No estás loco. Me repito una y otras vez esas palabras, como un conjuro o como intentando evitar una maldición. No estás loco. Me lo repito tantas veces que soy capaz de visualizar cada una de las letras en mi cabeza como esculpidas en piedra. No estás loco. Me aferro a cada palabra a las palabras y siento que son un muro contra mi propia oscuridad. No estás loco. Me centro en ellas buscando que me vuelvan a transmitir la tranquilidad de lo conocido. No estás loco. Siento sonrisas burlonas rodeando mi frase amuleto. No estás loco. Aunque me tape las orejas todavía las siento como si fuese ropa mojada. No estás loco. Intento buscar fuerza en esas poderosas palabras en mi cabeza y están agrietadas. No estás loco. Ya solo puedo escuchar risas a mi costa, soy un fraude. No estás loco. Empiezo a caer mientras las letras poco a poco se desmoronan. No estás loco. Mis ojos inundados ya no me permiten ver. No estás loco. ¿Seguro? No estás loco. ¿De verdad? No estás loco. ¿Te lo crees? No estás loco. ¿En serio? No estás... Lo siento mucho. No, no, no... Tenemos que hablar. ¿Estoy loco? Necesitas perdonarte no una "frase amuleto". Estoy loco. Cometiste errores, es cierto pero si quieres avanzar necesitas perdonar, perdonarte. Loco. Toda esa rabia, ese remordimiento solo te van a asfixiar. No quiero estar loco. Equivocarse es común, intenta ser compasivo, intenta buscar una manera de enmendarlo. Yo... ¿Loco? Te has caído, ya te has castigado, ¿de qué te ha servido? Yo estoy loco. Levántate. No quiero estar loco. Esa oscuridad solo existe en tu cabeza. No quiero estar loco. Esas miradas y esas burlas son solo tus miedos, échalos. No quiero estar loco. Háblate con la compasión con la que le hablarías a tus seres queridos. No quiero estar loco. Todos podemos cometer errores, no necesitas ser perfecto. No quiero estar loco. Ten paciencia contigo mismo, habría días malos. No quiero estar loco. Persevera, aunque no lo creas lo estás haciendo bien. No quiero. Lo estás haciendo bien. Loco. No es cierto. No estás loco. Recuerda que el camino es largo. No estoy loco. Perdonar no es olvidar y castigarse no significar solucionar. No estoy loco. La amabilidad es el mayor signo de fortaleza, sé amable contigo y con los que te rodean. No estoy loco. Recuerda que lo estás haciendo bien. No estoy loco. No te rindas. No.
martes, 29 de agosto de 2023
domingo, 30 de julio de 2023
De madrugada
martes, 27 de junio de 2023
Dos horas muertas
El trabajo de oficina. Qué decir. Hacen de la rutina la mayor de sus virtudes y al mismo tiempo el más grande de sus defectos. Lo reconozco, odiaba ese trabajo pero pagaba las facturas y trabajar de lunes a viernes con dos días de descanso se siente un regalo de los Dioses. Los lunes siempre los mismos comentarios y los viernes el tiempo se congela. Horario partido durante la mayor parte del año y horario de verano cuando llega el calor. Tan predecible como las personas que nos encontrábamos allí. Todavía no había llegado el calor en forma de horario pero ya era uno de esos jueves donde el sudor que recorría mi espalda y el tiempo congelándose se volvían una combinación letal. Me agobiaba mirar mi reflejo sudoroso y aburrido en la pantalla del ordenador. Tenía que escribir unos documentos para un cliente que había llamado en dos ocasiones a lo largo de esta interminable mañana. Ya no podía más, tras mirar en el reloj que me quedaban dos horas para poder irme a comer a mi casa me dirigí al baño anhelante de poder tomarme un respiro. Caminé lo más rápido que pude intentando evitar conversaciones. Entré en el bañó, se encendió la luz de manera automática y me puse delante del lavabo. Me empapé la cara y la nuca. Durante un segundo sentí alivio. Me miré en el espejo. Tenía un aspecto terrible. En el espejo se reflejaba lo que parecía una especie de botón rojo como los de las películas. Me detuve a mirarlo y no se reflejaba, asomaba del espejo. Miré a todos los lados intentando ver si había algo más en la habitación distinto. Nada. Solo un botón en el espejo. Dudé un instante y lo pulsé.
El baño se quedó completamente a oscuras. Maldita luz automática pensé y moví los brazos para que el detector de movimiento encendiese las luces de nuevo. Nada. Volví a mirar al botón y ya no estaba. Parecía que estaba en algún especie de pasillo y que a lo lejos se veía la luz. No entendía nada. Volví a agitar los brazos y siguió sin cambiar nada. Grité para ver si alguien me estaba gastando una broma. Pero no me salió voz. Volví a gritar y no tenía voz. Me di por vencido y avancé hasta la luz. Cuanto más me acercaba más se veía como una especie de salida. Asomé la cara y estaba en una cueva "como Platón" pensé y durante un segundo esta pequeña gracia me hizo olvidarme de mi situación. Miré en todas las direcciones antes de salir del todo. Solo había un páramo de tierra seca. Salí de la cueva y tras dar un pasos adelante vi una figura a lo lejos de una persona que parecía saludarme. Me resultó conocida. Y avancé con cautela hasta que lo reconocí. Era mi abuelo. No podía ser... El había... Había... Hace ya unos cuantos años. Parecía feliz como antes de la cama del hospital. Me saludaba como cuando era un crío y lo iba a visitar como antes de la silla de ruedas. Me miraba con esa alegría y esa inocencia que compartíamos como antes de la enfermedad. No me lo podía creer. Corrí hacia él. Llegué a donde estaba y solo me sonrió como si no hicieran falta las palabras. Quise preguntarle que estaba pasando pero no tenía palabras. Parecía altísimo. Hacía tanto tiempo que no lo contemplaba así. Miré mis manos y eran las de un niño. Me acaricié la cara y no había barba. Volvía a tener diez años pero ahí delante estaba mi abuelo. Lo abracé. Me volvió a acariciar la cabeza como él hacía. Lo apreté lo máximo que pude contra mi, como si sintiera que me lo fueran a arrebatar. Intentaba gritarle tantas cosas pero no tenía voz. Empecé a llorar mientras el también me abrazaba. Le apreté tanto que tuve que cerré los ojos que ya estaban hasta arriba de lágrimas. Apreté. No se escuchaba nada. No veía nada.
Noté un toque en el hombro. Me sobresalté. Me preguntaron si estaba bien. Miré para atrás y estaba un compañero de oficina. Le dije que estaba bien. Me contestó que le sorprendió verme a oscuras en el baño solo y se preocupó. Me miré en el espejo y volvía a tener mi aspecto. Y al contestar a mi compañero volvía a tener voz. No entendía que había pasado. Me dijo que si no pasaba nada que me se iba a su puesto que tenía que terminar algo antes de tener una llamada con un superior. Noté que me miraba mucho para el calzado. Miré mis pies y tenía el calzado y los pantalones sucios. Como si hubiese corrido por tierra seca llenos de polvo. Me asusté un poco. ¿Había pasado de verdad? Miré el reloj, todavía faltaban dos horas para poder irme a casa. Me volví a lavar la cara pero no pasó nada. Toqué el espejo donde antes estaba el botón pero siguió sin pasar nada. Decidí volver a mi escritorio. Estaba tan asustado de lo que me acababa de pensar que en cuanto me senté solo pude pensar bendita rutina.
sábado, 20 de mayo de 2023
Un último baile
Las personas, al contrario que las cosas; es más probable encontrarlas fuera de casa. Y por eso me fui. No avisé a nadie porque quería encontrarme no que me encontraran. Fueron las suficientes horas de autobús para que en varias ocasiones me arrepintiera de haber emprendido esta fuga improvisada. Cuando por fin alcancé mi destino estaba tan entusiasmado con el final del viaje que casi beso el suelo que me iba a acoger los próximos días. Era un pequeño pueblo de Castilla y el principal motivo por el que lo escogí como mi destino fue las reseñas de tranquilidad. Me hospedé en un hostal que hace al mismo tiempo de bar del pueblo. Era última hora de la tarde y gran parte del pueblo estaba reunido allí. Yo me metí directo en mi habitación y cuando terminé de acomodarme ya había caído la noche. No tenía sueño a pesar de haberme pasado todo el día y me puse a leer en el escritorio de la habitación. A través de la ventana podía ver casi todo el pueblo. No había nadie por la calle y apenas un par de ventanas estaban iluminadas. El contraste con las noches de la ciudad era notable. No llevaría una hora leyendo cuando algo captó la atención. Como en la Ventana indiscreta tuve que sacar mis mejores dotes de voyeur para poder tener claro lo que estaba pasando. ¿Había alguien bailando en mitad de la plaza? Era un hombre de avanzada edad bailando solo en mitad de la noche y desnudo. No entendía nada pero desde mi perspectiva parecía muy feliz bailando. Pese a su edad se movía como si su desnudez o el frío nocturno no le afectaran. Estuve un rato sin entender muy bien la situación. Cuando terminó, recogió sus ropas que había dejado colocadas a un lado, se vistió y se fue. Mientras se marchaba lo reconocí de haberlo visto en el bar del pueblo al llegar. Me fui a dormir.
A la mañana siguiente desayuné y me dediqué a visitar los lugares emblemáticos del pueblo. No fue hasta la tarde hasta que pasé por la plaza donde había presenciado el espectáculo nocturno. Me preguntaba si esa noche volvería a pasar. Tras una ducha y la cena volví a la lectura nocturna pero con ojo y medio puesta en la ventana. Ya entrada la madrugada la escena se volvió a repetir. El mismo hombre y la misma escena. ¿Sería algún tipo de ritual? En cuanto terminó me fui a dormir. Durante un segundo pensé en preguntarle a alguien del pueblo por la situación al día siguiente pero lo normal es que no le contasen a un turista algo del estilo. Tras disfrutar de otro día tranquilo de turismo decidí que me acercaría a la noche a preguntarle al protagonista el motivo de sus actos. Tras cenar decidí hacer tiempo en el bar y tras una cerveza decidí "dar un paseo nocturno". Esperé sentado en unas escaleras que me permitían ver y ser visto, no quería asustar al pobre hombre. Llegó a los cinco minutos de mi descanso y al verme decidió acercarse, dejar su ropa a mi lado y con un "si me hace el favor de cuidármelas" comenzar su ritual. Se repetía la conducta de los últimos días con la única diferencia de mi presencia como espectador. Sin entender nada, pasados unos minutos le interrumpí.
-Disculpe, no quiero ser indiscreto pero... ¿Por qué viene de noche a bailar?
-No se preocupe caballero. -Me miró totalmente relajado, como si yo fuese el hombre desnudo en mitad de la calle y él la voz de la cordura.- Pues es por una promesa. Conocí al amor de mi vida aquí, hace cincuenta y siete años. Eran las fiestas de este pueblo y yo venía con unos amigos. La conocí y la saqué a bailar y dos años más tarde estábamos casados. Marisa era una mujer maravillosa, todo el mundo la quería y yo no podría haber vivido una vida más feliz que la que tuve con ella. Le encantaba bailar y cuando enfermó tras meses a su lado en la habitación sus últimas palabras fueron "no dejes de sacarme a bailar". No podría negarle nada a Marisa y no puedo dejar de sacarla a bailar. Reconozco que el primer año tras su marcha apenas me levantaba de la cama, pero con el tiempo supe que ella estaría muy afligida si me viera así y recordé la promesa que le hice y todos los buenos momentos que viví con ella.
-Siento mucho su pérdida, es una historia de película la suya. Pero hay una cosa que sigo sin entender, ¿por qué lo hace desnudo? -Se rio como a veces ocurría durante sus bailes y se rascó la cabeza con un poco de vergüenza como si acabase de darse cuenta que estaba desnudo.- ¿He dicho alguna tontería?
-No, no. En absoluto. Sé que en el pueblo alguna vez me han visto pero nadie nunca me ha dicho nada y después de tanto tiempo me hace gracia recordar como empezó. A Marisa la conocí aquí, la saqué a bailar. Durante ese primer baile no intercambiamos palabra pero hasta ese momento no me había sentido nunca tan visto y tan desnudo como ante su mirada. Nadie miraba a las personas como ella. Y la verdad es que para mi es revivir nuestro primer baile. No se crea que he perdido totalmente la cabeza, en invierno por mucho que lo intente soy incapaz de no ponerme tres capas de ropa.
-Le envidio... -Se me escapó casi por reflejo. Algo dentro de mi envidiaba a ese buen hombre y su historia.- Lo siento, mucho ha debido ya sufrir para que le diga esto.
-No se preocupe. Ahora si no le importa.
-Sí claro, siga siga. Me vuelvo a mi habitación. Un placer.
Le volví a despedir con un gesto de la mano pero él volvía a estar en la noche en la que conoció a Marisa y yo no quise interrumpir más esa historia. Durante las tres noches siguientes el hombre no faltó a su cita. Yo terminé de leerme el libro cada noche mientras esperaba verlo salir a escena. Volví a mi casa llegado el séptimo día. Había salido de casa y me había encontrado. Puede que Marisa tuviera razón y no había que dejar de bailar.
sábado, 8 de abril de 2023
El monstruo
Ser miserable no debería hacerte ser un miserable. Tardé un tiempo en divorciar ambos conceptos porque conocí un monstruo. Este monstruo no tiene nombre y dárselo lo convertiría en una persona. El monstruo estuvo en mi vida tanto tiempo que engañados decidimos ponerle nombre y creer que era otra cosa y no un monstruo. "Sin Nombre" hacía de sus miedos un arma y tenerlo tan cerca me produjo muchas heridas. Una de esas heridas llegó en una tarde en la que nos quedamos a solas. El monstruo llevaba meses enfermándome inoculando su veneno en forma de susurros. Cuando me vio supo que tenía una nueva oportunidad. Aprovechó la diferencia de edad y mi ingenuidad para invitarme a su casa. Con la perspectiva del tiempo entiendo que el monstruo no quería que lo viesen, que alguien reconociese su monstruosidad y lo expusiera. En nuestro último encuentro me había opuesto a él. Me dijo que venía en son de paz. Que lo que había pasado no significaba nada. Era ingenuo y le creí. Era la primera vez que ocurría una confrontación de ese tipo, no tenía por que repetirse.
En su casa, el monstruo se mostró más amable de lo habitual. Me repitió en varias ocasiones si quería algo de beber. Rechacé cada una de sus ofertas. Insistió en que lo de la última vez que nos vimos ya era cosa del pasado. Que tenía algo muy especial que mostrarme. Se me hacía rara tanta amabilidad acostumbrado a un trato más seco por su parte. La parquedad en palabras tan típica en él se había tornado en verborrea incontrolable. Tenía tantas ganas de mostrarme "una sorpresa" que apenas se podía contener. Tras unos minutos de introducción de la sorpresa me invitó a ir a su cuarto. Cuando entré cerró la puerta como si quisiera encerrarnos dentro. "Que raro" pensé. Buscó algo en el armario. Cuando lo encontró se situó entre mi y la salida. Puso "la sorpresa" en mi cara. Parecía que me lo estaba dando de comer.
-Es un arma... ¿Qué pretendes con esto?
-¿Qué pretendo? No pretendo nada. Es un recordatorio, de que puedo hacerte todo el daño que quieras. Pero más importante se lo puedo hacer a tus seres queridos. -Durante un instante me vinieron a la mente todas las personas que quería mantener alejadas de él. Lo debió notar porque esbozó una sonrisa.-Sí, ¿acaso crees que no sé quienes son?
-Eres...-Me paré a pensar en unas palabras. Noté que tenía mis puños muy apretados y que el objeto metálico seguía apuntando a mi frente. No había una forma de escapar. Estaba a merced del monstruo. Respiré hondo.-¿Y qué harás luego? Todo el mundo sabrá que fuiste tú. Y si no lo saben no tardarán mucho en descubrirlo.
-¿Te crees que me importa? Cuando haya terminado tú serás como yo. Yo no tendré nada más que hacer.
-Ya me has dicho muchas veces que te he decepcionado y creo que voy a seguir haciéndolo porque no creo que exista la forma que acabe siendo como tú. Si no tienes nada más que decir, aparta eso de mi cara.
Salí por la puerta sin mirar atrás. Cuando sentí que estaba a una distancia prudencial percibí que todo mi cuerpo estaba temblando y que mi espalda estaba encharcada. Estaba intoxicado del miedo. Hice un par de llamadas para asegurarme de que varias personas estaban bien. Les aseguré que nos veríamos en los próximos días si ellos querían. Esa fue la última vez que hablé con el monstruo. Se acercó con sonrisa maliciosa alguna que otra vez pero como si su parte del trabajo ya estuviera hecha no intentó nada más. Durante un tiempo su conducta me tenía desconcertado pero no le di mayor importancia. Los míos estaban bien y él se fue de mi vida. Y ese sentimiento raro se acabaría por borrar.
Tuvieron que pasar unos meses hasta que me di cuenta de la realidad. El monstruo tenía razón. Me había vuelto arisco e incluso mezquino con mis seres queridos. Era más fácil que encontrase palabras hirientes que de agradecimiento. Tenía mucha rabia en mi interior. Poco a poco un monstruo crecía dentro de mi. El terror de tal descubrimiento me dejó muchas noches sin dormir. Y pasaron años hasta que pude descubrir una solución: no se le pone nombre, no se le hace caso y no se le deja salir. Podré ser miserable pero nunca un miserable.
martes, 21 de febrero de 2023
Del miedo a la felicidad
Soy rematadamente idiota. Cualquiera que lea esto lo pensará y hasta yo mismo lo pienso. No sé cuanto tiempo pasó entre el día que escapé de Bea y el día que volvía a pasear con ella enganchada a mi brazo. Era evidente que algo se había roto pero como en el Kintsugi usábamos oro a la hora de recomponernos. Todo se volvía a ver más hermoso que la vez anterior. Las conversaciones nos llevaban a la deriva por el mar del tiempo. La complicidad se había disparado de la misma manera que nuestros encuentros. Habiendo renunciado al amor juntos nos quedaba tanto cariño para rellenar cien amistades. La transición no había sido fácil pero no podía parar de reír a su lado. Si estábamos locos, esta era una de las mejores locuras. Buenos tiempos que dirían algunos y mientras lo pensaba como si hubiese convocado al mismísimo Diablo las cosas cambiaron. Era una noche y la acompañaba a que pillara su tren. La noche había sido muy divertida e incluso nos habíamos hecho una foto juntos fabulosa. Salimos camino de la estación con el tiempo tan justo que éramos nosotros los que le pisábamos los talones. Mientras que esperábamos a que un semáforo se pusiera en verde noté como su mano apretaba el brazo al que se enganchaba como intentando reclamar mi atención. La miré y me miraba con expresión dubitativa, como si algo la estuviera carcomiendo por dentro.
-¿Te pasa algo?-Le pregunté un poco extrañado al verla tan callada y seria.-¿Está todo bien?
-Pueeeees en realidad... No sé, creo que no debería.
-Bea, creo que puedes contarme lo que sea.
-Llevo toda la noche, bueno en realidad un tiempo pensando algo pero no debería decirlo.
-De verdad que no te preocupes.-Le acaricié la mano con la que se sujetaba a mi brazo.-Tienes toda mi atención.
-La verdad es que llevo pensando toda la noche que estás muy guapo, bueno, lo he pensado siempre pero no sé cuando empecé a verlo de otra forma. Como que estaría bien que nos diésemos un beso, ¿no crees? Pero también se como lo has pasado, que lo pasaste mal y siento que es muy injusto que yo ahora esté así. Que no quiero hacerte daño pero que cuando estoy contigo hay cosas que siento que no encuentro en otro lado.-Me miró a los ojos y pude sentir la tristeza que le producía cargar con todo eso en su mirada.-Ahora mismo me debes odiar.
-¿Odiarte por qué? Si tuviera que odiar a algo es a la situación o a los momentos. Ambos sabemos el ejercicio de contención que he tenido que realizar. Me siento idiota.-Ya estábamos caminando pero me paré para abrazarla y le di un beso en la cabeza.-No sé ni que decir. He puesto tantas cerraduras a esos pensamientos...
-Lo siento.
Llegamos a la estación más acurrucados de lo que iniciamos el trayecto, me acariciaba el dorso de la mano. Su tren había salido y tuvimos que esperar sentados. Volaban sobre nuestras cabezas muchas emociones. Yo tenía miedo. ¿Era un paso atrás? ¿Me seguía sintiendo atraído después de varias decepciones? ¿Qué supondría darnos un beso? Me gustaba pero, ¿eso era suficiente para romper con todo? Cada vez encontrábamos más pegados. El deseo era evidente y nos estaba magnetizando. ¿Desear a alguien es más fuerte que querer a alguien? ¿Se puede querer sin amar? ¿Se puede desear sin amar? Me estaba volviendo loco, por dentro tormenta y por fuera me derretía ante su cada vez más evidente intento de besarme.
-¿Qué piensas? ¿Me odias?
-No te odio Bea, sigo pensando que eres una persona maravillosa y eso es lo que hace más difícil mi posición. Me preguntabas si quiero besarte y pocas veces he tenido tan claro un sí como ese pero, y el pero es importante; no sé si es lo correcto. No sé que supondría.
-Yo tampoco lo sé, me da pánico hacerte daño. Otra vez.
-Si hay algo que me ha tranquilizado desde el principio es saber que no me quieres hacer daño, el cariño de tus actos, la tranquilidad de que me cuides como te cuidas a ti misma.-Pasé mi mano por su mejilla.-Sí creo que estaría genial besarnos.
No sé cuanto tiempo duró todo. Pero durante un tiempo solo estábamos nosotros. Llegó el siguiente tren y nos despedimos. Fue un abrazo largo, como si nos agradeciésemos algo, quizás era eso. Volví con cara de tonto a casa, la felicidad supongo. Todos esos pensamientos se escondían, esperando otro momento para atacar. Hoy no podían hacerme daño. Todavía lo estaba procesando pero el miedo dio paso a la felicidad.
domingo, 5 de febrero de 2023
Viajero del tiempo
Era un lunes de febrero. Desperté sabiendo que día era pero viviendo en un lunes de febrero de hace unos años. Ese día me rompieron el corazón. Recuerdo ese día perfectamente y lo revivo. Como el beso cuando nos saludamos se sintió raro, quizás algo frío. La forma en la que me miraba mientras me explicaba que llevaba un tiempo que no sentía lo mismo de antes. Recuerdo que pensé en qué momento se dio cuenta de eso, de qué pudo pasar. Recuerdo como me abrazó, que no pude decir nada. Que estuvimos abrazados hasta que perdimos la noción del tiempo. Pasé esa noche y las tres siguientes sin dormir. ¿Dónde lo rompí? ¿Dónde estuvo mi error? Reviví ese día. Viajé a otros momentos donde todo se pudo torcer. ¿Si hubiera hecho eso? ¿Si no hubiera hecho aquello? Recorrí cada uno de los puntos clave del pasado. La cabeza me iba a estallar con tantas noches en vela. Todos estos viajes me estaban desgastando. Era viernes y todos esos momentos revividos no habían cambiado mi vida.
Llegó el lunes siguiente. Cargaba con el peso de la culpa. Decidí no volver a viajar al pasado, me estaba causando dolor. Pensé que el futuro sería una forma de que este "poder" diera mejores frutos. Viví cientos de vidas. Todos esos "y si..." que podrían pasar. Surcaba por ellos saltando de uno a otro en cuanto me encontraba un escollo que arruinaba mi futuro. En cada futuro un error. Si no tengo esto, no puedo alcanzar aquello en ese momento. Ya es tarde para plantearse esa vida. Esa vida no es realista con tu momento actual. ¿De verdad quieres eso? Me descubrí descartando uno a uno cada uno de esos futuros. El miedo me invadió, ¿no tengo futuro?
Viajar en el tiempo me había atado a dos malos compañeros de vida: la culpa y el miedo. Gasté dos semanas de mi vida para ser preso de algo que no puedo cambiar y de algo que todavía no he podido vivir. El lunes siguiente dejé de viajar. Quizás por eso no viajemos en el tiempo, dos semanas de vida parece un precio muy grande para no ganar nada.