martes, 20 de febrero de 2024

Padre

             La hora de echar la llave y por fin descansar pensó el párroco. Había ampliado un poco el horario de recibimiento de gente en la iglesia en las últimas semanas debido a los incidentes que preocupaban a parte de su congregación y notaba que acostarse cada día más tarde le estaba drenando sus energías no así el ánimo. Sonrió al pensar en toda la gente que estaba ayudando y se dijo a si mismo que para eso existía la institución de la iglesia. Ahora mismo era conocido como el Padre Mateo, pero no habían pasado ni diez años desde que era Martín Lazarescu, el hijo del medio de una famosa familia poderosa del país. Durante años Martín fue la oveja negra entre sus hermanos. La mayor tras estudiar derecho se convirtió en la mano derecha de su padre a la hora de gestionar toda la parte industrial de los negocios familiares y el pequeño finalizó sus estudios en administración de empresas y dedicó parte del capital familiar en crear una flota marítima para cruceros turísticos. Martín sin embargo no tenía esa faceta casi innata de los Lazarescu para los negocios y decidió estudiar filosofía. El padre ofendido por las inclinaciones tan poco rentables de  su hijo decidió mover fichas e influencias y destinó a su hijo al principio de la senda religiosa. Con 25 años Martín ya era el Padre Mateo y había sido asignado a dirigir una congregación pequeña pero bastante fiel. El Padre Mateo fue reconocido por sus superiores por su capacidad de reflexión y su incansable amabilidad que contrastaba con un cuerpo de coloso. El párroco con su metro noventa aparentaba ser un gigante con sotana pero como bien dicen, las apariencias engañan y ese cuerpo más adecuado para la lucha escondía una mente brillante y un corazón que no parecía caber incluso en tan gran pecho.

Tras cerrar la puerta a cal y canto exploró con la mirada la planta principal. Los bancos de la iglesia, el altar desde donde predicaba y todas las figuras religiosas que decoraban el templo. Sabía que antes de ir a dormir tocaba revisar los sótanos. El primero nada más entrar a mano derecha encuentras las escaleras que bajan a la biblioteca, lugar de conocimiento y ocio. Cincuenta años en el pasado está registrado que fue la última vez que se usó como centro escolar para los niños de la zona que no podían permitirse el acceso a una escuela y habría que remontarse a casi cien años antes para la última vez que se empleó como centro de estudios superiores. Le encantaba pasar varias horas en sus días más ociosos en la biblioteca explorando sus conocimientos, revisando las obras literarias clásicas o charlando con algún estudioso que alguna vez elegía de entre todas las bibliotecas de la ciudad la de la iglesia para trabajar. Comprobó que todo estaba tranquilo en la biblioteca, no era la primera vez que alguno de sus invitados nocturnos se quedaba hasta tarde y se le pasaba la hora de salida. Hoy no era el caso. Y ya solo le quedaba al final de la plata principal las escaleras que llevaban al sótano residencial. Una habitación enorme que en el pasado fue un comedor para todos los religiosos que vivían allí y seis habitaciones sencillas con baño dispuestas a lo largo de un pasillo. Sabía que salvo su habitación tanto comedor como las otras habitaciones estarían ocupadas. Sus invitados los llamaba aunque en realidad fueran refugiados.

Todo empezó unas tres semanas antes cuando un grupo de personas que vivían en las calles apareció tras la última homilía a pedir permiso para pasar la noche en la iglesia. Que tenían miedo. Que algunas personas habían desaparecido las últimas noches y que algo raro pasaba en la oscuridad de la ciudad. El Padre Mateo sintió que era parte de su responsabilidad proteger a su rebaño y los acogió amablemente. Eran tres personas que temblaban entre aterrorizadas y agradecidas cuando el religioso les preparó tres catres y les dio sopa caliente para cenar. Al día siguiente volvieron acompañados de una madre y su hijo que también se había quedado sin hogar. Cada noche volvían con unas pocas personas más hasta tener casi la treintena que tenía acampadas en el sótano. Cada uno llegaba con más datos de una historia que se tenía que completar como un rompecabezas. Personas desaparecidas en los últimos días, risas que daban escalofríos en mitad de la noche, un nombre en un idioma que el padre no llegaba a reconocer y unas pesadillas que habían llegado incluso a alcanzar al Padre Mateo. Pesadillas de una oscuridad absoluta y de sentir una mirada que te helaba la espalda. Aun con su faceta de religioso, el padre era escéptico con estas cuestiones casi esotéricas. ¿Una pesadilla colectiva? Seguramente todas estas historias que se contaban durante la cena habían creado un pánico colectivo.

Subió las escaleras desde la biblioteca y escuchó unos golpes en la puerta que había cerrado hace un rato. No creo que quede mucho espacio para más personas pensó mientras caminaba hacia la puerta. Al abrirla se encontró solo ante la oscuridad de la noche. Una broma se dijo para si mismo, con el miedo que tiene esta gente y una broma. Volvió a cerrar con llave y se dirigió a la zona residencial cuando volvieron a sonar unos golpes en la puerta todavía más fuertes. El Padre Mateo suspiró, no eran horas para este tipo de juegos y no le quedaban muchas energías después de ayudar a hospedarse a una treintena de personas. Ignoró al bromista cuando volvió a sonar de una manera frenética como alguien que necesita que le abran. Se giró y fue lo más rápido que pudo al abrir la puerta para poder pillar al bromista. Al abrirla no se encontró a nadie, miró alrededor y nada. 


-¿Hay alguien ahí? Si es una broma no tiene gracia, ya llevo más de un año aquí para recibir novatadas y la gente que aquí se encuentra necesita descanso y paz. Si vuelves a importunar tendré que llamar a la poli...


El Padre Mateo no pudo terminar su reprimenda porque al fondo asomando entre la oscuridad aparecieron dos ojos. Rojos inyectados en sangre como los de un animal salvaje pero demasiado grandes para ser los de un perro. El religioso se quedó como hipnotizado por el terror que le producía el cruce de miradas hasta que recobrando el sentido empezó a cerrar lentamente la puerta cuando el sonido de risas inundó el ambiente. Unas risas que asustaron más al padre que intentó buscar hasta encima suya a quien las producía. En un instante todas esas historias que durante las últimas semanas escuchaba entre sus asustados acompañantes de cena cobraron significado y un nombre que había borrado de su mente apareció en la punta de su lengua Argagax. El solo pensar en esa palabra una consecución de horrores como fotogramas de una película se aparecieron en su mente. Cerró la puerta horrorizado y cayó de rodillas empapado de sudor. Tardó un rato en recobrar fuerzas en sus temblorosas piernas hasta que pudo llegar a desearles buenas noches a sus invitados intentando esconder su propio terror. "Martín sé fuerte, tienes que ser fuerte por ellos" se repetía para sus adentros mientras mostraba su mejor cara a las personas que intentaban descansar en el refugio que se había convertido su iglesia. Llegó a su cuarto y derrotado se arrodilló frente a su cama a rezar. No por su alma, sino por la protección de las personas que tenía a su cargo. No podía dejar de sentir esa mirada en su nuca. Burlona. Cuando se metió en cama lo invadieron las pesadillas. Y no podía parar de recordar lo sucedido con esos ojos rojos, el terror que sintió. Al final el cansancio venció al miedo y se durmió.

A la mañana siguiente cada una de las personas que habían pasado la noche se despidió del Padre Mateo muy agradecido, él invitaba a cada uno de ellos a volver esa noche si así lo necesitaban. Hoy no tenía que dar ninguna misa por lo tanto era uno de esos días ociosos que agradeció poder dedicar a sus cosas, quizás un poco de lectura le distrajera. Tras adecentar los cuartos de las personas que acababan de marchas puso rumbo a la biblioteca. Buscaba alguna historia que le mantuviera sumergido en la narración y no en sus oscuros pensamientos. Al abrir la puerta pudo ver a una joven sentada con un libro delante que se sujetaba la cara con ambas manos y parecía estar llorando. Ni Martín Lazarescu ni el Padre Mateo pasarían por alto tal situación y se acercó a ella y apoyando una de sus manos en el hombro le preguntó.


-¿Te puedo ayudar hija mía?

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Mi héroe

             Dave Grohl canta como ve avanzar a su héroe y el mío se fue para no volver. Yo era una roca y su luz me convirtió en una estrella que diría Eddie Vedder. Y es gracioso que lo recuerde con dos canciones porque a mi héroe no lo podría asociar a ninguna canción salvo las que alguna vez cantaba rodeado de los suyos que claramente se había inventado sobre la marcha. Mi héroe no montaba a caballo, iba en un FIAT Punto con casi tantos años como remiendos caseros. Un coche donde muchos años de mi infancia ilegalmente viajé como copiloto y donde tenía que esconderme al aviso de que venía la policía. Mitad realidad y mitad juego, en ese mismo asiento me relató las mayores aventuras surgidas del imaginario de mi héroe. Todavía pienso que no son historias y que son recuerdos de su vida antes de que yo naciera. Mi héroe no usaba ni armadura ni capa pero su piel resistía las inclemencias climáticas. Ni el calor abrasador, el frío extremo ni tampoco la mayor de las lluvias impedía que mi héroe acabase cada día en el mar. Nadaba, buceaba y disfrutaba del océano como si fuera su hábitat natural. Mi héroe era más atlante que humano. Queriendo parecerme más a él, lo acompañé en alguna ocasión y acabé con un frío que todavía persiste en mis huesos. Mi héroe no tenía espada pero blandía amabilidad. Una amabilidad que derrumbaba cualquier barrera. Una amabilidad que vencía cualquier hostilidad. Quizás su mayor legado. Quizás el motivo por el que recuerdo a mi héroe. La persona que mejor asaba sardinas que he conocido en mi vida, la persona que más me alentó en la vida, la persona cuyas manos solo transmitían afecto. Capaz de saberse todos los nudos marineros que existen e incapaz de decir una mala palabra. Se fue dejando al mundo huérfano de una persona extraordinaria. Se fue enseñándome que somos mejores cuando somos amables. Se fue regalándome su vida como ejemplo a seguir. Se fue dejándome mi nombre como el primer regalo que recibí. Se fue. Pienso en mi héroe cada día. Sé que si lo olvido una parte buena de mi se perderá. Que aunque en el recuerdo mi héroe sigue salvando el día. Que todas sus hazañas no se terminaron, continúan en mi vida.

domingo, 10 de diciembre de 2023

Sobre nosotros

             Una vez al mes me enfrento al abismo de querer escribirte. Suele ser un sábado y suele ser ya bien adentrado en la madrugada. No es nostalgia ni un corazón roto que nunca se repuso lo que hace aparecer letras en la nube de recuerdos que sigue a tu nombre. Me apetece volver a usar el nombre que te pusimos y que solo tú y yo sabíamos. Quiero saber en que punto se encuentra tu vida. Si todavía te reirías con las mismas bromas. Si eres feliz. Pienso mucho en lo mal que se me dan las despedidas, en como las odio y en como estuve dos meses enteros únicamente pensando en la nuestra. En todo lo que hice mal y en todo lo que pude haber hecho bien. Todavía me siguen doliendo tus lágrimas de la última vez que nos vimos. Como una última imagen puede derribar todos los recuerdos como una bola de demolición y fijarse en la mente como si fuera una foto de perfil. Me gustaría hablarte sobre los buenos momentos, los que vivimos en compañía y en nuestra intimidad. No con la intención de un reencuentro, sino para celebrar lo felices que fuimos. Que aunque lo bueno esté por llegar como siempre decías no debemos dejar de sonreír al recordar lo que vivimos. Te confesaría que antes de acabar el año me pongo nuestra canción como aliento a lo que está por venir. Porque en mi fiesta tu silla está muy vacía pero el resto están muy llenas. Que los que decías que se iban a quedar se quedaron y el resto la verdad es que ya no importan. Que aprendí tanto de ti que sigues siendo un libro de consulta en muchos aspectos de mi vida. Que estoy agradecido porque llegaras, porque te quedaras y porque llegado el momento nos fuéramos. Quiero escribirte como el que escribe a un viejo amigo. Decirte que por aquí todo bien. Ha sido una larga travesía pero creo que empiezo a ver la Tierra Prometida. Que muchos de mis mejores deseos están contigo. Que soy tu amigo. Y una vez al mes me recuerdo que sin decirte nada estoy contigo. Que a veces el silencio tiene más amor que mil palabras. Y que no se pierde lo que siempre está contigo.

miércoles, 29 de noviembre de 2023

Enemigo del silencio

             Estaba preparando la cena, huevos revueltos con bacon; cuando sentí el ruido de las llaves en la puerta. En el intervalo que tardé en remover la cena dos veces se abrió y cerró la puerta. Sin girarme escuché como caminaba hasta llegar al cuarto. Supuse que se pondría ropa más cómoda tras un largo día de trabajo. La cena estaba casi lista. Y me miraba apoyada en el marco de la puerta de la cocina. Emplaté la cena y ya había colocado los cubiertos para no perder ni un solo segundo. Se sentó delante mía pero apenas dirigió la mirada a otro lugar que no fuese el plato mientras comía. No estaba seguro de si lo estaba disfrutando y yo no quise interrumpirla preguntándole sobre su día. Cuando terminamos recogió todo y lo llevó al fregadero donde se dispuso a limpiarlo. Era "nuestro acuerdo", si uno cocinaba el otro fregaba. Salí por la puerta echando una última mirada esperando que me la devolviera. No ocurrió. Me sentía tan cobarde por no decir nada. Nuestro hogar había perdido la música humana como si estuviera insonorizado. Había días donde no nos decíamos nada. ¿Era la rutina? ¿Se nos acabó el amor que un tiempo parecía eterno? No tenía respuesta para ninguna de las dos. Me cambié y me metí en la cama a leer. Escuché que se encendía la ducha. Tras unos veinte minutos entró en la habitación y se tumbó a mi lado. Se giró dándome la espalda como queriendo dormir. Apagué la luz e intenté conciliar el sueño.

Llevaba algo más de una hora comiendo techo cuando decidí levantarme y salir de la habitación. Me ardía el pecho y sentía que necesitaba salir. Me calcé y me puse una chaqueta por encima del pijama. Salí a la calle y caminé. En silencio. Como si yo fuese una biblioteca con patas y el silencio me acompañara allá donde fuera. Llevaba un buen rato cuando vi un banco y decidí sentarme. No entendía lo que estaba pasando entre ella y yo. No entendía en que momento había dejado de usar el nosotros para decir ella y yo. Me daba miedo decir lo que pensaba. Me daba miedo preguntarle si tenía solución. Si iba poder volver a escuchar su risa. Si nos quedaríamos debatiendo la película que acabábamos de ver hasta altas horas de la noche de nuevo. Si el sonido volvería a nuestras vidas. Miré el reloj del móvil y agradecí no tener que trabajar al día siguiente. Seguí caminando hasta que amaneció y entré en un local donde tenía autoservicio de café. Pillé uno y me senté a beberlo durante horas. Mi cabeza no paraba de desplazarse adelante y atrás en el tiempo intentando arreglar lo que había ocurrido o lo que venía por delante. Eso no es vida pensé.

Era casi medio día cuando decidí volver al piso. Ya subiendo en el ascensor me sentía inquieto. Y permanecí en silencio delante de la puerta al menos cinco minutos. Incapaz de entrar. Como un gladiador romano temeroso de salir y enfrentarse a los leones. Cuando entré el silencio era todavía más sepulcral que cuando me fui. Caminé por la casa y ni rastro de ella. Me senté un rato en la cocina como esperando a que apareciese. No ocurrió. Fui a cambiarme a la habitación para empezar a cocinar la comida. Me quité la parte de arriba del pijama cuando vi algo sobre el colchón. Era un folio doblado. Estalló en mi mente un pensamiento de una época donde nos dejábamos notitas constantemente y por un instante me calmé. Algo bueno por fin se dibujó en mis pensamientos. Abrí la nota y leí "Me voy, el miércoles me pasaré a recoger lo que me falta mientras trabajes. No me llames". Me congelé. No podía pensar. No podía respirar. No podía ni siquiera llorar. Podría haber dicho algo pero todo se había roto en silencio.

martes, 31 de octubre de 2023

Terror

         ¿Cuál es tu mayor miedo? ¿Estar solo? ¿Perder a un ser querido? ¿Las arañas? ¿La oscuridad? Durante años mi mayor miedo me esperaba en el colegio. Tenía nombre y apellidos, la complicidad de los profesores y la capacidad de hacer que me hubiera aprendido todos los recovecos que tenía ese centro escolar. "Nunca había hecho nada" era lo que siempre decían de él pero sus insultos, como conseguía que todo el grupo le apoyara a la hora de burlarse de mi y como era capaz de que cada palabra suya se sintiera como un empujón a un pozo que cada día se volvía más profundo. Ese día era viernes y mi consuelo era saber que faltaban unas horas para no verlo en dos días. Como cada día llegué pronto y me senté lo antes posible en un rincón esperando no ser percibido. Tuve suerte y lo logré. Durante las primeras horas no existía y era la mayor de las felicidades. Llegó el recreo y la estrategia que mejor funcionaba era salir el último porque a veces con la emoción se olvidaba de mi. Hoy volvía a ser de esos días, dos de dos. Merendé rápido y repetí la estrategia del principio de entrar pronto y sentarme en mi rincón. Ese día no parecía existir. Durante la siguiente hora lo miraba como esperando una reacción. Un insulto tal vez. Que me llegara una notita con un dibujo donde tenía cuerpo de cerdo. Que le pidiera a alguien que me insultara. No pasaba nada. Faltaba una hora para salir y vivía entre el terror de no saber que estaba pasando y el alivio de que no estuviera pasando nada. Cuando sonó el timbre de salida como cada día esperé. Cuando todos se habían marchado recogí mis cosas y salí. Caminé despacio, mirando a todos lados. Todos los días pasaba algo hoy no podía ser una excepción. Mi vista alcanzaba ya la salida. La libertad. Dos días libre.


-Te crees gran cosa, ¿eh?


Antes de que pudiera contestar un empujón me derribaba. Ahí estaba y a diferencia de otros días no sonreía. Parecía furioso. Tres personas estaban con él. Empezó a gritar algo. El miedo no me dejaba escuchar nada. Solo podía ver su furia. Creo que estaba temblando. Cuando terminó con su discurso miró a sus acompañantes y me propinó una patada en el estómago. Sentí como la merienda hacía la ruta inversa. Antes de que pudiera hacer nada las otras personas le acompañaron y empezaron a patearme. Me cubrí la cabeza. ¿Qué otra cosa podía hacer? Durante un rato que se sintió eterno desee volver a los insultos o incluso a aquel par de ocasiones donde me escupió en la cara delante de todo el mundo. Me dolían los golpes pero me estaba matando el terror de no poder hacer nada. Las patadas remitieron y él pudo darme una más como dejando claro que todavía tenía cuerda. Se marcharon y se reía. Estuve un tiempo encogido en el suelo. Nadie vino. Cuando me pude levantar comprobé que no me faltaba nada. Caminé un rato hasta que no pude más y lloré en un portal. No podía retrasarme más porque mi abuela se iba a preocupar. Caminé mientras el cuerpo me ardía de dolor. No era justo. No había hecho nada. No lo merecía. Por lo menos tenía dos días libre.

lunes, 11 de septiembre de 2023

Rendición

             Era tan tarde que en lugar del sueño apareció la vigilia en forma de recordatorio de que la ciudad estaba despertando. La cabeza a punto de estallar por la pelea interna que se vivió durante toda la noche y los ojos rojos y empapados porque la batalla se perdió. "No vale la pena pensar más en ello" se dijo tras una larga sesión de pensamientos intrusivos y autoflagelación. Tenía una hora para ducharse, desayunar y empezar la jornada de evasión de la realidad. Otro día más. No puedes pedirle al agua que no moje y a un ansioso que no piense. Intento tararear en su cabeza alguna canción mientras el agua de la ducha elevaba su temperatura corporal. No era capaz de recordar ninguna canción entera, eso le molestó. Cuando salió de casa estaba tan cansado que bajar cada escalón de los cuatro pisos que lo separaban del nivel del suelo le pareció en si mismo un piso entero en subida. Tenía un trabajo, uno sencillo por suerte pensó. Con la cabeza bajo mínimos no se sentía capaz de poder hacer algo más que sentarse en su silla y ver en la pantalla del ordenador letras y números. Salió del trabajo quince minutos tarde. Era la primera vez en estos seis meses que lo hacía pero llegado cierto momento de la mañana llegó a tal estado de trance que se podría decir que estaba dormido con los ojos abiertos. Comió los restos de la cena de la noche anterior. Se tumbó en el sofá y llegó a la conclusión de que tocaba otra noche sin dormir.


-He abandonado todos mis sueños.


Se llevo las dos manos a la cara y las fue cerrando como si quisiera encogerla. Sollozaba. Sabía que esa vida no era la que quería. Lejos de todo lo que le importaba. Lejos de todos los que le importaban. Lejos de sus sueños. No era capaz de mirar una hoja en blanco sin sentir nauseas. Ya ni se acuerda de la última vez que fue capaz de escribir algo que no mereciera un hueco en el fondo de la papelera. ¿Escribir o vivir? Llegados a este punto parecían lo mismo. Se lamentaba. Se enfadaba. Miraba en la agenda de su teléfono para compartir la carga de su desgracia. No había nadie. Todos fueron abandonados. Aquellos amigos, aquella madre, aquella pareja... Todos quedaron en el pasado y en otra ciudad que parece otra vida. Pegó un grito. Escuchó los golpes a través de la pared del vecino. Se dijo que no más. Acercó una silla a su antiguo escritorio. No encendió el ordenador, directamente buscó un papel en blanco y un bolígrafo que pintase. La miró en silencio durante cinco minutos. Suspiró y apoyó el bolígrafo en el papel. Dibujó una "t" mayúscula. No la dibujó, la escribió. "Puedo hacerlo" se escuchó en el mismo origen de sus pensamientos. Cuando las primeras palabras empezaron a precipitarse sobre el papel la adrenalina de la emoción pareció devolverle la confianza. Era una carta. Una carta para una persona que no existía. Estaba disfrutando del proceso. Las ideas se derramaban sobre el papel. Un folio. Dos folios. Cinco folios.

Se despertó con el sonido del despertador. Tenía una hora para ducharse y desayunar. Miró los papeles bajo sus brazos. Todos llenos de palabras. No podía creer que fuera posible pero ahí estaban. Se duchó tan rápido que el agua no llegó a cubrir todo su cuerpo y ya estaba saliendo. Se puso a leer. Primero una carta, luego un cuento y también una historia corta sobre dos amantes que se despiden. No era posible y al mismo tiempo lo estaba leyendo. Como arte de magia su mente se despejó. La bandera blanca se ondeó. La guerra interna había terminado por el momento. No le puedes pedir al agua que no moje pero puedes conseguir que un ansioso no sobrepiense. 

martes, 29 de agosto de 2023

Sola mente

         No estás loco. Me repito una y otras vez esas palabras, como un conjuro o como intentando evitar una maldición. No estás loco. Me lo repito tantas veces que soy capaz de visualizar cada una de las letras en mi cabeza como esculpidas en piedra. No estás loco. Me aferro a cada palabra a las palabras y siento que son un muro contra mi propia oscuridad. No estás loco. Me centro en ellas buscando que me vuelvan a transmitir la tranquilidad de lo conocido. No estás loco. Siento sonrisas burlonas rodeando mi frase amuleto. No estás loco. Aunque me tape las orejas todavía las siento como si fuese ropa mojada. No estás loco. Intento buscar fuerza en esas poderosas palabras en mi cabeza y están agrietadas. No estás loco. Ya solo puedo escuchar risas a mi costa, soy un fraude. No estás loco. Empiezo a caer mientras las letras poco a poco se desmoronan. No estás loco. Mis ojos inundados ya no me permiten ver. No estás loco. ¿Seguro? No estás loco. ¿De verdad? No estás loco. ¿Te lo crees? No estás loco. ¿En serio? No estás... Lo siento mucho. No, no, no... Tenemos que hablar. ¿Estoy loco? Necesitas perdonarte no una "frase amuleto". Estoy loco. Cometiste errores, es cierto pero si quieres avanzar necesitas perdonar, perdonarte. Loco. Toda esa rabia, ese remordimiento solo te van a asfixiar. No quiero estar loco. Equivocarse es común, intenta ser compasivo, intenta buscar una manera de enmendarlo. Yo... ¿Loco? Te has caído, ya te has castigado, ¿de qué te ha servido? Yo estoy loco. Levántate. No quiero estar loco. Esa oscuridad solo existe en tu cabeza. No quiero estar loco. Esas miradas y esas burlas son solo tus miedos, échalos. No quiero estar loco. Háblate con la compasión con la que le hablarías a tus seres queridos. No quiero estar loco. Todos podemos cometer errores, no necesitas ser perfecto. No quiero estar loco. Ten paciencia contigo mismo, habría días malos. No quiero estar loco. Persevera, aunque no lo creas lo estás haciendo bien. No quiero. Lo estás haciendo bien. Loco. No es cierto. No estás loco. Recuerda que el camino es largo. No estoy loco. Perdonar no es olvidar y castigarse no significar solucionar. No estoy loco. La amabilidad es el mayor signo de fortaleza, sé amable contigo y con los que te rodean. No estoy loco. Recuerda que lo estás haciendo bien. No estoy loco. No te rindas. No.