domingo, 3 de abril de 2022

Los que (no) se quieren

         Bea es el tipo de piedra que saqué de mi camino y directamente estampé en mis dientes, no me cansaba de cometer errores con ella. Y en eso estaba. No había pasado ni un mes desde aquella noche en la que fui rechazado por ella y ya volvíamos a estar sumergidos en una infinita conversación. Jugábamos con el amor como si no nos importara, como si fuera una broma privada de la que nunca hablásemos. Y cada día los límites entre nosotros parecían mas confusos. Apenas intercambiamos tres frases de lo ocurrido aquella noche donde todo parecía que iba a cambiar y el único cambio que se había producido era una mayor cercanía. No nos importaba lo que había pasado. En muchas ocasiones eso me quería hacer creer. Cada paseo por la playa, cada conversación hasta horas intempestivas, cada abrazo en el que nos refugiábamos se sentía como un martillazo contra mi entereza. El muro de mi cordura empezaba a tener muchas grietas y poco a poco el aire empezó a escaparse. Me sentía sin aliento y sin fuerzas para aguantar en una posición donde la incertidumbre compartía cama con la felicidad que me producía el tiempo con ella. Y solo era cuestión de tiempo que algo de mi se terminara por derrumbar. Bea tenía otros planes y un día en mi casa mientras estaba tumbada en mi sofá esperando a que terminara de arreglarme la barba decidió activar el despertador que nos sacó de la fantasía onírica que estaba siendo nuestra relación.


-¿Qué estamos haciendo?

-Vamos a ir al cine y luego a cenar, ¿te apetece hacer otra cosa?

-No me refiero a eso, me refiero a nosotros, ¿qué estamos haciendo? No hemos vuelto a hablar sobre lo de aquel día y no creo que sea sano que hablemos y nos veamos tanto. Somos una "pareja" que ni se besa ni se desea...

-¿Quieres que nos besemos? Estaría encantado de hacerlo y si hablas de deseo creo que hablas de nosotros para referirte a ti misma.

-¿Y qué estás haciendo Rober? ¿Por qué sigues aquí? ¿Por qué acompañas a alguien que se fue sin darte explicaciones y no es capaz de quererte?

-Creo que el amor es la única forma de altruismo que existe. Y si quieres saber por qué no me he ido, no lo sé. A veces confío en que te das cuenta de lo que tienes delante de tus narices y otras veces simplemente es mi propio miedo a reconocer que toda esta inversión, que toda esta apuesta ha terminado y que tengo que irme. Me haces feliz pero también vivo cada día contigo como si fuera el último, como si me fueras a dar una patada y olvidarme. Que no soy una persona, soy un empleado que nunca cumple tus expectativas y mi corazón tiene demasiadas facturas que pagar.

-Sabes que no es tan fácil. Tú eres muy importante para mi...

-Pero no soy una persona a la que besarías ni desearías. Ya has dejado claro ese punto.

-Nunca quise hacerte daño, solo que contigo siento que puedo ser yo misma y soy feliz.

-Entonces, ¿qué estas haciendo tú conmigo? Y aunque sea la primera vez que lo digo en alto no creas que no me lo he preguntado.

-Rober... -Tomó aliento y me miró como si estuviera sacándose las palabras de las entrañas con sus manos. -No quiero perderte y no quiero vivirte de esa manera. Es injusto y es egoísta, lo sé. Sé que no te he ayudado. Y quizás no debimos volver a hablar tras lo de aquella noche. -Todavía estaba con media cara sin terminar de perfilar la barba pero mi rictus serio debió borrar lo ridículo de la situación. -¿No crees?

-Creo que pudimos tomar muchas otras decisiones. Y quizás es el momento de que me vaya. Siento mucho todo esto. Creo que necesito espacio y entre nosotros es lo único que no existe.


Me lavé la cara, me puse una chaqueta y salí por la puerta. No fui capaz de verla pero pude escuchar que estaba llorando. En cuanto salí del edificio yo también estaba llorando. Caminé durante tres horas hasta el lugar más alejado de la ciudad, sentía que si estaba cerca de ella nunca podría escapar. Que volvería a golpearme con la misma piedra. Cuando volví ella no estaba, lo único que quedaba de ella era el olor de su perfume. No me atreví a abrir las ventanas para que su olor se fuera, quizás ese era el castigo que me merecía. 

sábado, 15 de enero de 2022

Sin descanso en el pecho

     No quiero echarle la culpa a la vida a esta tristeza que arrastro por imbécil. Durante los últimos seis meses cada decisión que tomaba parecía estar equivocada y cada error cargaba una mochila que de unas semanas para aquí me obligaba a encorvar la espalda. En medio de esto conocí a Bea. Bea era el tipo de persona que supe desde el primer momento que me iba a volver loco en buen sentido de la palabra. Hablar con ella me hacía perder la noción del espacio y el tiempo y cada comentario ingenioso suyo me convertía en una especie de pelotillero que se descacharra con las bromas de su jefe. No paraba de tararear su nombre como si fuese una mala canción que no eres capaz de quitarte de encima. Me encontré bailando en la línea entre el deseo y la obsesión. Nuestros encuentros eran tan sorpresivos como fugaces y quizás ese era parte del encanto o del motivo de mi enganche y en más de alguna mañana aburrida de trabajo me encontré fantaseando con la posibilidad de que mis planes de tarde se cruzaran con los suyos y nos viésemos. Nunca llegó a pasar. Y un día uno de los dos se armó de valor y le propuso al otro un encuentro tête à tête, no fui yo. La idea fue ir a ver una exposición en un museo local y ver su amor por el arte no hizo más que elevar el concepto que tenía de ella. Era encantadora, alegre e ingeniosa a un punto casi insultante. Empezaba a preocuparme la borrachera de emociones a la que me estaba sometiendo con ella, era nuestro primer encuentro en estas condiciones y me estaba volviendo adicto. Salimos del museo y tras conocernos un poco más con una copa la acompañé un rato en su camino a casa.


-¿Sabes? Me lo he pasado muy bien. -Dijo cambiando de tema con una sonrisa de oreja a oreja. Noté como mi cara se sonrojó y como las palabras se me atragantaron. -Estaba un poco preocupada porque no fuera bien la cosa o que hubiera silencios incómodos, pero no. Contigo siento que no hay nunca incomodidad.

-Para mi también ha sido una gran tarde. -Escupí casi tartamudeando. -Ha sido un plan bastante distinto a lo que estoy acostumbrado y me gustaría repetirlo.

-Sí, estaría bien.

-Creo que esto va a sonar precipitado pero me gustaría que fuera mañana y pasado y al día siguiente. La verdad es que no quiero despedirme de ti en un buen rato. Me apetece seguir escuchando tu voz, notar mi cara roja por tu presencia y que la tarde de hoy no se acabe. Tengo la sensación de que no me podría aburrir de ti ni aunque me empachara todos los días y no decírtelo creo que es irresponsable. No sé que puedo aportar a tu vida o a la de nadie pero como me miras me cambia el día y no sé me gustaría creer que al revés es lo mismo que escuchar esto te está dando calor en el pecho.

-Rober... Lo siento. No creo que eso que describes esté pasando. No por mi parte. Y no sé muy bien que decirte. Creo que mejor que me vaya sola el resto del camino.


Me echó una última mirada de lástima antes de irse sin decir nada más. Yo me quedé congelado en el espacio y en el tiempo mirando como se iba hasta que giró a la derecha en una calle y ya se fue de mi rango de visión. Me senté en el borde de la acera y metí la cara entre mis piernas. No fui capaz de llorar, quizás no tenía motivos. El frío de la noche me arañaba la espalda y yo estaba encogido como un niño tiritando en su cama. Perdí la noción del tiempo que estuve ahí con esa mala canción envenenándome la punta de la lengua, incapaz de decir su nombre. Estaba siendo un otoño frío pero seco y mi calor en el pecho se había convertido en lluvia.

jueves, 14 de octubre de 2021

La noche

     Nunca creí en las segundas oportunidades hasta que la vida me dio a mi una. Durante meses Lara y yo nos habíamos tratado como desconocidos. Rara era la ocasión en la que uno de nosotros intentaba ponerse en contacto con el otro y cuando eso llegaba a suceder era el otro el que con una excusa o simplemente ignorando el acercamiento cortaba las alas a un reencuentro. Puede que ambos evitáramos empañar el recuerdo de aquella noche en la playa o que nuestro momento se había esfumado. No la había olvidado pero me negaba a creer que después de aquella noche valiera la pena tener una continuación. En la vida hasta las cosas buenas se acaban y si tengo que esperar a empezar pasar página que sea con una cerveza en la mano. Llevaba una hora solo en el bar pensando en llamar a alguien cuando me llegó un mensaje de Lara "¿Estás en el bar?", decidí llamarla y decirle que viniera. Cuando llegó me transportó a hace unos meses cuando gran parte de mi vida giraba en torno a esos pequeños encuentros que teníamos.


-Pensé que me seguirías ignorando.

-No te he ignorado en ningún momento Lara, ¿la verdad? No tenía claro si tú me querías volver a ver. No te culparía de ser el caso y tampoco quería que la lástima te arrastrase a volver a vernos.

-Eres bobo y para eso no hay cura. Hace bastante tiempo que dejamos atrás esa fase de tener que demostrar que queremos ver al otro, deberías haberme llamado si de verdad querías verme. ¿Es que ahora te has vuelto inseguro?

-Sabes que no es eso, pero no me apetece obligar a nadie estar en mi vida. Y es más fácil echarte que ver como te vas. 

-Por esa tontería te va a tocar invitarme a la próxima ronda y cuando acabemos me vas a llevar a bailar. No me importa que quieras estar un tiempo a tu bola, hasta prefiero que me dejes mi espacio; pero eres idiota si de verdad crees que me estás obligando a estar aquí contigo.


Bebimos entre risas dos rondas más antes de tener que cumplir mi promesa de "llevarla a bailar". Volvíamos a tener la misma química, la misma sensación de alegría tonta que me embriagaba cuando estaba a su lado. Bailamos a nuestra bola lanzándonos miradas y tras terminarme la cerveza de un trago me acerqué y la rodee con mi brazo por la cintura. Me miró y siguió bailando pegada a mi. Continuamos durante tres canciones seguidas hasta que ella se apartó sin decirme nada y siguió a su rollo. Me iba a ir a pillar otra ronda para los dos pero me agarró del brazo, me giré y me agarró del pelo arrastrándome hacia abajo para besarme. Me pilló de sorpresa y tardé dos segundos en reaccionar. No tengo claro cuanto duró el beso pero si aquella noche en la playa fue magia, esta noche fue fuego. Puso su mano en mi cuello y me llevo contra una pared y no podíamos separar nuestros labios. Cuando por fin paramos, yo respiraba entrecortado y me ardía todo el cuerpo. Me agarro de la muñeca y me sacó fuera del local. Me dijo que me acompañaba a casa. Por el camino me hablaba de su trabajo, que estaba ilusionada y que quizás se iba a ir de viaje en unos meses. Yo la escuchaba y me costaba creer que pudiera estar tan tranquila después de lo que acababa de pasar. Llegamos a mi portal.


-Bueno, ha sido una buena noche.

-¿Quieres subir a tomar una última?

-Estoy cansada y la verdad...- Se acercó, me agarró por fuera del pantalón y me soltó un breve beso en la boca. -Creo que es mejor que nos vayamos a dormir con el recuerdo de esta noche.

-Lara...

-No te hagas el remolón y llámame.


Se fue sin decir nada más y sin mirar atrás. Subí a mi casa. Me di una ducha y me metí en cama. Que la llamara dice. No podía pensar en cada una de las facetas de Lara: la divertida, la que hacía que me sintiera como un adolescente, la que me aportaba tranquilidad con solo su presencia y ahora esta versión que dejó cada fibra de mi cuerpo deseándola. ¿La volví a llamar? Por supuesto. Pero nunca volvió a aceptar que nos viésemos. En ocasiones nos ponemos al día con nuestras vidas como si fuésemos dos viejos amigos, como si nada de esto hubiese pasado. Es imposible saber que habría pasado con nosotros de haber hecho las cosas de otra forma pero ha sido más difícil de lo que pensaba ver como se fue.

sábado, 5 de junio de 2021

Dos borrachos

     Estar con Lucas suponía dos cosas: beber y debatir sobre lo cotidiano hasta tener el corazón un poco más triste que cuando nos tomamos la primera copa. Esa noche no iba a ser distinta. La vida no nos estaba dando cuartel y no estábamos sabiendo jugar nuestras cartas. Esto se podría apreciar en el ritmo en el que se vaciaban las latas de cerveza y en que la pesadez que iba por dentro nos producía una incapacidad para que el debate se calentara. Las conversaciones se sucedían y con ellas llegó la melancolía. Esa melancolía que se produce cuando estás en territorio amigo y la bebida llega tanto al pecho como a la cabeza. Él llevaba un tiempo queriendo sacar un tema y rodeándolo con otros banales y yo tampoco sentí la necesidad de presionarlo. Su locura, sus tiempos. Cuando por fin se sintió capaz de ir a por el tema que le corroía no supe predecir que era un viaje para ambos.


-Tío, ¿cuándo crees que dejamos de odiar?

-No puedes pasar de hablar de fútbol a hacerme esta pregunta cabrón.

-A ver gilipollas.

-Vale, déjame aclarar los pensamientos. -Con solo tres palabras supe que la pregunta era importante para él y di un largo trago para ordenar todo lo que se me vino a la cabeza cuando hizo la pregunta. Era un tema sobre el que había pensado y que apareciera en mi vida en este momento parecía una mala casualidad.- No sé cuando dejamos de odiar pero, y déjame terminar; para mi tiene tres etapas. Sé que va a sonar a una de mis turras pero creo en las tres etapas. Recuerdo estar emponzoñado por el odio y vivir por y para él. Me consumía, me dolía cada día pero no era capaz de dejarlo ir. Odiar era lo único que daba sentido a que cada mañana me levantara de cama. Sé que suena patético y ahora lo pienso y lo es, pero cuando estás metido en ese pozo tiene sentido. Odiar de verdad a veces significa perder incluso el recuerdo de los motivos que te llevaron a ese punto y es en ese momento cuando no eres capaz de funcionar sin ese sentimiento amargando cada una de tus acciones de tu día a día. Pero el tiempo pasa y ese odio deja de tener sentido y da paso a la vergüenza. Si el odio duele la vergüenza pesa. Te obliga a cada día llevar el recuerdo de todos esos actos que hiciste en el pasado y te hace ver lo estúpido que has sido durante tanto tiempo. Es necesaria pero es desagradable, como tener todo el rato la ropa mojada. Si durante un tiempo no eres capaz de mirar atrás y ver que eras imbécil has hecho algo mal. Quizás es porque yo siempre he sido bastante sinvergüenza pero no dura tanto y menos mal, si lo paso mal en verano todo sudado imagíname con esa ropa metafórica eternamente mojada... Pero bueno, todo pasa. Y llega el perdón. El perdón es agradable, como un primer trago rodeado de amigos. No sé si todo el perdón se centra en el dolor inicial o también en perdonarte a ti mismo o un poco de todo. Es una reconciliación contigo y con el mundo y te diré que solo le falta sexo de reconciliación para ser perfecto. Te aligera y te reconforta. El día que te puedes perdonar es un día para recordar. Lo siento tío, me he liado con la respuesta pero lo dicho, no sé si dejamos en algún momento de odiar pero para mi tiene esas etapas.

-Deberías dejar de hacer el idiota con tu vida y escribir.

-Debería abrirme otra cerveza y ponerte otra a ti en la mano antes de que sigas diciendo tonterías.

-Eres un cobarde.

-Ahora mismo te odio por ello pero que sepas que algún día nos perdonaré.


Se rio como solo un buen amigo se ríe cuando tu broma es terrible. Aceptó la cerveza que le puse en la mano y continuamos bebiendo. Aquella noche nos quedamos bebiendo hasta casi el amanecer. Fue divertido. No creo que se pueda rescatar alguna conversación más de esa noche pero sí que mi pequeño discurso pareció reparar algo en Lucas. También algo en mi. No escribí pero tardé mucho tiempo en volver a odiar.

viernes, 23 de abril de 2021

No volver

     Podría esperar que mi pasado intentase atraparme una noche mientras estaba borracho pero nunca imaginé que llegaría durante una resaca. Era consciente de que en las últimas semanas Marta rondaba a mi entorno preguntando por mi y decidí que la mejor estrategia era ignorar todos los cantos de sirena que anunciaban su proximidad. Fingir que no pasaba nada duró un tiempo y el aciago día del abordaje que llegó por sorpresa en medio de una resaca. Era un mensaje. Uno bastante largo. La mitad de lo que decía no tenía sentido para mi en ese momento pero me dejaba claro una cosa: quería hablar. Durante un buen rato me quedé mirando la pantalla de mi teléfono sin saber muy bien que hacer, la situación y la resaca me tenían embotado. Fui a por dos cervezas a la nevera y me senté delante del ordenador dispuesto a escribirle. Hicieron tres visitas más a la nevera hasta poder encontrar las palabras.


    "Me gustaría pensar que este es el inicio de una disculpa por todas las veces que pude haberte alejado de nosotros pero de la misma manera que cuando nos conocimos, no sé hacia donde voy. Creo que tu mensaje no me pilló por sorpresa pero si desprevenido. Ya ha pasado bastante tiempo desde que no pienso y no quiero pensar en ti. He sufrido bastante por tu recuerdo y sentía que no podía avanzar, que era preso de los buenos momentos y seguía encadenado a todos los recuerdos dolorosos que nos dejamos. Ha sido muy difícil compaginar recordar nuestras conversaciones en la cama hasta altas horas de la noche con la última conversación que tuvimos llena de reproches, tu sonrisa cada vez que quedábamos con tu mirada de desprecio la última vez que nos vimos, el calor que me dejaba en el pecho tu olor y como me heló hasta el alma todo el daño que nos hicimos. Si ahora fuésemos a tomar una café es probable que lo que parece una reunión sin maldad se convierta en una colisión que termine por arruinar todos los recuerdos buenos que atesoro de nosotros. Me gustaría verte, saber que te va bien en la vida y poder tener la posibilidad de crear un buen recuerdo juntos que derrumbe la amarga despedida. Son incontables las noches que he pensado yo en dar ese paso pero quiero pensar que si no lo hice era lo mejor para ti y también para mi. Te "


Cuando desperté encontré una buena cantidad de cervezas vacías y un texto sin terminar. ¿Qué quería decir después de ese "Te"? ¿Te quiero? ¿Te extraño? ¿Te odio? ¿Te olvidé? ¿Cómo me sentía con respecto a Marta? La cabeza me dolía demasiado y me di una ducha en la que no dejé de pensar en cómo podría terminar ese texto. De la misma manera que yo me sentí durante mucho tiempo incompleto al irse Marta de mi vida solo había sido capaz de escribir una despedida a medias. ¿O era la puerta a una posible reunión? Cuando salí de la ducha me sonaba el móvil. Era Lucas. No me había olvidado que había quedado con él pero tenía la cabeza tan alborotada y me dolía del segundo día de resaca. Le dije que estaba en mi portal en cinco minutos. Me puse lo primero que encontré. Volvía mirar la pantalla del ordenador. Borré el texto y lo apagué. Salí por la puerta tranquilo. Era mejor no volver.

miércoles, 29 de julio de 2020

Diario de guerra

Es viernes. En unas horas la gente de bien despertará para empezar su sábado. Yo no soy una de esas personas.Estoy solo, triste y borracho. Estoy en la mesa de la cocina haciendo el mayor de mis esfuerzos para mantener la mirada en el teléfono. Miro su número de teléfono. Llevamos tres semanas sin saber nada del uno del otro. De manera oficial claro. A estas horas debería estar en la cama. Quiero llamarla. Miro como como los hielos de mi copa apenas existen. Me paso la mano por mis ojos cansados. Respiro hondo. Me quito los pantalones. Pulso la marcación automática. Primer tono. Segundo tono. Tercer tono. Cuarto tono, espera; se corta a la mitad.

-¿Diga? ¿Quién es?
-Sé que no es la mejor hor...
-¡No! ¡No, no, no, no! ¿Estás de coña Rober?
-Mira, necesito un momento. Solo será un momento y se acabó.-Noto un suspiro largo que me indica que me va a escuchar. Durante un momento tengo ganas de acabar la copa pero decido tomar aliento y aclarar las ideas y lo más calmado posible le digo.-Ya no sé cuantas veces hemos estado en esta noche, en este momento. ¿Cuántas veces nos hemos ido para siempre el uno de la vida del otro? ¿Cinco? ¿Seis? ¿Importa? ¿La verdad? Estoy cansado. Estoy cansado de tener que llamarte de madrugada, de que discutamos, de que nos ocultemos cosas, de beber demasiado para olvidarte, de vivir en esta guerra eterna... Joder, esto no tendría que ser así. Sé que me quieres, lo sé maldita sea. Y yo adoro ver tu silueta a través de la mampara cuando te duchas, como hueles por las mañanas, tu sonrisa tras cada beso y podría seguir así toda la noche. Pero el tema no es ese. Te llamo porque estoy en casa de un amigo solo y no puedo parar de pensar en como construimos un hogar, un sitio donde siempre podíamos volver el uno al otro. Eso tiene que significar algo. En este punto tenemos claro que no vamos a cambiar pero tenemos que aceptarnos. Tengo una copa delante y solo quiero salir de aquí corriendo, llegar a junto tuya y ver como me abres la puerta con tu cara de enfado por mantenerte despierta a estas horas y besarte. Sé que parezco idiota siempre chocando con la misma piedra pero ahora mismo quiero romperme la cabeza si es necesario. Me gustaría verte ahora mismo y matarnos como solo nosotros sabemos. ¿Qué me dices?
-Mira Rober... Date una ducha, no quiero que huelas a alcohol, idiota.
-Dame media hora.

Cuelgo. Otra vez ella. De nuevo, por enésima ocasión. Es probable que todo vuelva a fracasar, me da igual. Abro la ducha y mientras el agua se calienta pienso en todos los errores que hemos cometido en el pasado. Siento que podemos ser mejores y me lo creo. Entro en la ducha y tarareo la canción que me recuerda a ella. El agua todavía no está caliente pero lo estará. Yo no sé si estoy listo para volver a verla pero lo tendré que estar. 

viernes, 12 de junio de 2020

La llamada

Todo lo que me ha importado lo he roto o me ha hecho daño. Ese pensamiento me encadena a la apatía cada mañana y me mantiene en vela cada noche solitaria. Y ya ni escribo si no he vaciado varias copas anteriormente o si la resaca me obliga a vomitar palabras. Y miro la pantalla y las horas siguen pasando. ¿Qué ha sido esta vez? ¿Has roto algo o te han hecho daño? Y solo pienso en escribir para que esos pensamientos se escapen en medio de la escritura. Suena el teléfono. Es un error del pasado, uno que cometí yo.

-¿Rober? ?Estás ahí?
-Sí, dime.
-Solo quería saber si estás bien.
-Estoy como la última vez que hablamos, igual de borracho, igual de imbécil e igual de perdido. No ha cambiado nada.
-No tienes que ser así conmigo, nosotros antes...
-Antes. Del nosotros solo queda el otros, porque eso es lo que somos, otros, extraños el uno para el otro. No voy a discutir por teléfono.
-No te he llamado para eso, lo sabes.
-Lo sé, pero sigo igual de imbécil y discutiremos. Lo siento, tengo que colgar, cuídate.

Antes de que pueda decir nada cuelgo y me alejo del teléfono. Asomo la mirada por la ventana. Por lo menos he sido sincero, casi del todo. Porque es cierto que estoy borracho y que soy un imbécil pero creo que cada día estoy mas perdido. Quizás debería salir a que me de el aire. No lloro, ya no. Pienso en ella, en que tenía buenas intenciones depositadas en un mal lugar. Pienso en mis malas decisiones del pasado. Pienso que quizás debía escucharla. Miro al teléfono. Dudo. Rescato una cerveza de la nevera y me tumbo en la cama. Como puede llegar a doler la vida.