Suena el despertador. Las llamas alrededor de la cabeza se intensifican. Extiende su brazo y apaga la alarma mientras suelta un largo suspiro. Se sienta en la cama sintiendo las llamas extendiéndose por su espalda y hombros. Otro suspiro de resignación. Las llamas le acompañan desde hace años y ya casi no recuerda lo que es la vida sin ellas. Se levanta, se coloca las zapatillas y camina hacia el baño. Enciende la luz y se mira en el espejo. Ojos cansados y barba desaliñada. A su reflejo las llamas crecen y el ruido de las mismas le molesta. Suenan como risas. Se ríen de su aspecto o de él. Abre el grifo del lavabo y tras pillar un poco de agua entre sus manos se lava la cara. Las llamas bailan alrededor de las zonas húmedas de la cara. El hombre enciende el agua caliente de la ducha y se quita el pantalón de pijama. El fuego se extiende a lo largo de su desnudez. Se mira de arriba abajo en llamas. Entra en la ducha y aunque el fuego no se desvanece aúlla molesto. El agua está caliente y por unos minutos puede desconectar de ser un hombre en llamas.
Con la ropa puesta el hombre vuelve a estar cubierto por el fuego. La mayor parte de su calor es acumula en la cabeza, cuello y hombros. Se pone una película y se tumba en el sofá a verla. En cuanto termina la película se pone calzado de calle y va andando a casa de su abuela. Come con ella. Berenjenas rellenas y de postre filloas caseras. Se despide de ella con un abrazo. El fuego se intensifica en la despedida y alcanza el techo. Vuelve caminando a su casa y se vuelve a poner otra película. En cuanto el Sol se empezó a poner el hombre en llamas se va a su cuarto y del primer cajón de su escritorio saca unos sobres que deja colocados en el centro del escritorio. Le quita sonido al teléfono y se coloca unos auriculares con música. Deja abierta la puerta de su cuarto y cierra con llave la puerta del piso.
Camina durante horas con música de fondo. No se cruza con nadie. Recorre su ciudad con la calma de dejar todo resuelto. Las llamas parecen en paz también. Tras el largo camino decide ir a las afueras de la ciudad. Dirección el puente que pasa por encima de la ría. Cada paso que se acerca a su destino las llamas parecen volver a tomar fuerza. La cara está cubierta por completo de un fuego furioso y los hombros se hunden del peso de las llamas. El hombre intenta concentrarse en la música y en recordar que todo va a estar bien. Las llamas le queman pero no lo consumen. Está acostumbrado a esa sensación por muy desagradable que sea. Cuando llega al puente la noche cubre el cielo. Solo las llamas del hombre quieren iluminar las últimas horas del día. No pasan coches. Está solo en el puente con el fuego abrazándole. Apaga la música y se guarda en el bolsillo de la chaqueta los auriculares. Mira al cielo y no es capaz de ver más de una docena estrellas. A sus pies un mar tan calmado y tan oscuro que parece una superficie sólida. El hombre en llamas toma el aliento. El fuego arde con tanta potencia que se siente como un faro que guía a los barcos a puerto seguro. Nadie le mira. No guía a nadie. Y a su lado no se está seguro. Las llamas se cuelan por su boca y por su nariz. Le cuesta respirar. Le cuesta pensar. Decide actuar según el plan. Da un paso hacia el vacío ardiendo tanto que debería iluminar toda la ciudad. Solo cae. Como una estrella fugaz perdida. Las llamas se consumen a medida que cae y desaparecen en silencio cuando la negrura del mar se lo traga. Ni un ruido. Ni una lágrima. Ni una llama. El hombre en llamas desaparece y sus llamas por fin se apagan.
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