jueves, 28 de junio de 2012

Tetas de colegiala

Lamerse las heridas ya no servía para aliviar aquel terrible dolor, la cerveza no era capaz de ahogar aquel lastre que llevaba conmigo el suficiente tiempo como para que sus marcas internas fueran visibles, los recuerdos se agolpaban por las noches en mis sueños. Aquellos recuerdos maravillosos reptaban del submundo del subconsciente para aparecer en forma de pesadilla. De la posible gloria alcanzada en el pasado solamente quedaban cenizas que me amargaban el sentido del gusto. Aquel éxito pasado me había vuelto arrogante, me vi como un faraón cuando en ningún momento dejé de ser un esclavo que azuzado por el látigo del capataz se arrastraba en pos del beneficio de un ser más grande que yo. Mis quince minutos de gloria me habían dejado un poco de dinero del que apenas me quedaba para subsistir unas semanas, algunos conocidos en el mundillo y un terrible dolor en las manos de intentar aferrarme a un escalón muy por encima del mio.

Tuve que dejar de enviar mis escritos por medio de cartas a mi editor para ahorrar y me pasé al correo electrónico, algo a lo que siempre me había negado. Incluso probé enviando algunas cosas a otras editoriales y siempre con respuesta negativa. Estaba empezando a notar la presión económica y mis escritos no conseguían emocionar a nadie. Algunas de las mujeres que habían venido a mi apartamento durante la época de presentación de mi primer y único libro ya no contestaban a mis llamadas. El autor de "Cerveza en los muslos" se había esfumado del mundo de la creación por la puerta de atrás y sin hacer ruido. Miraba cada día mis antiguos escritos, releí mi novela hasta seis veces y dedicaba a mis escritos la mayor parte de mi tiempo para seguir recibiendo respuestas negativas. No me iba a rendir. Probé con la poesía, respuestas negativas. Probé con el ensayo y el teatro para seguir recibiendo respuestas negativas. Mi editos en cada respuesta encontraba diferentes para rechazarme, sugerencias para inspirarme y me explicaba lo duro del mundo editorial en estos tiempos. Los duros tiempos habían llegado para mi, me alimentaba de cerveza barata y chocolate. Durante la mayor parte de la creación de "Cerveza en los muslos" me había alimentado de chocolate y creó esa superstición en mi, el poder del dulce se esfumó.

Me llegó un mensaje de mi editor, una compañía preguntó por mi para hacer un guión, leyeron mi novela y creían que era el perfil de escritor que necesitaban para su película. Durante un momento pensé que la suerte me comenzaba a sonreir. Continué leyendo y pude observar que era una empresa de cine para adultos y que estaban interesados en que hiciera el guión para una película erótica en un internado de mujeres. Tuve que leer esta parte varias veces con incredulidad, ¿estaban en serio? Llamé por teléfono a mi editor para confirmar la oferta y me dijo que estaban totalmente en serio y que si aceptaba la propuesta llamara al número de teléfono de la carta para concertar una entrevista, firmar el contrato y recibir el primer pago. Pagaban bien pero no me apetecía acabar haciendo diálogos infantiles para justificar escenas sexuales entre una alumna y su profesor. ¿Profe, como he suspendido puedo hacer recuperación oral? ¿Profe, lleva el borrador en el bolsillo o se alegra de verme? Necesitaba dinero y llamé. Me dieron una dirección a las afueras de la ciudad y la hora de la reunión bien temprano por la mañana.

Cuando llegué al despacho del dueño de la cinematográfica, me quedé sorprendido al ver a un chaval de apenas treinta años dirigiendo ( por lo que pude ver en internet ) la cinematográfica más potente de cine para adultos del pais. A su lado había un hombre calvo, obeso, con gafas de sol y una barba espesa como la que yo siempre me quise dejar y nunca pude debido al vello de púber que siempre tuve. Desde el primer momento hablaron de lo contentos que estaban de poder contar conmigo para el proyecto más importante que iban a emprender. Querían conseguir una película en la que iban a reunir al mejor elenco de estrellas y la mejor dirección para crear una película biográfica para adultos. Se disculpaban por haberme dado datos incorrectos en la carta, pero el tema de las filtraciones de ideas estaba a la orden del día. El proyecto parecía más grande que una simple película para pajilleros, cuando les pregunté el personaje al cual iban a pasar a la pantalla mi sorpresa no pudo ser mayor. ¿A mi? No, no puede ser. Tampoco me podía creer el sueldo que ofrecían. Acepté, el plan era hacer ocho escenas que repartiría como yo quisiera entre momentos de mi vida, que yo debería crear la ambientación y la conversación hasta el momento sexual o hasta donde viera conveniente. Debía entregar todo en menos de dos meses e ir informando semanalmente de mis avances y en el contrato se incluía que debía de estar durante las grabaciones y selección de actores para que opinara en todo momento. Mi novela había impresionado a aquel directivo que apenas tendría dos o tres años más que yo.

Me puse con la primera escena, quise relatar una escena de mi instituto tras un breve resumen de mi infancia, apenas empezara con el diálogo sobre mi primera relación sexual en los baños de mi instituto cuando llamaron a la puerta. Si algo extraño podía suceder era la aparición de Natalia, en cuanto empezaron a irme mal las cosas cogió todo lo que pudo y se fue del piso dejando una nota y algunas de sus prendas en el armario.
-¿Interrumpo algo?
-Estaba con un proyecto...
-¿Tú? El otro día estuve con algunos de tus amigos de la editorial hablando y algunos dicen que estás acabado.
-Pues entonces deja a este acabado y lárgate.
-Vine a ver qué tal estás.-Colocó su cuerpo entre la puerta y el marco para que no lo cerrara.-¿Estás bien?
-Estoy con un proyecto trabajando.
-¿Te impide eso tomar algo con una vieja "amiga"?
-Pasa.
-Esto está hecho un desastre.-Entró evitando pisar cualquier cosa que dejara por el suelo, envoltorios de chocolate, latas de cerveza, ropa usada; aquello convertía el suelo de mi apartamento en un divertido juego para evitar toda la porquería. Finalmente se sentó en mi silla delante de mi portátil.-¿Este es el famoso proyecto? ¿Puedo ver de que trata?
-Mejor no, todavía no...
-Esto parece tratar sobre ti... Esta chica del instituto que nombras, ¿no fue tu primera novia?
-Si, deja eso mejor.
-¿La de las tetas de colegiala?
-¿Puedes dejarlo?
-No está mal, pero le falta chispa, ¿tienes algo de beber?
-Cerveza, ya traigo dos de la nevera.
-Perfecto.

Nos sentamos como en los viejos tiempos a leer mis escritos y ella se reía de mis errores mientras yo le recordaba lo mucho que le gustaban esos errores cuando se los escribía a ella. Acabamos en la cama, ella encima mia como en los viejos tiempos, yo con la película y la escena en la mente, borracho, subí mis manos por su cintura y apreté ambos pechos. "Estos son unos buenos pechos de colegiala".

lunes, 21 de mayo de 2012

Heridas de guerra

Si alguna vez existió vida inteligente, se había transformado en un hombre. Aquella certeza me enfermó aquella noche entre las sábanas de mi cama; necesité cubrirme lo máximo posible para que la oscuridad no se burlara de aquella masa de carne despreciable que es encontraba en sus garras. El optimismo con el que me despertara aquel día estaba tan lejano que me hizo sentir más viejo en aquel momento. Me encogí en la cama sintiendo el dolor de mi ojo que ya estaría bastante hinchado y de mi tronco allí donde se empezarían a acumular los moratones causados por las patadas. Nunca había errado tanto a la hora de llevar a los extremos mi verdad, nunca había salido tan mal parado por el mismo motivo. Busqué una posición donde la multitud de golpes no me molestaran y borré todo pensamiento de mi mente para poder acostarme después de un día horrible.

Cuando me desperté, nada había cambiado. Me palpé la cara con cuidado para comprobar muy a mi pesar que me dolía al contacto y que parecía bastante inflamada. Me dolía todo el cuerpo. Me incorporé y fui directamente al baño, para mi alegría no meaba sangre; me miré al espejo y mi cara daba asco. Mi excasa visión por el ojo izquierdo ya me lo indicaba, tenía el ojo bastante hinchado y apenas era capaz de abrirlo, tenía restos de sangre bajo la nariz y en los labios que también se mostraban con una inflamación importante por el lado izquierdo que había dejado de ser mi lado bueno. Me quité la sangre con un poco de agua y cogí ropa para ducharme, cuando me quité la camiseta con la que dormí pude ver varios moratones por mi torso, marcas evidentes de las patadas que me habían dado. Aquella vez, la ducha no la sentí reparadora, mientras el agua caliente me golpeaba recordé lo acontecido durante la formación de mis heridas de guerra. Estaba bebiendo y aquel tipo hizo algo, no estoy seguro de lo qué, recuerdo gritarle y como me empujó mientras me indicaba que nos fueramos a terminar eso a la salida. Yo estaba solo y él con unos amigos, no se metieron. Me lancé a él y lo derribé, ya sobre él comencé a golpearle pero se cubría y mis golpes no parecían hacerle nada. Me ardían los puños, podía haber seguido toda la noche. Escuché que me llamaban, había quedado con Miranda; la busqué con la mirada y sentí el golpe en la cara. A partir de ahí todo se vuelve lejano. Me golpea más veces en la cara y noto el calor de la sangre, se levanta y escupo sangre, me patea el estómago y escucho a sus amigos decirle que pare mientras yo me quedo con la cara en el suelo. No encuentro a Miranda.

Al salir de la ducha me vuelvo a mirar en el espejo y por suerte no me falta ningún diente. Apenas tenía para comer, sería un golpe duro para mi cartera tener que invertir en mi dentadura, aunque perder los dientes podría ser parte de la solución a mis problemas para alimentarme. Me vestí de una forma sencilla y miré el teléfono, Miranda no había dado señales de vida. ¿Debería llamarla? Lo mejor será que me acerque a su casa. Me puse la capucha de la sudadera para evitar que se viera mi rostro y salí a la calle. El sol pegaba casi tan duro como a mi el día anterior y era un poco estúpido llevar la capucha, pero mejor eso a las miradas de los conocidos que a saber que rumores correrían sobre mi aspecto o le llegarían a mi pobre madre que ya tenía suficientes problemas como para añadirle un hijo descarriado con problemas para no meterse donde no le llaman. Cuando llegué al portal de Miranda, la puerta estaba abierta, ¡por fin algo de suerte! No quería que el primer intercambio de palabras fuera indirecto, tenía que tenerla cara a cara. Subí por las escaleras hasta el cuarto piso donde vivía y llamé al timbre. Eran las cuatro de la tarde de un domingo y se escuchaba a través de la puerta la música que se suele poner cuando está leyendo. Me abrió la puerta.

-Tienes un aspecto de mierda.
-Me esperaba otro tipo de recibimiento o por lo menos que me preguntaras qué me ha pasado, qué tal estoy... No sé, algo así.
-¿Qué te ha pasado? ¿Qué tal estás? Pobrecito, ¿necesitas algo?-El tono de voz burlón me asqueó pero no iba a caer en su trampa y me mantuve en silencio esperando.-¿Para qué viniste?
-Ayer habíamos quedado y obviamente la jodí, venía a disculparme.
-No tienes que hacer nada, puedes irte tranquilo.
-¿Puedo pasar?
-Estaba leyendo, estoy seguro que has reconocido la música.
-Sigur Rós, me pegaste ese grupo para leer, ¿hablamos?
-Déjame pensar.-Desde que me abrió la puerta, no había bajado la barrera con la que protegía la puerta, su cuerpo formaba una muralla física y psicológica que me intentaba impedir a toda costa no que yo entrara, el hecho de perdonarme todas las estupideces. Su cuerpo se relajó y por fin dijo.-Pasa idiota, un día de estos perderás del todo mi generosidad.
-Gracias, ¿tienes una cerveza?-Mientras me dirigía a la nevera me fijé en como iba, aquella camiseta de tirantes que mostraba el suficiente canalillo como para volverme loco el único ojo que tenía en buen estado, esos pantaloncitos cortos vaqueros que daban a conocer el inicio de aquellas nalgas que en el pasado me había pasado horas mordiendo, iba descalza y con el pelo recogido en una cola de caballo, sin maquillaje, se tumbó en el sofá con las piernas estiradas y no pude recordar el tiempo que había pasado desde que la viera tan hermosa, estaba radiante.-Necesito una.
-Creo que quedan unas pocas desde tu última visita, traeme otra para mi.
-Vale faraona.-Tomé los dos botellines y el abridor y me senté en el sofá y ella colocó sus piernas en mi regazo como antes, como si nada hubiera cambiado. La miré a los ojos mientras le entregaba la cerveza y me pagó la bebida con una sonrisita pícara.-Siento lo de ayer.
-Un idiota nunca dejará de ser un idiota.
-Aquel tipo... No sabes... Me sacó de mis casillas, no me acuerdo exactamente de lo que pasó pero...
-Lo que pasó es que te dejó la cara hecha un cromo, Rober, ya no eres un crío, no puedes ir por ahí repartiendo golpes como si fueras un justiciero, no puedes ir por ahí pensando que vas a vivir de cuatro poemas que te publicaron hace cuánto, ¿un año? No puedes seguir así, vas a tocar fondo y yo no quiero estar cuando el momento llegue.
-Estoy atravesando un mal momento, lo sé, pero joder, nosotros somos buenos juntos, los mejores.
-Y yo estaré cuando quieras, pero no me pidas que bucee contigo en ese océano de mierda.

Seguimos hablando y bebiendo, las palabras se tornaron en nostalgia y buenos recuerdos y acabaron convertidas en dolor en forma de discusión. La bebida y los sentimientos nos llevaron a la cama. Aquella cama gigante que durante un tiempo fue nuestro reino era un terrible desierto de recuerdos moribundos. Cuando me quitó la camiseta pude ver como acaribiaba los moratones con delicadeza y besaba suavemente uno a uno. Me puse sobre ella y me pasó la mano con suavidad por el ojo hinchado, lo cerré y apartó la mano con miedo de hacerme daño. La besé y mis manos volvieron a cabalgar por aquellos muslos. Notaba su calor y su humedad, giramos por la cama y terminó encima mia, una gota de sudor bajaba entre sus pechos y me acerqué con la lengua fuera como un sediento a recogerla, pero ella me empujó contra el colchón y volvimos a ser uno.

Nos dimos la espalda y nos echamos a dormir. Cuando me desperté, miré el reloj y era la una de la mañana, debía irme. Miranda estaba a mi lado dormida, desnuda. Miranda todavía me quería, no podía hacerle eso. Me vestí con mucho cuidado de no despertarla, recogí las cervezas que habíamos estado bebiendo y le escribí una nota de despedida, algo sencilla. Miranda no se merecía todo el daño que le estaba causando, ahora estaba seguro. Me volví a mi casa con la capucha puesta, esta vez no eran las marcas de los golpes de la noche anterior lo que quería ocultar.

lunes, 23 de abril de 2012

Se terminó el odio

El tópico del hombre que no se entiende con las mujeres es una situación que siempre me fue familiar, no en el ámbito de llegar a no entenderlas en absoluto, pero había llegado a la conclusión de estar preparado para lo inesperado y lo peor con ellas; con todo eso, llegaban a sorprenderme en numerosas ocasiones. Esa locura que caracteriza a las mujeres y en especial a las que me rodeaban se convinaba con una extraña fuerza que conseguía que mujeres con grado de locura mayor a la normal vinieran a mi o yo acabara en dirección a ellas. Mi destino se perfilaba como vigilante en un manicomio para mujeres.

Mientras añoraba un pasado que intentaba olvidar me dedicaba a meditar sobre mi error más reciente, aquella conversación que había terminado en bofetón con Eva. Mi comportamiento había sido extraño esa noche, de cara a la galería podría decir que era fruto de la bebida, pero en mi interior me autoflagelaba por haber sido tan estúpido aquella noche con ella. Si ese era mi verdadero yo, estaba claro que era comprensible que pasara las noches desde hacía bastante tiempo en absoluta soledad. Tras los acontecimientos con Eva, mi visión sobre mi mismo había cambiado a peor. No podía pensar en lo merecida había sido la marca rojiza en mi mejilla que lucí tras hablar con ella y que de una manera un tanto precaria intenté disimular. Desde entonces habíamos coincidido en un par de ocasiones pero aquella joven que había pasado una noche en mi cama no era capaz de dirigirme ni una mísera mirada, sus motivos tenía. Pero era muy difícil que dejáramos de coincidir: amigos en común y lugares de reunión similares lo impedían cada fin de semana.

Era sábado y no dudaba de que esta noche Eva volvería a estar presente una vez más y que por octava vez pasaría ante mi intentando que mi presencia fuera tan importante para ella como el desgaste del suelo que pisa. Quedé con unos amigos para cenar fuera de casa, unas cervezas y algo insano que aportara fuerzas para salir aquella noche. Volví a mi casa y en la ducha encontré las fuerzas que la bebida y aquella hamburguesa no me pudieron dar. Era complicado querer salir en aquellos días donde la monotonía había enfermado incluso a un sentimiento tan cambiante como el odio. Pero una ducha lo cambiaba todo. En una ducha era capaz de cantar con alegría a pesar de tener mierda hasta el cuello, en la ducha los aromas de geles y champús me embotaban los sentidos más que cualquier licor, el calor del agua por mi cuerpo relaja los músculos y me hacía sentir indestructible.

Cuando salí de casa, decidí que necesitaba un buen trago y apresuré a mis compañeros de nocturnidad para llegar al local, al de siempre, donde nos conocían y sabían que pediríamos. Empecé con cerveza, un clásico, la marca de ella se mostraba bajo mi pecho en forma de pecaminosa barriga. Eran muchas de las marcas de una vida con muchos pequeños excesos y pocas compensaciones. Mientras mis amigos cacareaban en corro yo bebía ligeramente apartado mientras escuchaba lo que me contaba el camarero sobre el partido de aquella tarde, yo asentía a todos sus comentarios; mis ganas de recordar el nefasto resultado de nuestro equipo eran nulas. Pedí más cerveza y me autodeterminé a que aquella noche no le sería infiel a la bebida espumosa. Me encontré pensando en Eva, quería verla, quería que me mirara con sus grandes y curiosos ojos marrones y se abrió la puerta en ese preciso instante. Por ella entró Marta, una antigua amiga con la que intercambié copas y noches antes de que el infierno llegara, me vió y se acercó sonriente. Y comenzó la típica charla de falsa nostalgia entre ambos. Marta había cambiado para bien y a ella no parecía desagradarle lo que el tiempo me había hecho. Era divertido el juego de la amnesia temporal y transitoria sobre el haber tenido sexo, pero seguí el camino que ella me marcaba y del que parecía disfrutar cada vez más con el paso del tiempo. En medio de ese juego a Marta se le escapó una invitación a enseñarme no sé que asunto en su casa que me iba a gustar, creo que un libro del que la había hablado o algo así, acepté. Había bebido y me sentía impetuoso. Vi entrar a Eva, me disculpé con mi acompañante y me acerqué a la recién llegada.
-Puedo... Mejor dicho, ¿podemos hablar?
-No tengo nada que decirte.
-Pero a mi me gustaría disculparme. Fui un idiota, de alguna forma herí tus sentimientos y espero que a pesar de llegar tarde pueda enmendar mi error.
-La verdad es que no sé que decir.
-Podrías empezar aceptando quedar un día para demostrarte que mis disculpas son sinceras y...
-¿Y?
-Pues... Había pensado que... Bueno, que podríamos conocernos, ¿no?
-De momento acepto las disculpas.
-Es un paso, gracias de veras.
-¡Rober! ¿Te queda mucho?-Desde la barra Marta me llamaba y tanto Eva como yo nos giramos para verla.-Ya pagué, cuando quieras...
-Eva, esto... Es Marta una vieja amiga y...
-Ya veo que estás ocupado, no te molesto más.

Tras esas palabras Eva se incorporó a su grupo de amigas que la estaban esperando. Marta se me enganchó al brazo y noté que el alcohol le había afectado más a ella que a mi. Antes de salir por la puerta pude mirar por última vez aquella noche a Eva, ella también me miraba, fría, con un gesto más recto que cuando me había golpeado. Aquella vez el golpe lo había sufrido ella, en el orgullo. Me sentí podrido por dentro. No estaba haciendo nada malo, pero dentro de mi se forjó un sentimiendo oscuro que me produjo unas ligeras nauseas. Llegué a casa de Marta y tras ver el libro me despedí de ella con unos cuantos besos por los viejos tiempos, me invitó a quedarme pero le indiqué que no estaba bien y ella comprensiva me dejó ir. ¿Por qué dejé escapar a una mujer como Marta? En el camino a casa me encontré a Eva, ¿qué podía decirle? Lo que estaba claro es que tenía que decirle algo.

-Lo he vuelto a hacer, perdón.
-No has hecho nada.
-No hace falta que mientas.
-¿Qué te pasa en la cabeza?
-Si lo supiera serías la primera en enterarte. Es este odio que llevo dentro, esta negrura que me consume y hace que las buenas personas que me rodean acaben jodidas. Por eso bebo, no soluciona nada, pero por lo menos me deja lo suficientemente idiotizado como para no crear problemas a mi alrededor.
-¿Te das cuenta de lo que haces?
-En la mayoría de los casos.
-Tienes que parar.
-Si pudiera no estaría tan solo.
-Me tengo que ir, estoy cansada.
-¿Sigue en pie lo de ir a tomar algo juntos?
-Llámame cuando los problemas se vayan.
-Lo haré.

Nunca la llamé. Nos volvimos a encontrar varios fines de semana e intercambiamos palabras, estuvo bien. Pero aquella noche decidí que Eva ya había visto demasiado de mi mierda y me fui a casa sabiendo que no la llamaría, que aquella chica no se merecía vivir un infierno como el mio, que no volvería a las garras del monstruo. En casa me abrí una lata de cerveza y miré con cierto aire de añoranza la ropa interior que se había olvidado en mi casa y que no había devuelto. Eva, yo habría sido tu fruta prohibida. Esa noche dormí bien, por una noche el odio había desaparecido.

jueves, 29 de marzo de 2012

Nos odio de cualquier forma

¿Qué había pasado aquella noche entre Eva y yo? De aquel encuentro nocturno me quedaba la anotación que borracho había escrito y la mitad de la ropa interior que me había dejado dentro de mi cuaderno de anotaciones. En un acto extraño y que quise considerar de buena fe, le había devuelto el sujetador que había dejado como pago por mis servicios, el culotte me impedí entregarlo. Era la única prueba física y real que me recordara lo que sucediera en mi cuarto aquella noche de la que no me acuerdo de nada y que Eva dice tampoco recordar. Apenas hablé con ella desde entonces, no es que quisiera, pero me habría gustado estar seguro que decía la verdad. Mi relación con Eva no llegaba a ser ni amistosa, no me atraía más allá de aquel cuerpo desnudo devolviéndole la vista a un hombre resacoso; pero tenía el presentimiento de la frialdad con la que nos tratábamos el uno al otro ocultaba algo más que diferencias personales. Que aquella mujer y yo no teníamos una relación precisamente de amigos lo tenía claro, nos habíamos acostado juntos y al día siguiente nuestro lado más racional repudiaba los hechos, ¿por qué habríamos acabado en la cama entonces? ¿Qué empuja a dos personas de distintos mundos a unirlos?

Era sábado y esa noche con toda seguridad me la encontraría por la noche. Sentí ganas de quedarme en casa y recibí un mensaje al teléfono de Bruno para salir, acepté. Cenaríamos en mi casa viendo fútbol, no era un partido que me llamara la atención pero era difícil que alguno lograra cautivarme a no ser que fuera de alguno de los equipos a los que sigo. Me toqué la cara y noté como rascaba, debía afeitarme y me puse a ello antes de que vinieran mis amigos. Mis ganas por salir no eran altas, las de afeitarme menores, pero la primera cerveza tras eliminar el bello de mi cara hizo que mis papilas gustativas le pidieran una oportunidad para salir al resto del cuerpo. Mi cuerpo, mi cuerpo volvía a empezar a perder la forma humana que había recuperado y que la dejadez de la vida monótona estaba matando. Empezaba a no sentirme bien con todo esto, conmigo mismo, con la rutina de emborracharse día si y otro también, de la gente, de echarla de menos. No recuerdo cuanto tiempo había pasado desde que nos dijimos el último adiós, pero ninguna de las mujeres que llegó tras su marcha fue capaz de conseguir que le diera la bienvenida. Todavía pienso en ella, todavía veo posibilidades en el infinito y árido desierto que quedó entre nosotros. Decidí que necesitaba otra cerveza y llegaron las visitas, mientras me habría una litrona les recibí y les dije que se fueran sentando.

Aquellas reuniones no tenían nada de especial, mofarse de futbolistas y sus errores, bromas de los unos a los otros y comida basura mezclada con bebidas no menos insanas. Esa sencillez era la clave del éxito. No había ningún tipo de formalidad y no la necesitábamos en absoluto. Unas pizzas, unas cervezas y algunos refrescos con un partido en abierto era la combinación perfecta. Durante el partido, durante esos momentos de charla distendida, se lograba mi absoluta desconexión del mundo y sus avatares. En esas cenas solían empezar las buenas noches, las que al sábado siguiente recordaríamos en la siguiente cena.

Cuando terminamos de cenar, se retiraron cada uno a su casa para cambiarse y yo entré en mi cuarto a escoger ropa. Era una tarea sencilla, aunque en muchas ocasiones me frustraba por intentar crear algo nuevo con mi ropa vieja. Unos vaqueros y una camiseta valdrían. Me echo colonia y cuando miro la hora vuelvo a llegar tarde. Bajo las escaleras y ya me están esperando con cara de pocos amigos, siempre tarde. Vamos caminando y saco de la cazadora mi cartera para ver cuanto dinero tengo, poco pero suficiente. Había bebido dos cervezas y una litrona antes de salir de casa, lo necesario para encender el pequeño motor en mi cabeza. Llegamos al bar y allí estaban más de nuestros amigos, mientras saludaba a todos, me acerqué a la barra y le pedí un whisky al camarero. Beber día si y otro también, ¿en eso se había convertido mi vida? Hablaba de mi día a día con la gente y pude percibir como entraba Eva con una amiga, un bonito vestido apretado, sin demasiado escote pero que dejaba ver unas bonitas piernas, seguí a lo mio y me pedí la segunda copa. Eva era mona, una belleza que no pretendía alcanzar la exuberancia de prostituta que muchas mujeres de mi generación lucen. Se acercó a mi y con una mirada me indicó que quería hablar en privado, me aparté del grupo de gente y vi como su amiga estaba con un chico. Salimos fuera.

-Ya te he dicho que no tengo tu ropa interior.
-No es eso imbécil.
-¿Has venido a darme otra sesión de insultos?
-No me has dado opción a otra cosa por el momento, ¿me dejas hablar?-Con un gesto indiqué que permanecería callado.-Gracias. Vine porque en realidad me acuerdo más o menos de lo de aquella noche, ¿tú no?
-Ojalá pudiera, ¿estuve bien?
-¿Qué más da eso? ¿No te das cuenta de lo insultante que es que no te acuerdes de nada?
-Yo... En realidad no sé que decir... Lo siento. Yo en tu lugar no querría acordarme.
-No sabes lo estúpida que me siento ahora.-En su expresión había un gesto triste, de indignación.-No sabes.
-Perdona, en realidad no es tu culpa, no eres tú. Es esta mierda que tengo dentro, esta vida de joderme lentamente y hacer lo mismo con quien me de algo. Tarde o temprano le pasa a todos, apenas te conozco y ya te lo hice, lo siento. Esta historia no es nueva para mi.

-Mira, no sé ni porque quise hablar de esto.
-Di lo que tengas que decir, no importa.
-Mejor me voy.
-Espera...-La tomé del brazo y la giré. Sin tiempo para que reaccionara puse uno de mis brazos alrededor de su cintura y la besé, con calma, tomándome mi tiempo, sin sentido pero bien.
-¿Qué cojones haces?-Me aparta de un empujón y me golpea con su mano la mejilla izquierda que me arde. ¿Qué demonios estaba haciendo?-¿Qué te has pensado que soy? ¿Pensabas en emborracharte y acostarte conmigo sin acordarte? ¡Una mierda para ti!
-¿A qué viene esto? En serio, ¿qué pasa por tu cabeza? ¿Para qué me sacas aquí fuera?
-¿Quién te crees que eres? ¡Eres un mierda!

Se va. En aquel momento pensé que Eva era como todas, otra más que no se merece mi semen. Borré eso de mi mente antes de parecer un despechado, disimulé la marca de la mejilla pellizcándome la otra para que parecieran ambas rojizas y entré en el bar. Pedí otra copa, la última de la noche. Me volví pronto caminando solo a casa, aquella noche no entendí nada. No entendí mi comportamiento, ni el suyo y no entendí como el azar había llegado a llevarme tras esa situación. Me senté en mi escritorio, vi su ropa interior colgada, la guardé en un cajón y arranqué la página donde me había escrito la noche que Eva había estado en mi cuarto para tirarla a la basura. No había nada con esa mujer, era yo. El problema estaba en mi, aquella nota tenía sentido, mi odio tenía un destinatario que era yo. Me fui a la cama, otra vez volví a acordarme de como se marchó hace meses de mi vida, esta vez de forma diferente, aquel odio venía de ese día, de ese momento. Pensé: "nos odio, no a ti Eva, no a tus golpes y tus desprecios; a las dos personas que parecemos cuando nos juntamos y me traen un pasado donde no debí nunca estar".

domingo, 18 de marzo de 2012

Nos odio

¿Qué hora es? ¿Ya es de día? Maldito dolor de cabeza, ¿estoy en casa? Parece que si. Me muevo intentando reconocer mi cuarto, ¿y esto? ¿Qué hice yo ayer para estar acompañado? Paseo lentamente mi mano por la cama y compruebo que es una mujer y el perfume me lo confirma. Vaya Roberto, eres un buen cabrón. La has vuelto a liar otra noche y otra noche no sabes por qué estás donde estás y con quién estás. Está demasiado oscuro para intentar reconocerla y quizás a plena luz del día tampoco podría hacerlo, no sería la primera vez que aparezco en un lugar desconocido con amoríos cuyo nombre desconozco. Estaba en un buen lío y con un dolor de cabeza importante. Otra noche de excesos que me tocaba enmendar al día siguiente. Me incorporo con delicadeza probando hasta que punto la resaca afectaba a mis reflejos y salí de mi cuarto con cautela de no despertar a mi invitada. Al entrar en el baño y encender la luz me di cuenta de que estaba desnudo. Tuve fiesta por la noche, por lo menos eso lo podía confirmar. En mi mala cara se podía ver como esbocé una sonrisa. Me senté en el baño y me puse a mear mientras intentaba descubrir quien era la chica. Recordaba haber salido con Marcos a tomar unas cañas tranquilamente, recuerdo haber entrado al bar de siempre y decidir comprarnos una botella de ron. A partir de ahí se empiezan a complicar los recuerdos, Marcos hablándome de su novia y yo como si fuese un entendido en mujeres aconsejándolo. Tras eso la oscuridad. Fui a la cocina y me puse a beber de la botella de agua, estaba deshidratado logicamente. Eran las cuatro de la tarde, sea quien fuera la persona que estaba en mi cuarto tendría que irse dentro de dos horas como mucho, antes de que llegue mi madre a casa. Comí un minicroisant que había en la cocina y volví a dar otro trago a la botella de agua.

De camino a mi cuarto pensé en mil formas de despertar a la desconocida sin molestarla demasiado, aunque no creo que haya forma cómoda de echar a alguien de quien no te acuerdas su nombre de tu casa. Abrí la puerta de mi cuarto y miré en el suelo mis gallumbos, me los puse y con la luz del resto de la casa pude empezar a percibir rasgos de la joven que permanecía en mi cama. Lo primero que pude ver es en el suelo parte de su ropa: un vestido negro que parecía ser bastante ceñido, unas medias oscuras y unas bailarinas negras, no vi por ninguna parte su ropa interior, quizás no usaba, punto a su favor pensé. Alcé un poco más la vista y pude ver su cuerpo desnudo en mi cama, las sábanas tapaban algunas partes y se encontraba de espaldas pero con la poca luz que llegaba desde el pasillo pude ver su larga melena oscura que descendía por su espalda y que moría en el intento de alcanzar una delgada cintura. Su piel era clara, no más que mi blanco de teta de monja pero lo suficiente como para saber que tampoco le pegaba demasiado el sol a esa bonita figura. Las sábanas dejaban entrever unas piernas interesantes y la curiosidad por un instante casi me hace perder los papeles y lanzarme sobre ese regalo que me habían dejado los Dioses en mi cama. Era el momento de hacer algo. Me metí entre las sábanas y me acerqué lentamente a ella... ¿EVA? ¡Mierda! No podía ser Eva, ¿de todas las mujeres del mundo por qué tuve que meter a Eva en mi cama? Ahora estaba jodido por segunda vez en muy poco tiempo, no sólo tenía que sacar a Eva de mi cama, además tenía que despertar a Eva y descubrir qué había pasado. Antes de hacer nada eché una última mirada al cuerpo de Eva y me maravillé en la pequeña joyita que tenía delante y que pocas veces se mostraba bajo los focos para brillar pero no dejaba de ser Eva. Le toqué suavemente el hombro mientras la llamaba con voz temerosa por su nombre, se despertó y parecía tener resaca también, le ofrecí agua y mientras me miraba un poco alucinada dió un trago.

-Buenos días Evita.
-No fue un sueño, tú y yo.
-Supongo...
-Madre mia, madre mia...

-Me pasó lo mismo al despertarme si te sirve de consuelo.
-Pero, ¿cómo?
-Yo lo último de lo que me acuerdo es de empezar a beber ron con un amigo.
-¿Dónde está mi ropa?-Le señalé el suelo y tapada con mi sábana la recogió toda.-¿Qué hiciste con mi ropa interior?
-¿Usas ropa interior? Por un momento me ilusioné que le dabas libertad a toda tu sexualidad. Estará por alguna parte del cuarto o de la casa, ¿quieres que te traiga algo mientras la buscas?
-No me traigas nada, ¿qué vamos a hacer?
-Por mi parte podríamos hacer lo que creo que ninguno de los dos recordamos y luego olvidar todo, ¿qué te parece?
-Eres un guarro.
-Aquí ambos somos unos cochinillos Evita.-Ella seguía buscando su ropa por el suelo de mi cuarto y decidí encenderle la luz para hacerle la búsqueda más llevadera.-Para mi esto tampoco es agradable, no te creas. Intento llevarlo con buen humor pero somos dos causas perdidas que se juntaron en un movimiento bastante extraño del alcohol y el azar. Estoy de mierda hasta encima y sólo quiero que por lo menos no nos gritemos y hagamos más daño a nuestras cabezas resacosas.
-No encuentro el resto de mi ropa pero creo que me voy a ir.
-¿Así? ¿Sin hacerte una foto de recuerdo ni nada?
-No me hace gracia.
-A mi tampoco, ¿qué clase de borrachera pudimos tener ayer?
-¿Me estás llamando fea?
-Ni mucho menos, todo lo contrario tal vez. Me enamoré de tu desnudo hasta el momento que tuve que volver a la realidad y despertarte pero no puedo comprender como ambos pudimos acabar aquí. La belleza no tiene nada que ver en esto.
-Eres un adulador de mierda.
-Si quisiera adularte no habría hecho falta la bebida para esto y no querrías irte, en cambio esto de ahora está mal.
-Ahora estoy segura de que me voy a ir.
-¿No quieres nada?
-Date la vuelta que me voy a vestir.
-¿Sin ropa interior?
-¡No mires!-Me giré sin ninguna intención de mirar como se cambiaba, durante la conversación su gloriosa imagen había perdido fuerza en mi interior y no quería que se estropeara del todo, permanecí de espaldas.-Ya estoy.
-Te acompaño hasta la puerta, te acompañaría hasta casa a pesar de la tesitura pero ya ves como estoy.
-No hace falta, es un detalle pero ahora mismo verte es lo que menos necesito.
-Lo tomaré como un cumplido.-La acompañé hasta la puerta de mi casa.-Me gustaría decir que ha sido un placer, pero ni me acuerdo y no creo que en tu versión lo sea, te prometo discreción.
-Eso espero, adios Rober.
-Que tengas un buen viaje Eva.

Cerré la puerta y entré en la cocina a por otra botella de agua. Di un largo trago. Evita, Evita. Mujer peligrosa. Detrás de esa timidez casi semejante al odio hay un poco de fuego esperando a salir a flote con la bebida. Esto había sido solamente una noche, lo tenía claro. Yo estaba en mi mundo de autodestrucción y Eva, Eva ahora mismo se odiaría a si misma por acabar conmigo en la cama y me odiaría a mi sabe Dios por qué. Eran las cinco de la tarde de un domingo cualquiera, un domingo que habría sido cualquiera si Eva no se hubiese despertado con su magnífico desnudo de marfil en mi cama, con su cuerpo perfectamente colocado entre mis sábanas dispuesta a ser adorada como un ídolo de una cultura ya extinta. Entré en mi cuarto, me senté en mi silla y encendí el ordenador, miré mi cuaderno de notas y algo raro había. Lo abrí y me encontre la ropa interior de Eva, debajo de la misma y con mi letra de borracho ponía: Para el Rober del futuro, no me odies.

domingo, 11 de marzo de 2012

Carta de amor a la mujer del viernes diez de febrero

      Querida chica del viernes diez de febrero,

La nostalgia y la culpa me obligan a escribirte. Desde la mayor de las sinceridades, no recuerdo tu nombre, creo que empezaba por "A", pero no quiero meter más la pata bautizándote de nuevo. Empiezo con mal pie pero tengo que reconocer que gran parte de la culpa la tiene el alcohol, soy un hombre de la bebida. Normalmente soy una persona con la que se puede hablar y con una gran capacidad de memoria pero el alcohol me transforma en algo que no entiendo como pudiste sorportar. La bebida me vuelve inseguro e olvidadizo, me hace pensar que el mundo es una gran masa de odio y depresión y que me tengo que alejar del mismo y de quien lo conforma para no caer en esa enferma confusión que creo que tiene corrompida a todas las personas. Me gustaría recordar tu nombre, no lo dudes; pero la verdad es que esta continua huída ha conseguido que no sea capaz de recordar nombres y que ni haya sido capaz de conseguir algún medio por el que volver a encontrarme contigo.
Has estado con un ser vivo patetico en aquella fría noche de febrero.

No encuentro algún motivo coherente para que volvieras querer encontrarte con el hombre que ni siquiera es capaz de decir tu nombre, pero yo tengo montones para volver a por ti. Prometo que esta vez no habrá ni cerveza ni whisky de por medio. Tengo ganas de volver a ver tus ojos azules, de ellos si que me acuerdo, eran magníficos, profundos como la visión del mar desde la orilla, grandes y expresivos; recuerdo que la mitad de nuestra conversación de aquella noche provenía de tu mirada. Tu perfume era embriagador, olías a primavera o a lo que yo pienso que debería oler esta estación. De tu físico tengo pequeñas fotografías mentales, un cabello liso y que en algún momento recuerdo haber dicho que quería acariciar; tus manos pequeñas y delicadas, suaves y con las uñas sin pintar; tus mejillas sonrojadas, pensé que era de la bebida pero me dijiste que era por mi, lo tomé como un cumplido como el único en mucho tiempo y por último tus piernas, vestías pantalones vaqueros ceñidos y daba la impresión de que la prenda engañaba sobre la forma y el grado de estilización de tus piernas, pero en mi menté las dibujé hermosas, predispuestas a ser acariciadas y besadas como forma de rendirle pleitesía a tu belleza. Me hablaste de que había un hombre en tu vida, pero tu forma de hablar y tu mirada me mostraron que está en el umbral de la puerta de salida. Recuerdo una canción con la que te pusiste a bailar, no el nombre ni la letra pero si el ritmo de tus caderas y la calidez de tus manos cuando tomaron las mias. Recuerdo pocas de tus palabras pero si cada uno de los mensajes que interpreté en ellas.

La idea de volver a verte me atrae, la idea de volver a ser un naúfrago por voluntad propia en aquella conversación. Me gustaría saber de ti proximamente, me despido deseando que este escrito te llegue dentro de la botella de la discordia que hizo que tu nombre desapareciera de mis archivos mentales cuando la lance al mar.

Sin encontrar palabras que te puedan describir mejor que tu nombre perdido. Hasta siempre.

domingo, 4 de marzo de 2012

Febrero se nos hizo largo

Pasar página es una situación que cualquiera tiene que llegar a vivir y que siempre se replantea muy dura o a los ojos del derrotista, imposible. Esta expresión se utiliza en numerosas ocasiones para diversos tipos de sucesos; ya sean amorosos, laborales o de relaciones sociales el término "pasar página" acabará apareciendo. ¿Qué es realmente pasar página? Como para todo, cada uno tendrá su opinión:

Pasar página es ante todo vivir más y pensar menos, es aprender, es abandonar sin olvidar que tarde o temprano te puedes volver a topar en el mismo punto y debes saber como hacerlo mejor, es luchar y es algo natural. La vida te pondrá obstáculos, te hará llevar lastres y llegará el día en el que tendrás que romper con el pasado o liberarte de lo que te oprime.
Llora, grita y lamétate todo lo que sea necesario; nadie debería judgarnos por ello. Nunca vivas del pasado y tampoco intentes alimentar tu alma con el futuro, avanza con el paso firme y seguro que te han dado las páginas escritas en el libro de tu vida pero con la cautela de la lógica. No destinifiques las casualidades y no menosprecies el poder de la casualidad. Pasa página.

Esto lo escribo para un lector imaginario, para mi mismo o para quien haya ya pasado página. Lo escribo para un febrero que nunca existió y para un libro que nunca escribimos.