Ya era hora que alguien tan estúpido como yo se dedicara a dar consejos y sobretodo a desmitificar muchas cosas que se piensan sobre el cortejo y este extraño mundo en el que cualquier persona que haya leído este blog alguna vez ha estado metido. Es muy complicado generalizar en algo que al final acaba siendo diferente cada vez y para cada persona, pero tras haber vivido, escuchado e incluso leído a otras personas como documentación para este texto me veo capacitado para dar lo que yo creo que es una muy pequeña guía sobre las cómunes situaciones y dudas que alguien se puede encontrar desde el momento que ve a una persona y llama su atención hasta el hipotético caso de acabar siendo unos viejecitos sentados en su porche uno al lado del otro viendo el otoño de Louisiana.
-La elección: Antes de empezar a ir detrás de una persona debemos plantearnos qué es lo que queremos. Es bastante importante saber eso e intentar aferrarnos a lo que queremos lo más estrictamente posible. Para este punto son importantes varias cosas, saber que podemos dar para saber que podemos recibir. Claro que podemos ser muy exigentes y querer una persona con una personalidad deslumbrante, un físico esculpido por los dioses e incluso unos bienes materiales dignos de Carlos Slim; el desear forma parte de nosotros, pero tenemos que ser conscientes de que si exigimos mucho podemos a fracasar incluso antes de comenzar. Por otro lado el listón no debería ser tampoco bajo, un listón bajo siempre es peor que uno un poco alto. Y tras esto decir que las exigencias a pesar de ser obligatorias no deben de ser inmodificables, las personas evolucionan y con ellas sus gustos, siempre hay que estar abierto a la evolución y más cuando se habla de algo tan carente de lógica como el mundo sentimental. No dejes de ser fiel a ti mismo.
-Actitud y aptitudes: El primer encuentro se resume en estas dos palabras. Las aptitudes es el punto más complicado de manejar, ya que depende más de los gustos y exigencias de la otra persona que de uno mismo. La apariencia física, la forma de vestir, la forma de gesticular o de interactuar con la persona son las claves durante los cinco primeros minutos de conexión con la persona a la que quieras acercarte y podrías estar en tu esplendor físico y con tus mejores galas y fracasar, en este caso yo creo que deberíamos mantener una estabilidad. Intentar mostrarnos siempre con la misma intensidad, creciendo y disminuyendo en ocasiones mas bien contadas. Con relación a la actitud, ahí está un punto muy importante donde entra en juego nuestro estado de ánimo y nuestra capacidad de ser receptivos a lo que pueda venir en todo momento. A todo el mundo le va a llegar ese momento, pero si no estás predispuesto a que empiece está claro que lo único que tendrás es una bola de lamentaciones que aumentará sus dimensiones y sus efectos negativos con el tiempo. Hay que ser receptivos, nuestros gustos evolucionan y un "no" hoy no tiene que ser un "vaya cagada más grande" mañana. Cinco minutos suelen bastar para crear una impresión bastante clara de que va a suceder en un periodo corto de tiempo con esa persona, pero creo que la gran mayoría de las personas se merecen más de cinco minutos.
-El día a día: Después de conocer o de haber empezado a flirtear con la otra persona es importante ser uno mismo a no ser que quieras actuar o ser otra persona lo que podría llegar a ser el resto de tu vida. Si le gusta lo que hay será una buena noticia, por el contrario si en el proceso de conocer a la persona encontraís diferencias irreconciliables lo mejor es que los caminos se dividan, una retirada a tiempo permitirá quedarse con lo bueno cuando el tiempo haya pasado. Con el día a día vendrán las diferencias, las que se pueden definir como nimieces, las tolerables, las molestas y las imposibles de soportar; ahí entra nuestro amor propio en juego para ver si seguimos dándole la espalda a una espada que se sigue afilando cerca de nuestra espalda o somos capaces de frenar un problema que con el tiempo no se desvanece. Y un flirteo o una relación no deja de ser una senda que nosotros mismos podemos manejar lo complicada que se puede poner.
-El "te quiero": Se ha repetido hasta la saciedad de que son las dos palabras más prostituidas de la historia y realmente se quedan corto. Llegar a ese momento tiene que ser algo natural, espontaneo, que no se busca y que la fuerza del momento nos invite a definir lo indefinible con el peor sistema que hay, las palabras. Uno de los mayores errores que se puede cometer es precipitarse al decir "te quiero", desde el primero hasta el último, incluso hasta el último "te odio" debería salir desde lo más profundo de la incoherencia, debería ser la sangre que brota de la herida de los sentimientos y ya sea por querer conseguir beneficios con esa persona o por un acto social de quedar bien nos apresuramos a describir algo que todavía no sabemos ni que es. El día que lo sepamos y las palabras broten llegará no hagamos un invernadero de sentimientos. Y lo más importante, nunca es tarde para un "te quiero".
-Vivir: Y al final esto es lo más importante. Si la relación va bien, disfrútala y si va mal o no tienes ninguna, vive. Vive tu vida, no te lamentes de tus errores y no te alimentes de los fracasos ajenos, sé feliz por lo que eres. Ese es el camino más díficil que se puede emprender, el de llegar a decirse "me quiero".
Ahora es cuando vienen las críticas de todo tipo, pero esto no pretende enseñar a nadie. Con esto muestro mi experiencia ( cosa que creo que es la cosa más negativa en este tipo de situaciones ) y lo que he observado durante mi corta vida. Pretende entretener y sacar alguna sonrisa si acaso e intentar que los cinco minutos que has perdido hayan servido de algo.
lunes, 26 de noviembre de 2012
lunes, 29 de octubre de 2012
Las horas muertas
Me acuerdo durante horas mirar al reloj de mi cuarto, al lado de la puerta. No tenía nada especial, era un reloj con forma de timón y al lado de cada hora había un signo zodiacal. Desde que tengo uso de memoria siempre faltó uno, sagitario no era de eso estaba seguro pero cada vez que hacía la lista mental de todos los que estaban representados, al final me autoconvencía de que era virgo porque no entendía como se podría representar ese signo. Si todavía tuviera ese reloj tendría que añadir ofiuco a la lista de signos zodiacales que no aparecen o han desaparecido del reloj. Yo he sido uno de los damnificados en ese cambio estelar, sigo diciendo que soy sagitario, en mi fuero interno mantengo con llave esa mentira mientras me miro en el espejo avergonzado, soy ofiuco. Quizás eso me llevaría a unas nuevas personas con las que astralmente estaría conectado y que en la vida real no soportaría. Da igual. La cosa es que estaba pensando en aquel reloj, un timón y signos zodiacales formando un reloj. Como siempre, quise buscarle el significado a todo, para mi este reloj representaba el hecho de que no podemos dejarnos guiar por lo que llamamos destino. Me felicitaba a mi mismo por mi gran interpretación de un objeto, pero aquel reloj tenía algo más. La aguja que marcaba los segundos mantenía una verticalidad casi perfecta, como deseando no alejarse del seis y solamente era interrumpida esa unión durante un segundo, segundo durante el cual se separaba para marcar el paso del tiempo y al segundo siguiente volvía a su caída absoluta. Y aproveché mi momento filósofo para añadir a mi anterior enunciado, no nos podemos guiar por el destino, en cualquier momento estaremos muertos.
Tuve que dejar de mirar los gráficos de la pantalla, buscar en mi cajón la medicación y acercarme a la máquina para comprar una botella de agua. El dolor de cabeza era intenso. Me quedaban varias horas en el trabajo, ese trabajo que me había conseguido un amigo y en el que me sentía preso cinco días a la semana. No era complicado y no estaba mal pagado, pero dentro de esa oficina mis pensamientos agonizaban mientras una masa abrumadora de números que dentro de un mes no importarían a nadie borraban la poca cordura que puede tener una persona obligada a convertirse en parte de un grupo social. Ya casi era un hombre de provecho. La individualidad casi se había esfumado y en su lugar quedaban un alquiler de un piso, un poco de comida en la nevera y demasiadas facturas. Más números y esas horas que se congelan.
Estaba fuera del infierno cubicular y mi abnegado amigo me ofrecía tomar una copa. Una copa, dos copas o treinta copas necesitaría, pero ahora no, ahora tenía que hacer otra cosa. La carta, la carta lleva dos semanas desplazándose del bolsillo de mi cazadora a mi mesilla de noche con la promesa de ser entregada, hoy tiene que ser el día del envío, hoy seré capaz de atreverme y que el alcohol solucione el resto. Las dudas, los miedos, la nostalgia de no dormir con la carta a mi lado. Ya no es mía, es de ella. Hoy la entrego. Dejo las cosas del trabajo en casa y me visto con ropa más cómoda, bajo con la carta entre mis dedos y sabiendo que el golpeteo del reloj de mi cabeza machacará cada instante muerto recordándome que puede ser el momento en el que llegue a sus manos. Veo el buzón, un tipo se me acerca y me pide la cartera. Tengo prisa, no me puedo parar. Meto la mano en mi cazadora para sacar la carta, él una navaja y me le clava dos, tres veces. Me siento muy pesado, noto sus manos buscando por todo mi cuerpo. La carta se está manchando, intento mirar la hora, ya no tengo reloj, voy a echar de menos los números, voy a echar de menos el valor de no haber enviado la carta, extrañaré esas copas que me había ganado.
Tuve que dejar de mirar los gráficos de la pantalla, buscar en mi cajón la medicación y acercarme a la máquina para comprar una botella de agua. El dolor de cabeza era intenso. Me quedaban varias horas en el trabajo, ese trabajo que me había conseguido un amigo y en el que me sentía preso cinco días a la semana. No era complicado y no estaba mal pagado, pero dentro de esa oficina mis pensamientos agonizaban mientras una masa abrumadora de números que dentro de un mes no importarían a nadie borraban la poca cordura que puede tener una persona obligada a convertirse en parte de un grupo social. Ya casi era un hombre de provecho. La individualidad casi se había esfumado y en su lugar quedaban un alquiler de un piso, un poco de comida en la nevera y demasiadas facturas. Más números y esas horas que se congelan.
Estaba fuera del infierno cubicular y mi abnegado amigo me ofrecía tomar una copa. Una copa, dos copas o treinta copas necesitaría, pero ahora no, ahora tenía que hacer otra cosa. La carta, la carta lleva dos semanas desplazándose del bolsillo de mi cazadora a mi mesilla de noche con la promesa de ser entregada, hoy tiene que ser el día del envío, hoy seré capaz de atreverme y que el alcohol solucione el resto. Las dudas, los miedos, la nostalgia de no dormir con la carta a mi lado. Ya no es mía, es de ella. Hoy la entrego. Dejo las cosas del trabajo en casa y me visto con ropa más cómoda, bajo con la carta entre mis dedos y sabiendo que el golpeteo del reloj de mi cabeza machacará cada instante muerto recordándome que puede ser el momento en el que llegue a sus manos. Veo el buzón, un tipo se me acerca y me pide la cartera. Tengo prisa, no me puedo parar. Meto la mano en mi cazadora para sacar la carta, él una navaja y me le clava dos, tres veces. Me siento muy pesado, noto sus manos buscando por todo mi cuerpo. La carta se está manchando, intento mirar la hora, ya no tengo reloj, voy a echar de menos los números, voy a echar de menos el valor de no haber enviado la carta, extrañaré esas copas que me había ganado.
domingo, 30 de septiembre de 2012
Aquel hombre infeliz
Su felicidad se había esfumado largo tiempo atrás en forma de silencio. Habían pasado muchas noches lluviosas desde que su voz le abandonara, muchas mañanas solitarias y muchas tardes donde el Sol apretaba tan fuerte que las mismas lágrimas desaparecían antes de nacer. Esas tardes eran las más duras, el recuerdo del momento en el que la tristeza ahogó su voz golpeaba todavía más duro, notaba como su garganta se secaba y como poco a poco sudaba la poca vida que le quedaba.
Si aquella mañana iba a ser diferente, él no lo sabía. Se despertó cansado, con el dolor de espalda que día a día se extendía más; como si una nueva aguja se clavase produciendo una nueva punzada dolorosa. Delante del espejo pudo mirar unos ojos rojos y una piel que había perdido su brillo. Pudo ver como la vida se estaba callendo lenta pero concienzudamente por culpa de esa tristeza que lo enfermaba. Y si pudiera decir algo, diría que lo peor era la culpa y el no saber que podría haber sido. Pero esa mañana decidió apartar lo máximo posible aquellos pensamientos de su cabeza, el día anterior había cobrado el cheque mensual que le enviaba su familia para sobrevivir mientras no encontrara trabajo e iba a desayunar al bar de abajo. Allí era conocido y los camareros eran agradables pero no lo molestaban demasiado, lo suficiente para entender las indicaciones de la persona que consideraban muda.
Zumo de naranja y tres tostadas mientras en la radio comentaban la actualidad, aquello era todo lo que necesitaba cada mañana para sobrevivir a otro día de rechazo laboral. El dueño del bar era especialmente atento con él, si en algún momento necesitaba algo el hombre aparecía antes de que tuviese que hacer acopio de gesticulación para llamar su atención y la paciencia que tenía a la hora de descifrar sus peticiones. Aquella mañana le había dejado un cuchillo de punta redonda al lado de pequeñas dosis de mantequilla o mermelada de fresa por si se le antojaban. Disfrutaba de su tostada sin nada y tanto la mantequilla como la mermelada quedaron intactos. La mujer de la mesa de al lado le tocó el hombro.
-Disculpa, ¿me cederías tu mantequilla? A mi no me trajeron y así no molesto a ningún camarero.
Abrió la boca pero ni el aliento asomó entre sus dientes. Agachó la cabeza con un leve sonrojo y le cedió la mantequilla a la chica que con una hermosa sonrisa agradeció el complemento para el croissant que había partido a la mitad para acompañar con el café. Con un gesto tan sencillo como una sonrisa, algo se removió dentro de él.
A la mañana siguiente, con el mismo desayuno y en la misma situación pudo ver como la joven que el día anterior le había pedido la mantequilla se volvía a sentar a su lado y terminó por pedirle de nuevo la mantequilla. Le cedió el derivado lácteo con la congoja y el rubor alojado en su cuerpo y ella acabó hablándole durante un buen rato hasta que se tuvo que ir a trabajar.
Al tercer día, la mujer le pidió permiso para acompañarle en la mesa y "robarle" la mantequilla de nuevo. Las respuestas no le salían, pero supo que con las miradas se estaban contando historias que jamás serían dichas.
En el cuarto día, el hombre llegó antes de tiempo impaciente para empezar el desayuno. Zumo de naranja y tostadas, pero no estaban ni el cuchillo de punta redonda, ni la mermelada y tampoco la mantequilla. El hombre empezó a notar el nerviosismo de no tener el ingrediente que unía a aquella mujer con él. Intentaba aparentar normalidad pero por dentro volvía a aquel día donde su voz murió.
Ella entró por la puerta, le miró sonriente como la primera vez. No hubo nervios, en ese momento supo que algo había cambiado y cada paso que la acercaba a él, el pavor que sentía se difuminaba como una ligera niebla antes los primeros rayos de sol. Le trajeron su desayuno y sus miradas se cruzaron. Ella metió la mano en su bolso y le entregó varios envases de mantequilla con la mayor de sus sonrisas. Él comprendió todo y por fin dijo.
-Gracias.
Si aquella mañana iba a ser diferente, él no lo sabía. Se despertó cansado, con el dolor de espalda que día a día se extendía más; como si una nueva aguja se clavase produciendo una nueva punzada dolorosa. Delante del espejo pudo mirar unos ojos rojos y una piel que había perdido su brillo. Pudo ver como la vida se estaba callendo lenta pero concienzudamente por culpa de esa tristeza que lo enfermaba. Y si pudiera decir algo, diría que lo peor era la culpa y el no saber que podría haber sido. Pero esa mañana decidió apartar lo máximo posible aquellos pensamientos de su cabeza, el día anterior había cobrado el cheque mensual que le enviaba su familia para sobrevivir mientras no encontrara trabajo e iba a desayunar al bar de abajo. Allí era conocido y los camareros eran agradables pero no lo molestaban demasiado, lo suficiente para entender las indicaciones de la persona que consideraban muda.
Zumo de naranja y tres tostadas mientras en la radio comentaban la actualidad, aquello era todo lo que necesitaba cada mañana para sobrevivir a otro día de rechazo laboral. El dueño del bar era especialmente atento con él, si en algún momento necesitaba algo el hombre aparecía antes de que tuviese que hacer acopio de gesticulación para llamar su atención y la paciencia que tenía a la hora de descifrar sus peticiones. Aquella mañana le había dejado un cuchillo de punta redonda al lado de pequeñas dosis de mantequilla o mermelada de fresa por si se le antojaban. Disfrutaba de su tostada sin nada y tanto la mantequilla como la mermelada quedaron intactos. La mujer de la mesa de al lado le tocó el hombro.
-Disculpa, ¿me cederías tu mantequilla? A mi no me trajeron y así no molesto a ningún camarero.
Abrió la boca pero ni el aliento asomó entre sus dientes. Agachó la cabeza con un leve sonrojo y le cedió la mantequilla a la chica que con una hermosa sonrisa agradeció el complemento para el croissant que había partido a la mitad para acompañar con el café. Con un gesto tan sencillo como una sonrisa, algo se removió dentro de él.
A la mañana siguiente, con el mismo desayuno y en la misma situación pudo ver como la joven que el día anterior le había pedido la mantequilla se volvía a sentar a su lado y terminó por pedirle de nuevo la mantequilla. Le cedió el derivado lácteo con la congoja y el rubor alojado en su cuerpo y ella acabó hablándole durante un buen rato hasta que se tuvo que ir a trabajar.
Al tercer día, la mujer le pidió permiso para acompañarle en la mesa y "robarle" la mantequilla de nuevo. Las respuestas no le salían, pero supo que con las miradas se estaban contando historias que jamás serían dichas.
En el cuarto día, el hombre llegó antes de tiempo impaciente para empezar el desayuno. Zumo de naranja y tostadas, pero no estaban ni el cuchillo de punta redonda, ni la mermelada y tampoco la mantequilla. El hombre empezó a notar el nerviosismo de no tener el ingrediente que unía a aquella mujer con él. Intentaba aparentar normalidad pero por dentro volvía a aquel día donde su voz murió.
Ella entró por la puerta, le miró sonriente como la primera vez. No hubo nervios, en ese momento supo que algo había cambiado y cada paso que la acercaba a él, el pavor que sentía se difuminaba como una ligera niebla antes los primeros rayos de sol. Le trajeron su desayuno y sus miradas se cruzaron. Ella metió la mano en su bolso y le entregó varios envases de mantequilla con la mayor de sus sonrisas. Él comprendió todo y por fin dijo.
-Gracias.
martes, 21 de agosto de 2012
Carta al pasado
Para cuando lo leas:
El tiempo pasa demasiado deprisa. Y me gustaría recalcar el demasiado, no era ayer cuando me hacías perder en un juego del que yo ya estaba retirado y hoy me despierto con la nostalgia de ver que he vivido tantos días como para que mi vida haya dado un giro tremendo. Un giro necesario después de una derrota tan imprevista como innecesaria pero de la que he aprendido, por ello te doy las gracias.
Me la jugaste, juntaste la situación imposible con el momento deseado y en ese momento hasta un incrédulo puede creer en el destino, en que todo va a salir bien. Ese era tu juego, no el mio. No me quedó más remedio que lanzarme y entrar en el juego para perder. Todavía puedo recordar el calor en el pequeño espacio entre nuestros dos cuerpos, la humedad viajando de un cuerpo al otro y todas las palabras que se ahogaron en la boca del otro; nos obligamos a callar, a perder lo que teníamos y a abandonar. Todavía no estoy seguro de lo que se perdió en aquel momento y quizás cuando lo descubra ya no habrá opción de recuperarlo, así es el juego.
No todo ha sido malo desde entonces, durante un tiempo bebí intentando que las heridas de la derrota no se infectaran, lentamente cicatrizaron y con el tiempo el dolor y la bebida se fueron. Llegó nueva gente, otra no tan nueva pero con facetas desconocidas para mi. No me esperaba que todo fuera tan rápido, que la vida avanzara tan desbocada; por un momento tuve miedo de perder el momento como ya había pasado aquella noche donde el clima y las personas nos volvimos locos.
Ahora escucho a Cat Power, durante un tiempo me recordó a los malos momentos, a los que guardo para descubrir qué pasó; ya no es lo mismo. Sigue habiendo dolor, diferente por supuesto, si antes me dolían los recuerdos, ahora me duele el olvido. Te escribo para que no te olvides, para no olvidarte.
El tiempo pasa demasiado deprisa. Y me gustaría recalcar el demasiado, no era ayer cuando me hacías perder en un juego del que yo ya estaba retirado y hoy me despierto con la nostalgia de ver que he vivido tantos días como para que mi vida haya dado un giro tremendo. Un giro necesario después de una derrota tan imprevista como innecesaria pero de la que he aprendido, por ello te doy las gracias.
Me la jugaste, juntaste la situación imposible con el momento deseado y en ese momento hasta un incrédulo puede creer en el destino, en que todo va a salir bien. Ese era tu juego, no el mio. No me quedó más remedio que lanzarme y entrar en el juego para perder. Todavía puedo recordar el calor en el pequeño espacio entre nuestros dos cuerpos, la humedad viajando de un cuerpo al otro y todas las palabras que se ahogaron en la boca del otro; nos obligamos a callar, a perder lo que teníamos y a abandonar. Todavía no estoy seguro de lo que se perdió en aquel momento y quizás cuando lo descubra ya no habrá opción de recuperarlo, así es el juego.
No todo ha sido malo desde entonces, durante un tiempo bebí intentando que las heridas de la derrota no se infectaran, lentamente cicatrizaron y con el tiempo el dolor y la bebida se fueron. Llegó nueva gente, otra no tan nueva pero con facetas desconocidas para mi. No me esperaba que todo fuera tan rápido, que la vida avanzara tan desbocada; por un momento tuve miedo de perder el momento como ya había pasado aquella noche donde el clima y las personas nos volvimos locos.
Ahora escucho a Cat Power, durante un tiempo me recordó a los malos momentos, a los que guardo para descubrir qué pasó; ya no es lo mismo. Sigue habiendo dolor, diferente por supuesto, si antes me dolían los recuerdos, ahora me duele el olvido. Te escribo para que no te olvides, para no olvidarte.
domingo, 29 de julio de 2012
Yo tan frío y tú tan al sur
La niebla en las ventanas me llama,
la niebla borra mis palabras,
todos los mensajes de amor que alguna vez quise que vieras
ya se van.
Me cubro con una manta que un día fue tu cuerpo,
si soy demasiado frío, lo siento.
El cielo ya no será para nosotros azul,
yo tan frío y tú tan al sur.
la niebla borra mis palabras,
todos los mensajes de amor que alguna vez quise que vieras
ya se van.
Me cubro con una manta que un día fue tu cuerpo,
si soy demasiado frío, lo siento.
El cielo ya no será para nosotros azul,
yo tan frío y tú tan al sur.
domingo, 15 de julio de 2012
Felicidad
Hace no tanto hubo un hombre que fue capaz de recopilar las mayores riquezas del mundo. Desde animales exóticos y únicos hasta piedras preciosas de colores imposibles. Este hombre era una persona cuya fortuna era incalculable, mansiones gigantes alrededor de todo el mundo, grandes embarcaciones capaces de surcar todos los mares, oro con el que se podría crear un castillo; todo lo que la imaginación pudiera concivir estaba al alcance de tan poderoso personaje. Pero a pesar de lo que cualquiera podría imaginar, nuestro protagonista no era ni mucho menos feliz, ninguna de sus bestias conseguía arrancarle una sonrisa, ni un viaje por los cielos en alguno de sus globos era capaz de levantarle el ánimo y su capital se amontonaba sin mostrar ni un resquicio de felicidad. Aquel hombre era terriblemente desdichado.
Una vez a la semana, el adinerado iba a visitar a su anciana madre que vivía en el piso en el que el hombre se crió. Y cada semana a la entrada del edificio de la madre, el rico se encontraba a un vagabundo que con una guitarra que apenas era capaz de mantenerse entera, pero eso no impedía que el vagabundo se sacara un poco de dinero y estuviera feliz a pesar de su precaria situación. El hombre no podría comprender como aquella guitarra era capaz de hacer feliz al vagabundo y se acercó.
-Oiga, ¿su guitarra le hace feliz?
-Claro buen hombre. La música alegra todos los días de mi vida y me consigue el poco dinero con el que me alimento.
-Me gustaría comprársela.
-Lo siento, no está en venta.
-Le daré lo que quiera por ella.
Y entonces el vagabundo le contó como le gustaría tener su propio restaurante en el que poder dar de comer a la gente y que así nadie pasara hambre. El rico le pareció un precio justo por una guitarra que daba la felicidad y pagó la compra del restaurante y todas las obras que requerían la restauración del mismo a cambio de la guitarra. Durante un tiempo, el hombre aprendió a tocar la guitarra y comprendió como la música podía alegrar a una persona, pero con el paso del tiempo los efectos de euforia del instrumento y su sonido empezaron a menguar hasta por fin desaparecer. El hombre rico decepcionado fue hasta el restaurante del vagabundo y al llegar allí se encontró con el hombre todavía más feliz que cuando tocaba en la calla su guitarra y supo que de alguna forma la felicidad se había trasladado hasta el restaurante. El rico convencido de que el restaurante le haría feliz, volvió a entablar conversación con el vagabundo.
-Al final el restaurante ha quedado genial.
-La verdad es que si, se lo tengo que agradecer. El sueño de mi vida hecho realidad.
-Me gustaría comprarlo.
-Es el sueño de mi vida, no lo puedo vender.
-Le daré lo que quiera por ella.
El vagabundo conocedor de lo que era capaz el hombre rico volvió a narrarle otro de sus sueños al adinerado. En su sueño vivía en una casa alejado de la civilización con todas las necesidades cubiertas y con caballos por los que poder cabalgar por los bosques. El hombre rico estuvo de acuerdo en el trato y dispuso de una parte de su fortuna para que el vagabundo pudiera comprar todo lo necesario para ver su sueño hecho realidad. El rico empezó a trabajar en el restaurante que había comprado y al principio la ilusión se adueñó del rico. Pero otra vez con el tiempo la felicidad se difuminó hasta convertirse en nada. El rico no lo podía entender y se fue a la casa donde actualmente vivía el vagabundo. Cuando llegó, el vagabundo era feliz montando a caballo, la ilusión de su vida hecha realidad; el rico se acercó.
-Buenas, no lo comprendo.
-¿Qué le pasa amigo? ¿Qué es lo que no comprende?
-Le compré su guitarra y no fui feliz como usted, compré luego el restaurante que tanto le alegraba y mi felicidad duró un suspiro, ¿qué es lo que pasa?
-Creo que usted se equivoca buen hombre, en la vida no se puede tener lo que uno quiere, se debe querer lo que uno tiene. Así seguro que será feliz.
El hombre rico por fin pudo entender el origen de su problema y pudo resolverlo. Agradeció mil veces la ayuda del vagabundo y pudo encontrar entre todas sus riquezas aquello que le hizo feliz para siempre.
Una vez a la semana, el adinerado iba a visitar a su anciana madre que vivía en el piso en el que el hombre se crió. Y cada semana a la entrada del edificio de la madre, el rico se encontraba a un vagabundo que con una guitarra que apenas era capaz de mantenerse entera, pero eso no impedía que el vagabundo se sacara un poco de dinero y estuviera feliz a pesar de su precaria situación. El hombre no podría comprender como aquella guitarra era capaz de hacer feliz al vagabundo y se acercó.
-Oiga, ¿su guitarra le hace feliz?
-Claro buen hombre. La música alegra todos los días de mi vida y me consigue el poco dinero con el que me alimento.
-Me gustaría comprársela.
-Lo siento, no está en venta.
-Le daré lo que quiera por ella.
Y entonces el vagabundo le contó como le gustaría tener su propio restaurante en el que poder dar de comer a la gente y que así nadie pasara hambre. El rico le pareció un precio justo por una guitarra que daba la felicidad y pagó la compra del restaurante y todas las obras que requerían la restauración del mismo a cambio de la guitarra. Durante un tiempo, el hombre aprendió a tocar la guitarra y comprendió como la música podía alegrar a una persona, pero con el paso del tiempo los efectos de euforia del instrumento y su sonido empezaron a menguar hasta por fin desaparecer. El hombre rico decepcionado fue hasta el restaurante del vagabundo y al llegar allí se encontró con el hombre todavía más feliz que cuando tocaba en la calla su guitarra y supo que de alguna forma la felicidad se había trasladado hasta el restaurante. El rico convencido de que el restaurante le haría feliz, volvió a entablar conversación con el vagabundo.
-Al final el restaurante ha quedado genial.
-La verdad es que si, se lo tengo que agradecer. El sueño de mi vida hecho realidad.
-Me gustaría comprarlo.
-Es el sueño de mi vida, no lo puedo vender.
-Le daré lo que quiera por ella.
El vagabundo conocedor de lo que era capaz el hombre rico volvió a narrarle otro de sus sueños al adinerado. En su sueño vivía en una casa alejado de la civilización con todas las necesidades cubiertas y con caballos por los que poder cabalgar por los bosques. El hombre rico estuvo de acuerdo en el trato y dispuso de una parte de su fortuna para que el vagabundo pudiera comprar todo lo necesario para ver su sueño hecho realidad. El rico empezó a trabajar en el restaurante que había comprado y al principio la ilusión se adueñó del rico. Pero otra vez con el tiempo la felicidad se difuminó hasta convertirse en nada. El rico no lo podía entender y se fue a la casa donde actualmente vivía el vagabundo. Cuando llegó, el vagabundo era feliz montando a caballo, la ilusión de su vida hecha realidad; el rico se acercó.
-Buenas, no lo comprendo.
-¿Qué le pasa amigo? ¿Qué es lo que no comprende?
-Le compré su guitarra y no fui feliz como usted, compré luego el restaurante que tanto le alegraba y mi felicidad duró un suspiro, ¿qué es lo que pasa?
-Creo que usted se equivoca buen hombre, en la vida no se puede tener lo que uno quiere, se debe querer lo que uno tiene. Así seguro que será feliz.
El hombre rico por fin pudo entender el origen de su problema y pudo resolverlo. Agradeció mil veces la ayuda del vagabundo y pudo encontrar entre todas sus riquezas aquello que le hizo feliz para siempre.
Carta de despedida para Marta o Ana
Buenas noches:
Estoy seguro que leerás esto alguna noche en la que me extrañes o en la que pienses que mis pensamientos ya no tienen todos tus nombres. Se escucha el ruido de fuegos de artificiales, pero no hay nada que celebrar, definitivamente desearía que la pólvora se mojase como se ahogaron todas nuestras ilusiones y nuestro reino de fantasía.
Me gusta acompañar mis despedidas con unas cuantas cervezas que me traen el sueño que de otra forma no podría conciliar, pero has sido especial en muchas cosas y en esta también. Esta despedida será de más de una noche de no encontrar la postura en la cama donde la culpa y el remordimiento me abrazarán hasta que me cueste respirar. Me cuesta mucho olvidar, lo sabes; y me produce mucho más trabajo el pensar que la culpa puede ser mia. Ahora me puedo imaginar tus palabras tatuándose en mi cabeza, regañándome por esa manía tan mia de no dejar de pensar en todo, de castigarme por todo... Quizás esa parte de mi tiene la culpa y también creo que fue la causante de que pudieramos edificar una historia tan maravillosa durante tanto tiempo. Me encantó acumular momentos a tu lado.
Nos va a tocar ser felices por separado, ya no habrá más besos en la espalda, no habrá sorpresas mañaneras ni tampoco alegrías nocturnas. Mis último adios te lo dejo en la nevera, enfriándose con nuestros sentimientos; al lado de las fresas con nata que tanto te gustaba compartir conmigo. Me tocará curar esta soledad sin ti.
Estoy seguro que leerás esto alguna noche en la que me extrañes o en la que pienses que mis pensamientos ya no tienen todos tus nombres. Se escucha el ruido de fuegos de artificiales, pero no hay nada que celebrar, definitivamente desearía que la pólvora se mojase como se ahogaron todas nuestras ilusiones y nuestro reino de fantasía.
Me gusta acompañar mis despedidas con unas cuantas cervezas que me traen el sueño que de otra forma no podría conciliar, pero has sido especial en muchas cosas y en esta también. Esta despedida será de más de una noche de no encontrar la postura en la cama donde la culpa y el remordimiento me abrazarán hasta que me cueste respirar. Me cuesta mucho olvidar, lo sabes; y me produce mucho más trabajo el pensar que la culpa puede ser mia. Ahora me puedo imaginar tus palabras tatuándose en mi cabeza, regañándome por esa manía tan mia de no dejar de pensar en todo, de castigarme por todo... Quizás esa parte de mi tiene la culpa y también creo que fue la causante de que pudieramos edificar una historia tan maravillosa durante tanto tiempo. Me encantó acumular momentos a tu lado.
Nos va a tocar ser felices por separado, ya no habrá más besos en la espalda, no habrá sorpresas mañaneras ni tampoco alegrías nocturnas. Mis último adios te lo dejo en la nevera, enfriándose con nuestros sentimientos; al lado de las fresas con nata que tanto te gustaba compartir conmigo. Me tocará curar esta soledad sin ti.
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