martes, 5 de marzo de 2024

Espíritu Santo

                 Con tan solo doce años Tomás Pérez descubrió que no era el más listo en su entorno pero que con fuerza se podía llegar a sitios donde no se podía con inteligencia. Con quince cansado de los problemas con las drogas y la ira de su padre y sobre todo, de que las pagara con su madre; Tom o Nudillos como ya lo empezaban a conocer en su barrio pisó un correccional aunque se considerara el homicidio en defensa propia. Con veintiocho echó de su ciudad a cualquier otra banda que trabajara y tomó el control de los asuntos nocturnos de la misma. Y ahora con casi cuarenta desayuna con policías, come con algún juez y varias noches a la semana su compañero de cena es el alcalde. Tom el Nudillos se había labrado un nombre con fuerza, constancia y un sentido del honor atípico de un hombre que se dedica a lo suyo. Corpulento desde su infancia, su sola presencia intimidaba tanto a aliados como enemigos. Tom no era un gángster al uso y quizás ese era el motivo por el que llevaba tantos años en el negocio sin que la ley llamase a su puerta. 

La noche se está poniendo rara, pensó para sus adentros Tom mientras miraba desde el fondo de la barra a la chica nueva. Tom tenía varios locales repartidos por toda la ciudad pero le encantaba pasar tiempo en el primero que abrió. "La chicha nueva" era María, una chica que lleva poco más de un mes y que está buscando a su padre. Nudillos lo conoció, era cliente habitual de uno de sus locales y han compartido barra y conversaciones en más de una ocasión. Esta noche se lo comentaría porque llegó a considerar a Nacho un "colega" en una ciudad donde solo tiene personas que le temen. 

Tras su conversación con la hija de Ignacio Lacasta, Tom recibió a uno de sus hombres que le volvía a traer informes de que algo estaba asustando a la gente en las calles. Casos de personas desaparecidas y gente que dice haber visto grupos de gente rezando en mitad de la noche. El Nudillos pensó en Ignacio, una de las primeras personas que desapareció y pensó en unirse a sus hombres esa noche para ver si encontraba respuestas a los misterios que se estaban produciendo en la oscuridad de su ciudad. Pilló un par de puños americanos y una navaja mariposa por si la cosa se ponía fea y caminó al callejón donde le notificaron que había visto a las personas formando un culto religioso. Al llegar al lugar no encontró a nadie pero había extraños símbolos dibujados por las paredes y al fondo del callejón un montón de telas y cartones que parecían ocultar algo. Se acercó algo nervioso manejando en su mano derecha uno de puños americanos y empezó a apartar de golpe toda la basura. Debajo se encontró un túnel por el que es adentró a pesar de estar solo. Caminó un buen rato a ciegas por el túnel. Un ruido desde atrás. Dolor en la cabeza y todo se vuelve más oscuro.

Tom el Nudillos se despertó con un dolor de cabeza enorme. Todavía seguía en el túnel y no sabía cuanto tiempo ha pasado. Se llevó la mano a la cabeza y se encontró un poco de sangre reseca. Ha debido de estar inconsciente casi un día entero. Por suerte no le quitaron los puños americanos y la navaja. Siguió avanzando más cauteloso, con hambre y furioso. Alguien iba a recibir dolor. Al poco de avanzar se topó con una luz tenue. Ralentizó sus pasos intentando ser lo más sigiloso posible. Llegó al punto de luz y es un mueble que obstruye la entrada a algún edificio. Se colocó ambos puños americanos por si acaso se volvía a encontrar con el cerdo que lo había noqueado. Empujó el mueble que resultó ser una estantería con productos de cocina y libros de cocina. Echó un ojo y no había nadie en esa habitación. No tenía claro donde estaba pero todavía seguía bajo el nivel del suelo de la ciudad. La estampa era casi cómica, un hombre grande como un armario de casi dos metros y robusto intentando adentrarse con sigilo. Al abrir la puerta tampoco había nadie. Había unas escaleras que subían, avanzó preparándose para cualquier cosa. Pensó en sus hombres durante un instante, deseó que no les hubiera pasado nada. Abrió la puerta y estaba en una iglesia. Estaba María siendo protegida por el Padre Mateo de cuatro figuras un tanto siniestras que avanzaban hacia ellos. No los reconocía pero entendió toda la escena al instante. La puerta de la entrada a la iglesia estaba bloqueada, no podía escapar de los perseguidores. En tres pasos que parecían de gigante alcanzó al más rezagado de los atacantes. Lo giró con sus enormes y peligrosas manos. Vio el horror de alguien que se había desfigurado a si mismo. La cara como si le hubieran arrancado girones de piel y en donde deberían estar los ojos dos manchas rojas. Sonreía como si supiera una broma que Tom no entendía. Echó sus manos al cuello del gánster y este respondió con un golpe certero en la mandíbula que derribó a la desfigurada figura al tiempo que varios de sus dientes también se precipitaban en el suelo. María y el Padre Mateo se percataron de su presencia y le gritaron auxilio. El Nudillos aplicó la misma receta a los otros tres atacantes. Tras noquearlos se guardó los puños y se acercó a la extraña pareja que conformaba su empleada y el cura.


-Jefe, ¿qué haces aquí?

-¿No te lo han dicho? En esta ciudad estoy en todos lados, soy como el Espíritu Santo.

martes, 20 de febrero de 2024

Hija

                 No hay nada más espeso que la sangre. Así terminaba la última carta del padre de María. Habían pasado tres meses de esa carta. Tres meses en los que María había dejado atrás su vida para emprender la búsqueda de su padre en otra ciudad. Cada semana le llegaba al menos una carta y cuando pasaron dos semanas sin recibir una no dudó ni un instante en seguir los pasos de su padre en su búsqueda. Ser hija de Ignacio Lacasta tiene como "premio" un espíritu aventurero innato. Durante años, María siguió los pasos de su padre por medio mundo, pero dos años atrás y tras cumplir los treinta decidió volver a la casa de su infancia a decidir cuál sería su camino. En ese tiempo la comunicación epistolar con su padre fue su mejor compañía. Cada día le escribía una o dos páginas esperando que le llegase una carta de su padre con una dirección para poder enviarle su misiva con la respuesta. Su padre estaba siguiendo unos textos antiguos sobre una orden religiosa seguidora de un dios pagano y ligada a ciertos enclaves en territorios europeos con ciertas conductas cercanas a ser una secta. Durante su investigación las cartas de su padre se habían vuelto cada vez más caóticas y pesimistas. Y en las cinco últimas se podía apreciar una cierta paranoia alrededor de la idea de que le estaban siguiendo. Le había indicado la forma de encontrarlo. Lo podría buscar en la ciudad donde le enviara la última carta, cada noche va a la biblioteca a leer una hora antes de que cierre y guarda al lado de la biblia su libreta personal de anotaciones. Con esos dos datos un mes después de las últimas noticias de su padre estaba llegando a la ciudad desde la que le escribió por última vez. A los pocos días encontró un trabajo en un bar como camarera y una semana más tarde comenzó su búsqueda ya instalada en su nueva ciudad.

Cuando sonó el despertador quiso aplazarlo pero se tuvo que recordar lo que estaba en juego. Había estado doblando turnos en el bar para poder enganchar varios días libres y todo el cansancio se acumulaba como una picazón detrás de los ojos. Se pegó una ducha rápida y salió camino de la iglesia del Padre Mateo. Tras explorar durante las primeras semanas tanto por la mañana como por la tarde las bibliotecas de la ciudad María no había encontrado ni una sola pista de su padre. Aprovechó las enseñanzas de su padre sobre conseguir información para a través de los clientes del bar ver si alguien podría reconocer a su padre. Varios días de trabajo de investigación sonsacando información dieron sus frutos de la manera menos esperada. Su jefe había visto a su padre en las fechas que ella lo sitúa en la ciudad, había sido cliente de uno de sus locales y además le informó que la ciudad tiene una biblioteca extra situada en la iglesia. María agradeció casi en lágrimas toda esa información que daba un punto nuevo de esperanza a su búsqueda. Su jefe tenía cierta "fama" en la ciudad, pero para ella solo había sido una bendición. 

La iglesia todavía no había abierto y pudo ver como un grupo bastante numeroso de personas se despedía del párroco muy agradecida y tras lo cual al religioso se le cambiaba el semblante y se metía veloz dentro. María decidió entrar y al ver la señal que indicaba la biblioteca bajó directa a ver si podía encontrar una pista o reunirse con su padre mientras iba a recoger su libreta personal de anotaciones. Buscar una biblia en la biblioteca de una iglesia le pareció lo contrario a buscar una aguja en un pajar. Esta idea le sacó la primera sonrisa en mucho tiempo. La esperanza de que pudiera encontrar a su padre le había mejorado un poco el humor. Estantería por estantería fue buscando por temática hasta dar con la de textos religiosos. La biblia, la biblia... ¡Eureka! La sacó de donde estaba colocada y se cayó con ella un cuaderno un tanto gastado al suelo. María se quedó congelada. Por la forma en la que estaba colocada a presión al lado de la biblia solo podía ser el cuaderno de su padre. Lo recogió, se sentó en la mesa más cercana para verlo con calma y al abrirlo en la primera página pudo encontrar una frase que indicaba que "Este cuaderno pertenece a Ignacio Lacasta". En ese momento empezó a temblar de felicidad. Al fin una prueba física de que su padre estaba ahí. Se llevó las manos a la cara para que aunque estuviera sola nadie la pudiera ver llorar. Sin poder recomponerse sintió una mano en su hombro bastante firme y antes de que pudiese girarse la interrumpieron.


-¿Te puedo ayudar hija mía?

-Dis, disculpe... ¿Es usted el Padre Mateo? Perdone, no es nada. Es solo que...

-No se preocupe, sí soy el Padre Mateo, aunque usted puede llamarme Mateo a secas. Esta es la casa del Señor y aquí esas emociones que sienten no son mal vistas pero también es deber de un Padre reconfortar a sus hijos, ¿no cree? -El Padre Mateo le ofrece un pañuelo de tela.

-Sí, sí. Muchas gracias padre, es usted muy amable. Es que esta lectura me hace muy feliz.

-La entiendo, muchas hora he pasado aquí viajando con todas las obras que nos han proporcionado todos estos grandes autores. Pero si me permite una aclaración, no hace falta que me trate de usted. Solo soy un simple servidor, no necesito tales tratos. Si no necesita nada más voy a retirarme con una lectura también. Por lo que respecta al pañuelo, puede quedárselo, es una pertenencia de otra vida que ya era hora que encontrase otro dueño.


María miró al trozo de tela y pudo ver un bordado rojo burdeos con las iniciales M. L. en una tipografía bastante elegante. Se lo guardó agradecida después de limpiarse las lágrimas comenzó la lectura del cuaderno. En ella iba relatando el viaje desde Somalia hasta la ciudad donde se encontraba siguiendo las pistas de un antiguo culto a una especie entidad relacionada con las pesadillas y el miedo. Los primeros textos datan del siglo séptimo donde soldados del ejercito etíope del rey Askum localizaron y masacraron enclaves religiosos que rendían culto a un entidad maligna. Con la llegada de los portugueses en el siglo quince se pueden encontrar referencias tanto al culto como a este dios pagano en distintos territorios portugueses hasta llegar a zonas de la actual Extremadura y Galicia. En esta última, es donde se encontraba el investigador en las últimas fechas anotadas. Detectaba que la creencia en las "meigas" y en ciertos "seres paranormales" habrían dado lugar a que se asentaran grupos de culto a esta entidad. Argagax era conocido por propagar el terror allá donde sus fieles lo reclamaran y de destruir las mentes de sus enemigos en la noche antes de esclavizarlos en su reino de pesadilla hasta el fin de los tiempos. María tragó saliva ante la descripción de los horrores que describían los textos sobre este ser. No era creyente pero la posibilidad de que un monstruo como ese existiera la hizo estremecerse. Antes de que pudiera continuar con la lectura un par de libros cayeron de la estantería. Se levantó a colocarlos en su lugar pero varios más procedieron a precipitarse dándole uno de ellos en la frente a María. Antes de que pudiera reaccionar más y más libros saltaban de las estanterías como endemoniados.


-¡Debe de ser un terremoto! -Sintió otra vez la misma mano pero esta vez como la sujetaba de su mano.- Subamos para que no se nos caiga la iglesia encima.


María se resistió un segundo al poderoso tirón del Padre Mateo para poder alcanzar el cuaderno de su padre. Ni que se la tragase la tierra misma impediría que se fuera con la único que tenía para encontrar a su padre. Subieron intentando a hablarse a gritos pero el ruido de los libros cayendo era ensordecedor y apenas se podían escuchar. Al llegar a la planta principal la iglesia estaba impoluta, parecía imposible que estuviera así después de la sacudida que había recibido la planta inferior. Al ver por las ventanas se dieron cuenta que ya había pasado el atardecer. Ambos se habían perdido en la lectura casi diez horas en la biblioteca. Había cuatro personas sentadas en los bancos de la iglesia y el padre se acercó mientras les preguntaba si habían notado la sacudida. Pero no contestaban. Ya a la altura de ellos, el padre con toda su envergadura empezó a temblar y a retroceder lentamente. María no entendía nada. Cuando esas cuatro personas se giraron tenían toda la cara llena de arañazos que les habían dejado surcos en la piel y en el lugar donde deberían estar los ojos solo había un pozo rojo. El padre se puso en medio de María y estas personas que se levantaron y avanzaban con una sonrisa malvada a ellos dos. Juntó las manos para rezar escondida detrás del cura. Pensó que era el fin.

Padre

             La hora de echar la llave y por fin descansar pensó el párroco. Había ampliado un poco el horario de recibimiento de gente en la iglesia en las últimas semanas debido a los incidentes que preocupaban a parte de su congregación y notaba que acostarse cada día más tarde le estaba drenando sus energías no así el ánimo. Sonrió al pensar en toda la gente que estaba ayudando y se dijo a si mismo que para eso existía la institución de la iglesia. Ahora mismo era conocido como el Padre Mateo, pero no habían pasado ni diez años desde que era Martín Lazarescu, el hijo del medio de una famosa familia poderosa del país. Durante años Martín fue la oveja negra entre sus hermanos. La mayor tras estudiar derecho se convirtió en la mano derecha de su padre a la hora de gestionar toda la parte industrial de los negocios familiares y el pequeño finalizó sus estudios en administración de empresas y dedicó parte del capital familiar en crear una flota marítima para cruceros turísticos. Martín sin embargo no tenía esa faceta casi innata de los Lazarescu para los negocios y decidió estudiar filosofía. El padre ofendido por las inclinaciones tan poco rentables de  su hijo decidió mover fichas e influencias y destinó a su hijo al principio de la senda religiosa. Con 25 años Martín ya era el Padre Mateo y había sido asignado a dirigir una congregación pequeña pero bastante fiel. El Padre Mateo fue reconocido por sus superiores por su capacidad de reflexión y su incansable amabilidad que contrastaba con un cuerpo de coloso. El párroco con su metro noventa aparentaba ser un gigante con sotana pero como bien dicen, las apariencias engañan y ese cuerpo más adecuado para la lucha escondía una mente brillante y un corazón que no parecía caber incluso en tan gran pecho.

Tras cerrar la puerta a cal y canto exploró con la mirada la planta principal. Los bancos de la iglesia, el altar desde donde predicaba y todas las figuras religiosas que decoraban el templo. Sabía que antes de ir a dormir tocaba revisar los sótanos. El primero nada más entrar a mano derecha encuentras las escaleras que bajan a la biblioteca, lugar de conocimiento y ocio. Cincuenta años en el pasado está registrado que fue la última vez que se usó como centro escolar para los niños de la zona que no podían permitirse el acceso a una escuela y habría que remontarse a casi cien años antes para la última vez que se empleó como centro de estudios superiores. Le encantaba pasar varias horas en sus días más ociosos en la biblioteca explorando sus conocimientos, revisando las obras literarias clásicas o charlando con algún estudioso que alguna vez elegía de entre todas las bibliotecas de la ciudad la de la iglesia para trabajar. Comprobó que todo estaba tranquilo en la biblioteca, no era la primera vez que alguno de sus invitados nocturnos se quedaba hasta tarde y se le pasaba la hora de salida. Hoy no era el caso. Y ya solo le quedaba al final de la plata principal las escaleras que llevaban al sótano residencial. Una habitación enorme que en el pasado fue un comedor para todos los religiosos que vivían allí y seis habitaciones sencillas con baño dispuestas a lo largo de un pasillo. Sabía que salvo su habitación tanto comedor como las otras habitaciones estarían ocupadas. Sus invitados los llamaba aunque en realidad fueran refugiados.

Todo empezó unas tres semanas antes cuando un grupo de personas que vivían en las calles apareció tras la última homilía a pedir permiso para pasar la noche en la iglesia. Que tenían miedo. Que algunas personas habían desaparecido las últimas noches y que algo raro pasaba en la oscuridad de la ciudad. El Padre Mateo sintió que era parte de su responsabilidad proteger a su rebaño y los acogió amablemente. Eran tres personas que temblaban entre aterrorizadas y agradecidas cuando el religioso les preparó tres catres y les dio sopa caliente para cenar. Al día siguiente volvieron acompañados de una madre y su hijo que también se había quedado sin hogar. Cada noche volvían con unas pocas personas más hasta tener casi la treintena que tenía acampadas en el sótano. Cada uno llegaba con más datos de una historia que se tenía que completar como un rompecabezas. Personas desaparecidas en los últimos días, risas que daban escalofríos en mitad de la noche, un nombre en un idioma que el padre no llegaba a reconocer y unas pesadillas que habían llegado incluso a alcanzar al Padre Mateo. Pesadillas de una oscuridad absoluta y de sentir una mirada que te helaba la espalda. Aun con su faceta de religioso, el padre era escéptico con estas cuestiones casi esotéricas. ¿Una pesadilla colectiva? Seguramente todas estas historias que se contaban durante la cena habían creado un pánico colectivo.

Subió las escaleras desde la biblioteca y escuchó unos golpes en la puerta que había cerrado hace un rato. No creo que quede mucho espacio para más personas pensó mientras caminaba hacia la puerta. Al abrirla se encontró solo ante la oscuridad de la noche. Una broma se dijo para si mismo, con el miedo que tiene esta gente y una broma. Volvió a cerrar con llave y se dirigió a la zona residencial cuando volvieron a sonar unos golpes en la puerta todavía más fuertes. El Padre Mateo suspiró, no eran horas para este tipo de juegos y no le quedaban muchas energías después de ayudar a hospedarse a una treintena de personas. Ignoró al bromista cuando volvió a sonar de una manera frenética como alguien que necesita que le abran. Se giró y fue lo más rápido que pudo al abrir la puerta para poder pillar al bromista. Al abrirla no se encontró a nadie, miró alrededor y nada. 


-¿Hay alguien ahí? Si es una broma no tiene gracia, ya llevo más de un año aquí para recibir novatadas y la gente que aquí se encuentra necesita descanso y paz. Si vuelves a importunar tendré que llamar a la poli...


El Padre Mateo no pudo terminar su reprimenda porque al fondo asomando entre la oscuridad aparecieron dos ojos. Rojos inyectados en sangre como los de un animal salvaje pero demasiado grandes para ser los de un perro. El religioso se quedó como hipnotizado por el terror que le producía el cruce de miradas hasta que recobrando el sentido empezó a cerrar lentamente la puerta cuando el sonido de risas inundó el ambiente. Unas risas que asustaron más al padre que intentó buscar hasta encima suya a quien las producía. En un instante todas esas historias que durante las últimas semanas escuchaba entre sus asustados acompañantes de cena cobraron significado y un nombre que había borrado de su mente apareció en la punta de su lengua Argagax. El solo pensar en esa palabra una consecución de horrores como fotogramas de una película se aparecieron en su mente. Cerró la puerta horrorizado y cayó de rodillas empapado de sudor. Tardó un rato en recobrar fuerzas en sus temblorosas piernas hasta que pudo llegar a desearles buenas noches a sus invitados intentando esconder su propio terror. "Martín sé fuerte, tienes que ser fuerte por ellos" se repetía para sus adentros mientras mostraba su mejor cara a las personas que intentaban descansar en el refugio que se había convertido su iglesia. Llegó a su cuarto y derrotado se arrodilló frente a su cama a rezar. No por su alma, sino por la protección de las personas que tenía a su cargo. No podía dejar de sentir esa mirada en su nuca. Burlona. Cuando se metió en cama lo invadieron las pesadillas. Y no podía parar de recordar lo sucedido con esos ojos rojos, el terror que sintió. Al final el cansancio venció al miedo y se durmió.

A la mañana siguiente cada una de las personas que habían pasado la noche se despidió del Padre Mateo muy agradecido, él invitaba a cada uno de ellos a volver esa noche si así lo necesitaban. Hoy no tenía que dar ninguna misa por lo tanto era uno de esos días ociosos que agradeció poder dedicar a sus cosas, quizás un poco de lectura le distrajera. Tras adecentar los cuartos de las personas que acababan de marchas puso rumbo a la biblioteca. Buscaba alguna historia que le mantuviera sumergido en la narración y no en sus oscuros pensamientos. Al abrir la puerta pudo ver a una joven sentada con un libro delante que se sujetaba la cara con ambas manos y parecía estar llorando. Ni Martín Lazarescu ni el Padre Mateo pasarían por alto tal situación y se acercó a ella y apoyando una de sus manos en el hombro le preguntó.


-¿Te puedo ayudar hija mía?

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Mi héroe

             Dave Grohl canta como ve avanzar a su héroe y el mío se fue para no volver. Yo era una roca y su luz me convirtió en una estrella que diría Eddie Vedder. Y es gracioso que lo recuerde con dos canciones porque a mi héroe no lo podría asociar a ninguna canción salvo las que alguna vez cantaba rodeado de los suyos que claramente se había inventado sobre la marcha. Mi héroe no montaba a caballo, iba en un FIAT Punto con casi tantos años como remiendos caseros. Un coche donde muchos años de mi infancia ilegalmente viajé como copiloto y donde tenía que esconderme al aviso de que venía la policía. Mitad realidad y mitad juego, en ese mismo asiento me relató las mayores aventuras surgidas del imaginario de mi héroe. Todavía pienso que no son historias y que son recuerdos de su vida antes de que yo naciera. Mi héroe no usaba ni armadura ni capa pero su piel resistía las inclemencias climáticas. Ni el calor abrasador, el frío extremo ni tampoco la mayor de las lluvias impedía que mi héroe acabase cada día en el mar. Nadaba, buceaba y disfrutaba del océano como si fuera su hábitat natural. Mi héroe era más atlante que humano. Queriendo parecerme más a él, lo acompañé en alguna ocasión y acabé con un frío que todavía persiste en mis huesos. Mi héroe no tenía espada pero blandía amabilidad. Una amabilidad que derrumbaba cualquier barrera. Una amabilidad que vencía cualquier hostilidad. Quizás su mayor legado. Quizás el motivo por el que recuerdo a mi héroe. La persona que mejor asaba sardinas que he conocido en mi vida, la persona que más me alentó en la vida, la persona cuyas manos solo transmitían afecto. Capaz de saberse todos los nudos marineros que existen e incapaz de decir una mala palabra. Se fue dejando al mundo huérfano de una persona extraordinaria. Se fue enseñándome que somos mejores cuando somos amables. Se fue regalándome su vida como ejemplo a seguir. Se fue dejándome mi nombre como el primer regalo que recibí. Se fue. Pienso en mi héroe cada día. Sé que si lo olvido una parte buena de mi se perderá. Que aunque en el recuerdo mi héroe sigue salvando el día. Que todas sus hazañas no se terminaron, continúan en mi vida.

domingo, 10 de diciembre de 2023

Sobre nosotros

             Una vez al mes me enfrento al abismo de querer escribirte. Suele ser un sábado y suele ser ya bien adentrado en la madrugada. No es nostalgia ni un corazón roto que nunca se repuso lo que hace aparecer letras en la nube de recuerdos que sigue a tu nombre. Me apetece volver a usar el nombre que te pusimos y que solo tú y yo sabíamos. Quiero saber en que punto se encuentra tu vida. Si todavía te reirías con las mismas bromas. Si eres feliz. Pienso mucho en lo mal que se me dan las despedidas, en como las odio y en como estuve dos meses enteros únicamente pensando en la nuestra. En todo lo que hice mal y en todo lo que pude haber hecho bien. Todavía me siguen doliendo tus lágrimas de la última vez que nos vimos. Como una última imagen puede derribar todos los recuerdos como una bola de demolición y fijarse en la mente como si fuera una foto de perfil. Me gustaría hablarte sobre los buenos momentos, los que vivimos en compañía y en nuestra intimidad. No con la intención de un reencuentro, sino para celebrar lo felices que fuimos. Que aunque lo bueno esté por llegar como siempre decías no debemos dejar de sonreír al recordar lo que vivimos. Te confesaría que antes de acabar el año me pongo nuestra canción como aliento a lo que está por venir. Porque en mi fiesta tu silla está muy vacía pero el resto están muy llenas. Que los que decías que se iban a quedar se quedaron y el resto la verdad es que ya no importan. Que aprendí tanto de ti que sigues siendo un libro de consulta en muchos aspectos de mi vida. Que estoy agradecido porque llegaras, porque te quedaras y porque llegado el momento nos fuéramos. Quiero escribirte como el que escribe a un viejo amigo. Decirte que por aquí todo bien. Ha sido una larga travesía pero creo que empiezo a ver la Tierra Prometida. Que muchos de mis mejores deseos están contigo. Que soy tu amigo. Y una vez al mes me recuerdo que sin decirte nada estoy contigo. Que a veces el silencio tiene más amor que mil palabras. Y que no se pierde lo que siempre está contigo.

miércoles, 29 de noviembre de 2023

Enemigo del silencio

             Estaba preparando la cena, huevos revueltos con bacon; cuando sentí el ruido de las llaves en la puerta. En el intervalo que tardé en remover la cena dos veces se abrió y cerró la puerta. Sin girarme escuché como caminaba hasta llegar al cuarto. Supuse que se pondría ropa más cómoda tras un largo día de trabajo. La cena estaba casi lista. Y me miraba apoyada en el marco de la puerta de la cocina. Emplaté la cena y ya había colocado los cubiertos para no perder ni un solo segundo. Se sentó delante mía pero apenas dirigió la mirada a otro lugar que no fuese el plato mientras comía. No estaba seguro de si lo estaba disfrutando y yo no quise interrumpirla preguntándole sobre su día. Cuando terminamos recogió todo y lo llevó al fregadero donde se dispuso a limpiarlo. Era "nuestro acuerdo", si uno cocinaba el otro fregaba. Salí por la puerta echando una última mirada esperando que me la devolviera. No ocurrió. Me sentía tan cobarde por no decir nada. Nuestro hogar había perdido la música humana como si estuviera insonorizado. Había días donde no nos decíamos nada. ¿Era la rutina? ¿Se nos acabó el amor que un tiempo parecía eterno? No tenía respuesta para ninguna de las dos. Me cambié y me metí en la cama a leer. Escuché que se encendía la ducha. Tras unos veinte minutos entró en la habitación y se tumbó a mi lado. Se giró dándome la espalda como queriendo dormir. Apagué la luz e intenté conciliar el sueño.

Llevaba algo más de una hora comiendo techo cuando decidí levantarme y salir de la habitación. Me ardía el pecho y sentía que necesitaba salir. Me calcé y me puse una chaqueta por encima del pijama. Salí a la calle y caminé. En silencio. Como si yo fuese una biblioteca con patas y el silencio me acompañara allá donde fuera. Llevaba un buen rato cuando vi un banco y decidí sentarme. No entendía lo que estaba pasando entre ella y yo. No entendía en que momento había dejado de usar el nosotros para decir ella y yo. Me daba miedo decir lo que pensaba. Me daba miedo preguntarle si tenía solución. Si iba poder volver a escuchar su risa. Si nos quedaríamos debatiendo la película que acabábamos de ver hasta altas horas de la noche de nuevo. Si el sonido volvería a nuestras vidas. Miré el reloj del móvil y agradecí no tener que trabajar al día siguiente. Seguí caminando hasta que amaneció y entré en un local donde tenía autoservicio de café. Pillé uno y me senté a beberlo durante horas. Mi cabeza no paraba de desplazarse adelante y atrás en el tiempo intentando arreglar lo que había ocurrido o lo que venía por delante. Eso no es vida pensé.

Era casi medio día cuando decidí volver al piso. Ya subiendo en el ascensor me sentía inquieto. Y permanecí en silencio delante de la puerta al menos cinco minutos. Incapaz de entrar. Como un gladiador romano temeroso de salir y enfrentarse a los leones. Cuando entré el silencio era todavía más sepulcral que cuando me fui. Caminé por la casa y ni rastro de ella. Me senté un rato en la cocina como esperando a que apareciese. No ocurrió. Fui a cambiarme a la habitación para empezar a cocinar la comida. Me quité la parte de arriba del pijama cuando vi algo sobre el colchón. Era un folio doblado. Estalló en mi mente un pensamiento de una época donde nos dejábamos notitas constantemente y por un instante me calmé. Algo bueno por fin se dibujó en mis pensamientos. Abrí la nota y leí "Me voy, el miércoles me pasaré a recoger lo que me falta mientras trabajes. No me llames". Me congelé. No podía pensar. No podía respirar. No podía ni siquiera llorar. Podría haber dicho algo pero todo se había roto en silencio.

martes, 31 de octubre de 2023

Terror

         ¿Cuál es tu mayor miedo? ¿Estar solo? ¿Perder a un ser querido? ¿Las arañas? ¿La oscuridad? Durante años mi mayor miedo me esperaba en el colegio. Tenía nombre y apellidos, la complicidad de los profesores y la capacidad de hacer que me hubiera aprendido todos los recovecos que tenía ese centro escolar. "Nunca había hecho nada" era lo que siempre decían de él pero sus insultos, como conseguía que todo el grupo le apoyara a la hora de burlarse de mi y como era capaz de que cada palabra suya se sintiera como un empujón a un pozo que cada día se volvía más profundo. Ese día era viernes y mi consuelo era saber que faltaban unas horas para no verlo en dos días. Como cada día llegué pronto y me senté lo antes posible en un rincón esperando no ser percibido. Tuve suerte y lo logré. Durante las primeras horas no existía y era la mayor de las felicidades. Llegó el recreo y la estrategia que mejor funcionaba era salir el último porque a veces con la emoción se olvidaba de mi. Hoy volvía a ser de esos días, dos de dos. Merendé rápido y repetí la estrategia del principio de entrar pronto y sentarme en mi rincón. Ese día no parecía existir. Durante la siguiente hora lo miraba como esperando una reacción. Un insulto tal vez. Que me llegara una notita con un dibujo donde tenía cuerpo de cerdo. Que le pidiera a alguien que me insultara. No pasaba nada. Faltaba una hora para salir y vivía entre el terror de no saber que estaba pasando y el alivio de que no estuviera pasando nada. Cuando sonó el timbre de salida como cada día esperé. Cuando todos se habían marchado recogí mis cosas y salí. Caminé despacio, mirando a todos lados. Todos los días pasaba algo hoy no podía ser una excepción. Mi vista alcanzaba ya la salida. La libertad. Dos días libre.


-Te crees gran cosa, ¿eh?


Antes de que pudiera contestar un empujón me derribaba. Ahí estaba y a diferencia de otros días no sonreía. Parecía furioso. Tres personas estaban con él. Empezó a gritar algo. El miedo no me dejaba escuchar nada. Solo podía ver su furia. Creo que estaba temblando. Cuando terminó con su discurso miró a sus acompañantes y me propinó una patada en el estómago. Sentí como la merienda hacía la ruta inversa. Antes de que pudiera hacer nada las otras personas le acompañaron y empezaron a patearme. Me cubrí la cabeza. ¿Qué otra cosa podía hacer? Durante un rato que se sintió eterno desee volver a los insultos o incluso a aquel par de ocasiones donde me escupió en la cara delante de todo el mundo. Me dolían los golpes pero me estaba matando el terror de no poder hacer nada. Las patadas remitieron y él pudo darme una más como dejando claro que todavía tenía cuerda. Se marcharon y se reía. Estuve un tiempo encogido en el suelo. Nadie vino. Cuando me pude levantar comprobé que no me faltaba nada. Caminé un rato hasta que no pude más y lloré en un portal. No podía retrasarme más porque mi abuela se iba a preocupar. Caminé mientras el cuerpo me ardía de dolor. No era justo. No había hecho nada. No lo merecía. Por lo menos tenía dos días libre.