagaba las facturas y trabajar de lunes a viernes con dos días de descanso se siente un regalo de los Dioses. Los lunes siempre los mismos comentarios y los viernes el tiempo se congela. Horario partido durante la mayor parte del año y horario de verano cuando llega el calor. Tan predecible como las personas que nos encontrábamos allí. Todavía no había llegado el calor en forma de horario pero ya era uno de esos jueves donde el sudor que recorría mi espalda y el tiempo congelándose se volvían una combinación letal. Me agobiaba mirar mi reflejo sudoroso y aburrido en la pantalla del ordenador. Tenía que escribir unos documentos para un cliente que había llamado en dos ocasiones a lo largo de esta interminable mañana. Ya no podía más, tras mirar en el reloj que me quedaban dos horas para poder irme a comer a mi casa me dirigí al baño anhelante de poder tomarme un respiro. Caminé lo más rápido que pude intentando evitar conversaciones. Entré en el bañó, se encendió la luz de manera automática y me puse delante del lavabo. Me empapé la cara y la nuca. Durante un segundo sentí alivio. Me miré en el espejo. Tenía un aspecto terrible. En el espejo se reflejaba lo que parecía una especie de botón rojo como los de las películas. Me detuve a mirarlo y no se reflejaba, asomaba del espejo. Miré a todos los lados intentando ver si había algo más en la habitación distinto. Nada. Solo un botón en el espejo. Dudé un instante y lo pulsé.
El baño se quedó completamente a oscuras. Maldita luz automática pensé y moví los brazos para que el detector de movimiento encendiese las luces de nuevo. Nada. Volví a mirar al botón y ya no estaba. Parecía que estaba en algún especie de pasillo y que a lo lejos se veía la luz. No entendía nada. Volví a agitar los brazos y siguió sin cambiar nada. Grité para ver si alguien me estaba gastando una broma. Pero no me salió voz. Volví a gritar y no tenía voz. Me di por vencido y avancé hasta la luz. Cuanto más me acercaba más se veía como una especie de salida. Asomé la cara y estaba en una cueva "como Platón" pensé y durante un segundo esta pequeña gracia me hizo olvidarme de mi situación. Miré en todas las direcciones antes de salir del todo. Solo había un páramo de tierra seca. Salí de la cueva y tras dar un pasos adelante vi una figura a lo lejos de una persona que parecía saludarme. Me resultó conocida. Y avancé con cautela hasta que lo reconocí. Era mi abuelo. No podía ser... El había... Había... Hace ya unos cuantos años. Parecía feliz como antes de la cama del hospital. Me saludaba como cuando era un crío y lo iba a visitar como antes de la silla de ruedas. Me miraba con esa alegría y esa inocencia que compartíamos como antes de la enfermedad. No me lo podía creer. Corrí hacia él. Llegué a donde estaba y solo me sonrió como si no hicieran falta las palabras. Quise preguntarle que estaba pasando pero no tenía palabras. Parecía altísimo. Hacía tanto tiempo que no lo contemplaba así. Miré mis manos y eran las de un niño. Me acaricié la cara y no había barba. Volvía a tener diez años pero ahí delante estaba mi abuelo. Lo abracé. Me volvió a acariciar la cabeza como él hacía. Lo apreté lo máximo que pude contra mi, como si sintiera que me lo fueran a arrebatar. Intentaba gritarle tantas cosas pero no tenía voz. Empecé a llorar mientras el también me abrazaba. Le apreté tanto que tuve que cerré los ojos que ya estaban hasta arriba de lágrimas. Apreté. No se escuchaba nada. No veía nada.
Noté un toque en el hombro. Me sobresalté. Me preguntaron si estaba bien. Miré para atrás y estaba un compañero de oficina. Le dije que estaba bien. Me contestó que le sorprendió verme a oscuras en el baño solo y se preocupó. Me miré en el espejo y volvía a tener mi aspecto. Y al contestar a mi compañero volvía a tener voz. No entendía que había pasado. Me dijo que si no pasaba nada que me se iba a su puesto que tenía que terminar algo antes de tener una llamada con un superior. Noté que me miraba mucho para el calzado. Miré mis pies y tenía el calzado y los pantalones sucios. Como si hubiese corrido por tierra seca llenos de polvo. Me asusté un poco. ¿Había pasado de verdad? Miré el reloj, todavía faltaban dos horas para poder irme a casa. Me volví a lavar la cara pero no pasó nada. Toqué el espejo donde antes estaba el botón pero siguió sin pasar nada. Decidí volver a mi escritorio. Estaba tan asustado de lo que me acababa de pensar que en cuanto me senté solo pude pensar bendita rutina.