martes, 21 de febrero de 2023

Del miedo a la felicidad

     Soy rematadamente idiota. Cualquiera que lea esto lo pensará y hasta yo mismo lo pienso. No sé cuanto tiempo pasó entre el día que escapé de Bea y el día que volvía a pasear con ella enganchada a mi brazo. Era evidente que algo se había roto pero como en el Kintsugi usábamos oro a la hora de recomponernos. Todo se volvía a ver más hermoso que la vez anterior. Las conversaciones nos llevaban a la deriva por el mar del tiempo. La complicidad se había disparado de la misma manera que nuestros encuentros. Habiendo renunciado al amor juntos nos quedaba tanto cariño para rellenar cien amistades. La transición no había sido fácil pero no podía parar de reír a su lado. Si estábamos locos, esta era una de las mejores locuras. Buenos tiempos que dirían algunos y mientras lo pensaba como si hubiese convocado al mismísimo Diablo las cosas cambiaron. Era una noche y la acompañaba a que pillara su tren. La noche había sido muy divertida e incluso nos habíamos hecho una foto juntos fabulosa. Salimos camino de la estación con el tiempo tan justo que éramos nosotros los que le pisábamos los talones. Mientras que esperábamos a que un semáforo se pusiera en verde noté como su mano apretaba el brazo al que se enganchaba como intentando reclamar mi atención. La miré y me miraba con expresión dubitativa, como si algo la estuviera carcomiendo por dentro.


-¿Te pasa algo?-Le pregunté un poco extrañado al verla tan callada y seria.-¿Está todo bien?

-Pueeeees en realidad... No sé, creo que no debería.

-Bea, creo que puedes contarme lo que sea.

-Llevo toda la noche, bueno en realidad un tiempo pensando algo pero no debería decirlo.

-De verdad que no te preocupes.-Le acaricié la mano con la que se sujetaba a mi brazo.-Tienes toda mi atención.

-La verdad es que llevo pensando toda la noche que estás muy guapo, bueno, lo he pensado siempre pero no sé cuando empecé a verlo de otra forma. Como que estaría bien que nos diésemos un beso, ¿no crees? Pero también se como lo has pasado, que lo pasaste mal y siento que es muy injusto que yo ahora esté así. Que no quiero hacerte daño pero que cuando estoy contigo hay cosas que siento que no encuentro en otro lado.-Me miró a los ojos y pude sentir la tristeza que le producía cargar con todo eso en su mirada.-Ahora mismo me debes odiar.

-¿Odiarte por qué? Si tuviera que odiar a algo es a la situación o a los momentos. Ambos sabemos el ejercicio de contención que he tenido que realizar. Me siento idiota.-Ya estábamos caminando pero me paré para abrazarla y le di un beso en la cabeza.-No sé ni que decir. He puesto tantas cerraduras a esos pensamientos...

-Lo siento.


Llegamos a la estación más acurrucados de lo que iniciamos el trayecto, me acariciaba el dorso de la mano. Su tren había salido y tuvimos que esperar sentados. Volaban sobre nuestras cabezas muchas emociones. Yo tenía miedo. ¿Era un paso atrás? ¿Me seguía sintiendo atraído después de varias decepciones? ¿Qué supondría darnos un beso? Me gustaba pero, ¿eso era suficiente para romper con todo? Cada vez encontrábamos más pegados. El deseo era evidente y nos estaba magnetizando. ¿Desear a alguien es más fuerte que querer a alguien? ¿Se puede querer sin amar? ¿Se puede desear sin amar? Me estaba volviendo loco, por dentro tormenta y por fuera me derretía ante su cada vez más evidente intento de besarme.


-¿Qué piensas? ¿Me odias?

-No te odio Bea, sigo pensando que eres una persona maravillosa y eso es lo que hace más difícil mi posición. Me preguntabas si quiero besarte y pocas veces he tenido tan claro un sí como ese pero, y el pero es importante; no sé si es lo correcto. No sé que supondría.

-Yo tampoco lo sé, me da pánico hacerte daño. Otra vez.

-Si hay algo que me ha tranquilizado desde el principio es saber que no me quieres hacer daño, el cariño de tus actos, la tranquilidad de que me cuides como te cuidas a ti misma.-Pasé mi mano por su mejilla.-Sí creo que estaría genial besarnos.


No sé cuanto tiempo duró todo. Pero durante un tiempo solo estábamos nosotros. Llegó el siguiente tren y nos despedimos. Fue un abrazo largo, como si nos agradeciésemos algo, quizás era eso. Volví con cara de tonto a casa, la felicidad supongo. Todos esos pensamientos se escondían, esperando otro momento para atacar. Hoy no podían hacerme daño. Todavía lo estaba procesando pero el miedo dio paso a la felicidad.

domingo, 5 de febrero de 2023

Viajero del tiempo

     Era un lunes de febrero. Desperté sabiendo que día era pero viviendo en un lunes de febrero de hace unos años. Ese día me rompieron el corazón. Recuerdo ese día perfectamente y lo revivo. Como el beso cuando nos saludamos se sintió raro, quizás algo frío. La forma en la que me miraba mientras me explicaba que llevaba un tiempo que no sentía lo mismo de antes. Recuerdo que pensé en qué momento se dio cuenta de eso, de qué pudo pasar. Recuerdo como me abrazó, que no pude decir nada. Que estuvimos abrazados hasta que perdimos la noción del tiempo. Pasé esa noche y las tres siguientes sin dormir. ¿Dónde lo rompí? ¿Dónde estuvo mi error? Reviví ese día. Viajé a otros momentos donde todo se pudo torcer. ¿Si hubiera hecho eso? ¿Si no hubiera hecho aquello? Recorrí cada uno de los puntos clave del pasado. La cabeza me iba a estallar con tantas noches en vela. Todos estos viajes me estaban desgastando. Era viernes y todos esos momentos revividos no habían cambiado mi vida.

Llegó el lunes siguiente. Cargaba con el peso de la culpa. Decidí no volver a viajar al pasado, me estaba causando dolor. Pensé que el futuro sería una forma de que este "poder" diera mejores frutos. Viví cientos de vidas. Todos esos "y si..." que podrían pasar. Surcaba por ellos saltando de uno a otro en cuanto me encontraba un escollo que arruinaba mi futuro. En cada futuro un error. Si no tengo esto, no puedo alcanzar aquello en ese momento. Ya es tarde para plantearse esa vida. Esa vida no es realista con tu momento actual. ¿De verdad quieres eso? Me descubrí descartando uno a uno cada uno de esos futuros. El miedo me invadió, ¿no tengo futuro?

Viajar en el tiempo me había atado a dos malos compañeros de vida: la culpa y el miedo. Gasté dos semanas de mi vida para ser preso de algo que no puedo cambiar y de algo que todavía no he podido vivir. El lunes siguiente dejé de viajar. Quizás por eso no viajemos en el tiempo, dos semanas de vida parece un precio muy grande para no ganar nada.

miércoles, 25 de enero de 2023

Un fantasma y un minotauro

     No se puede olvidar lo que nunca sucedió. No se pueden curar las heridas que nunca se han producido. Siento como un viejo y bajo las escaleras saltando como un niño. Conocer a Sheila no fue buscado pero de una forma un poco extraña sí deseado. Deseado como el naufrago que desea que lo encuentren y lo rescaten. Todavía me estaba reconstruyendo tras la bola de demolición que fue para mi vida alejarme de Bea y sobrevivía ahogando cada noche las penas. Mucha gente se pregunta a donde va todo ese amor que no nos damos y yo me preguntaba donde estaba metiendo toda esa tristeza que estaba enterrando. La respuesta vino pronto en forma de malestar que subía desde mis piernas a mi estómago y que me obligó a cambiar un poco mi estilo de vida. Empecé a hacer deporte. Así es como conocí a Sheila. Un día que salí a correr coincidí con ella y sentí que la novedad de la circunstancia hacía que me apeteciera darme una oportunidad. Sheila vivía la vida como una jugadora de póker novata: all in o ni empezaba la partida. Sentía que no existían los grises en su mundo. O era como una segunda piel o se escondía mejor que Carmen Sandiego. Quedamos varias veces y nos tratábamos como viejos conocidos. Ambos escapábamos de la tristeza del desamor y esa historia en común nos hacía tratarnos como si ya nos conociéramos. Ya era otoño y estábamos degustando una tarta que había hecho. Yo estaba un poco nervioso porque nuestros últimos encuentros giraban en torno a su pasado y como no se permitía avanzar. Yo nunca he metido prisa a nadie pero la realidad es que veía como avanzábamos en dirección contraria a la del tiempo.


-Está deliciosa, hay que reconocerte que tienes mucha maña para la repostería.

-Gracias, a ti no se te da bien porque eres un caos, no te gusta seguir la receta, te crees más listo que la receta. 

-¿Y si resulto ser más inteligente que el inventor de la receta? ¿Y si mi versión es mejor? No creo que lo que dicte el pasado me impida crear algo mejor.

-¿Es una indirecta?

-¿Qué?

-¿Crees que no lo noto? Sé como me miras y todo el tiempo que llevamos quedando. Lo siento, pero no puedo darte eso que quieres...

-Perdona, ¿qué es lo que crees que quiero?

-No nos hagamos los tontos Rober, te apetece que pase página, que solo tenga ojos para ti. No estoy ahí y no sé cuando podré estar.

-No sé donde estás y disculpa si en algún momento has sentido algún tipo de presión por mi parte. No es intencionada, simplemente creo que mi interés es evidente. Estamos compartiendo mucho y bueno eres una persona fabulosa. Tan apetecible como todos los postres y todos los momentos que hemos compartido juntos. Si te soy sincero... Yo también me siento un tanto perdido. Creo que tu corazón es un laberinto y me has metido ahí dentro para proteger que nadie entre ni salga. Soy el Minotauro del laberinto de Creta y creo que también voy a tomar el papel de Teseo cancelando mi papel de guardián.

-¿Qué significa eso? ¿Quieres que no nos volvamos a ver?

-Necesito que te aclares, que seas capaz de decirme como encajo en tu vida.

-Eres importante para mi pero no me puedes pedir esto.

-No es justo pero sí necesario.


Me levanté, me acerqué a ella y le besé en la mejilla como despedida. Le dije que llamaría el fin de semana que viene y que no estaba enfadado. Quizás fuera lo inesperado de la conversación o lo delicado de mi salud pero en cuanto atravesé la puerta un sudor frío me inundó de la nuca a los talones. Pasé dos noches sin ser capaz de dormir. Al tercero salí a correr por la misma ruta donde la vi por primera vez y no estaba. Hacía frío y quise pensar que ese era el motivo por el que no coincidimos. Durante la semana me impacientaba mirando el teléfono esperando encontrarme una llamada perdida o un mensaje, no pasó. Llegó el viernes y esperé a salir del trabajo para escribirle. Era un mensaje interesándome por ella y ofreciendo vernos. Pasaron las horas y no hubo respuesta. Llegó el sábado y supe que no la obtendría. Durante un momento me planteé buscarla en su casa pero sentí que eso sería de desquiciado. Durante los primeros diez días miraba el teléfono compulsivamente esperando encontrarme una señal de vida. Las dos semanas que le siguieron empecé a dudar de la realidad, como si esa persona y yo siempre hubiésemos sido dos desconocidos. ¿Podría ser que todo ese tiempo juntos era una fantasía? ¿Esa persona había desaparecido o siempre ha sido un fantasma? El dolor de un golpe que nunca se había dado. Tardé un mes en que llegaran las las primeras lágrimas que me acompañaron como una nana antes de ir a dormir durante un buen tiempo. ¿Por qué me sentía así? No había pasado nada entre nosotros y sentía el dolor de haber perdido una vida juntos. ¿Le habría pasado algo? Dos meses más tardes la vi por la calle, noté que durante un instante me reconoció y siguió como si nada. En ese instante lo entendí, no se había esfumado de mi vida era yo el que me había convertido un fantasma en la suya. Había sido enterrado y olvidado, puedo descansar en paz.

lunes, 23 de mayo de 2022

Vivir en el cielo

    Ni los locos quieren vivir saltando al vacío y Lara me invitaba a vivir así cada vez que nos encontrábamos en la vida. Yo iba a su encuentro sin paracaídas y puedo decir que era feliz tomando esa decisión. Me llevaba a viajar a un espacio donde todo era novedoso y al mismo tiempo todo me fascinaba. Era verano y todo el tiempo se nos quedaba corto. Me había dicho de escaparnos a las afueras que había un concierto. Ella llevaba de fumar y yo de beber. Era la primera vez que hacíamos un plan así y me encontré a mi mismo dándole más vueltas de las necesarias a algo tan trivial como la ropa que ponerme o si decirle que la pasaba a recoger o nos encontráramos en la estación de autobuses. Cuando llegó caminando a pequeños saltos no pude hacer otra cosa que sonreír. Estaba totalmente atrapado por ella y su carácter. Se colgó de mi cuello y contagiado por su entusiasmo la levanté abrazándola por la cintura. Con la perspectiva que te da el tiempo o el poder de la nostalgia puedo decir que esos pequeños momentos con ella me hacían realmente feliz. Me enseñó lo que había pillado para fumar y yo fui a por la bolsa donde una botella de licor café nos esperaba dentro de una bolsa de hielos. Durante el trayecto en autobús permanecimos extrañamente callados pero su mano estaba posada sobre la mía y con su pulgar acariciaba el reverso de mi mano. Al llegar a nuestra parada la pillé de la mano y salimos juntos. Ya a la intemperie atesoré su mano entre las mías y besé sus dedos. Como el niño que tira de su madre para que le lleve a la juguetería me llevó de la mano hasta el concierto que era en un descampado al lado de una iglesia. 

Nos sentamos en el suelo al fondo de todo a beber la botella. Sabíamos que no podríamos hacer nada hasta deshacernos de la molesta carga de la botella con los hielos. El calor de la noche de verano y las ganas de poder acercarnos más al escenario hicieron que durase menos de lo normal. En menos de una hora estábamos en medio de toda la gente bailando. Yo intentaba seguir el ritmo de la música mientras que ella parecía moverse balanceada por el sonido. Bailaba con los ojos cerrados y yo no podía quitar mis ojos de ella. Me había dicho mientras bebíamos que era muy probable que se fuera a otro país para la primavera del año siguiente y que quería disfrutar este año que le queda. No quería interrumpirla. La música paró y ella miró para el escenario un poco decepcionada. Me propuso ir detrás de la iglesia que había un muro de piedra donde podríamos ponernos. Nos tumbamos de tal forma que mi cabeza estaba sobre su hombro y su cabeza sobre el mío. Ya traía liado todo y encendió uno para cada uno. Mirábamos un cielo nocturno y despejado. De vez en cuando tras una calada tosía, no estaba acostumbrado y ella se reía de mi para luego acariciarme la mejilla con la mano que tenía libre.


-Te voy a echar mucho de menos. Lo sabes, ¿no?
-Antes cuando bailabas no me acercaba porque no quería romper ese momento. Porque podría ser la última vez que te viera así, que estuviéramos como estamos ahora y no quería romperlo. Me gustaría decirte que sé que me vas a extrañar pero preferiría que no hubiese esa opción.
-Me están ofreciendo una oportunidad única.
-Disculpa si se me malinterpretó, no te estoy diciendo que te quedes. Sé lo importante que es esto para ti y no me perdonaría arrebatártela. Soy un desastre pero no un cabrón.
-Lo sé, eres un bobo pero no me harías daño. En un año estaremos viendo la misma noche estrellada pero a un océano de distancia. ¿No te apetecería que lo viésemos juntos en la distancia?
-Creo que viviría en este cielo si me lo pidieras y me acompañaras.
-Eres un exagerado y estás un poco colocado, borracho o ambas cosas.
-Lo estoy y sigo con mi oferta pero antes de que me la rechaces acepto yo la tuya. En un año tú al otro lado del charco y yo aquí.
-Es un trato.
-Es una promesa.
-El licor café estaba muy fuerte porque me está apeteciendo besarte.
-No le eches la culpa a la bebida de lo que te pasa por tener mal gusto.- Se levantó y se giró sobre mi y sobre el muro me besó simulando de manera rudimentaria el beso de la primera película de Spiderman.
-A ver si así te callas un poco. Que todavía queda tooooodo un año y estás aquí con la nostalgia de la última noche.
-Tienes razón, la nostalgia es uno de mis pecados. Me has pillado. Parece que va a empezar otra banda, ¿te apetece ir o prefieres seguir viendo como me atraganto con el humo?


Volvimos a estar entre el público. Ella bailaba y yo intenté durante un tiempo seguirle el ritmo pero desistí y me fui al fondo a fumar. Al rato vino y se encendió uno. Estuvimos apoyados uno al otro hasta que terminamos de fumar. Estuvimos hablando un par de horas más hasta que solo quedaban las personas que estaban recogiendo lo del escenario. Decidimos volver andando. Fue un trayecto divertido donde intercalamos bromas con momentos de ir de la mano. La dejé en su portal donde nos volvimos a besar durante un rato. Cuando estaba a medio camino entre su casa y la mía pensé "un año, un maldito año". Se presentaron ante mi un montón de planes que quería compartir con ella. Un montón de lugares que visitar. Un montón de primeros momentos que disfrutar con ella. Y sus besos. ¡Qué locura! Llegué a mi portal y decidí sentarme a mirar el cielo un rato antes de entrar. ¿Vivir en el cielo? Me sentí un poco idiota. Entré en el edificio sabiendo que no era idiota sino que me estaba enamorando. Todos esos planes sabiendo que el amor es lo único que no se planea.

sábado, 14 de mayo de 2022

Perdido en mitad de

     Como si se tratase de un experimento, viví diez días con un amor de verano. El como nos conocimos y como acabamos viviendo juntos en otra ciudad es otra historia en si misma. Al séptimo día descansamos de flotar en las nubes de la ilusión. Estaba con mi cabeza en su regazo tumbado en el sofá mientras me acariciaba el pelo. Escuchaba atento sus relatos sobre relaciones pasadas. Había dado un salto no muy largo entre su anterior y conocerme a mi. En mi cabeza ese era el significado de amor de verano, una burbuja donde disfrutas la vida ignorando la fecha de caducidad de todos esos momentos. Se vive distinto y yo escuchaba a Raquel queriendo bañarme en toda su vida como si ese nosotros fuera para siempre. Era evidente al escuchar su relato que sus sentimientos por esa última persona que había formado parte de su vida se negaban a dejar de doler. Yo también tenía un pasado. Vivía sin pensar en lo que dejábamos detrás, deseando que nos definiera nuestro presente. Sonó su teléfono y en cuanto vio quien llamaba su cara cambió. Se fue a otra habitación y estuvo hablando unos cinco minutos. Cuando volvió la tranquilidad que se respiraba antes de la llamada se había esfumado. Me dijo que era su ex, que se había enterado que estaba viviendo conmigo y quería hablar con ella. Me pidió un par de horas, le dije que volvería dentro de cuatro y llamó a unas amigas suyas para que me hicieran compañía. Durante un segundo me nubló el ánimo la idea de que esos momentos fueran los últimos con ella y antes de irme la besé como si fuera la primera vez. En cuanto me despedí me sentí un poco estúpido.

Me llevaron a hacer un tour por la ciudad. Me enseñaron sus sitios favoritos mientras me contaban un montón de anécdotas de cada uno de los lugares. Algunas de esas historias tenían a Raquel como protagonista en facetas de ella que yo todavía no había tenido el placer de disfrutar. Me sacó una sonrisa todo lo que me faltaba por conocer de ella. Me preguntaron como estaba siendo el cambio de ciudad. La realidad es que era temporal, en unos días tenía que volver a mi casa y el tiempo decidiría mi futura localización. Estaba disfrutando de estos días pero cuando el anochecer empieza a llegar más temprano volvían mis responsabilidades. Me contaron un poco su vida y yo la mía por encima. Exprimimos el tiempo hasta que mi promesa de cuatro horas se convirtieron en cinco para cuando volví. Me había llevado unas llaves y cuando entré en el piso estaban los dos sentados en el sofá. Cada uno en un lado, no había nada más que aire entre ellos y la distancia se sentía gigante. Él con la cara entre sus manos sollozando y ella con los brazos cruzados. Saludé y me fui a la cocina. Pensé que con las horas que eran le apetecería cenar. Todavía estaba con los preparativos cuando escuché como se despedían y cerraba la puerta. Entró en la cocina y me abrazó por detrás. Me besó en la mejilla y algo dentro de mi se sintió aliviado.


-¿Qué haces?

-Pensé que tendrías hambre. Yo después del tour que me acaban de dar tus amigas me muero de hambre.

-¿Qué tal con ellas?

-Bien, me han contado unas historias sobre ti muy interesantes. No sabía que hacías esas cosas dentro de una catedral.

-¡Las voy a matar! Seguro que te lo has pasado genial con lo chismoso que eres.

-Que puedo decir... No todo van a ser tus historias donde poco menos te tenemos que santificar.

-Gracias.-Sonrió y me volvió a abrazar por detrás.-De verdad, gracias.

-Sabes que no soy tan buen cocinero como para que te alegre tanto que haga la cena.

-No te hagas el tonto.

-Entonces, ¿por qué estás agradecida?

-Por no hacerme preguntas y por no montar un numerito cuando llegaste y seguía aquí. No debió ser plato de buen gusto.

-No digas tonterías, si tienes que arreglar cosas lo entiendo. Yo quiero disfrutar esto ahora pero entiendo que tenemos otras cosas que arreglar. Además el plato de buen gusto va a ser este que estoy haciendo.


Me besó y se fue de la cocina tras darme un cachete en el culo. Cenamos. Fue agradable, la comida estaba mejor de lo esperado y el ambiente era bastante festivo. Volvimos al sofá con la excusa de ver la televisión pero me quiso contar su tarde. Él quería arreglar las cosas. Ella le quería pero no creía que debieran estar juntos. Mientras hablaba buscaba agarrarme de la mano en muchas ocasiones, la acariciaba y parecía relajarla. Contó que él repetía que no podía entender como después de años nunca hubieran vivido juntos y que hubiera metido a un desconocido a vivir con ella. Cuando terminó me abrazó y me susurró al oído que no había nada de lo que preocuparse. La besé en la frente y la llevé a la habitación.

Una hora más tarde era yo el que la abrazaba por detrás mientras dormía plácidamente. Decidí retrasar un día más mi retorno a casa. Era el plazo máximo que me podía permitir. Sentía que se me escapaba el tiempo con ella entre los dedos y necesitaba un reloj de arena más grande. Se movió en sueños como si estuviera reaccionando a mi compromiso de quedarme con ella más tiempo. La besé en el cuello esperando que estuviera despierta. No hubo respuesta. Supuse que la felicidad tendría que ser algo parecido a eso, poder disfrutar de muchos momentos sin que el ayer o el mañana te acosen. Si mi amor de verano era un experimento, los resultados obtenidos estaban sintiéndose maravillosos.

sábado, 30 de abril de 2022

¿Algo más que un año?

     Aprendí con Ángela que no existe el destino pero sentir que haces lo correcto es muy importante. El año que viví con ella resignificó mi percepción sobre esa eterna tristeza que visto como abrigo en invierno. Llegó a mi vida hundido y me fui de la suya roto sabiendo que hasta que llegue el fin del mundo el mundo no se termina. La quise como solo puede amar alguien que había renunciado a amarse a sí mismo. Viajamos por tantas etapas que apenas pudimos pararnos a disfrutar. Y en cada uno de esos momentos: malas decisiones. En medio de todos esos intentos desesperados de encontrar un camino, una tarde donde la poca ilusión que se me escapaba entre los dedos se hizo pedazos. Era un fin de semana caluroso de octubre y estábamos en esa fase donde fingíamos ser amigos. Ella ya estaba con otra persona y era la primera vez que quedábamos a solas tras la tarde donde nos dimos nuestro último beso. Me avisó que estaba sola en casa y si me apetecía pasarme a visitarla. María y Marcos no estaba involucrados y me sorprendí aceptando el plan. Caminé dando un rodeo camino de su casa, tenía tantas ganas de verla como dudas. Yo todavía estaba muy enganchado a ella. Era un inadaptado de esa amistad que decíamos tener. Me presenté en su puerta y las manos me temblaban, me desestabilizaban muchos pensamientos con todas las posibilidades negativas que me podría encontrar al otro lado. ¿Me había propuesto quedar para discutir? ¿Quiere echarme de su vida definitivamente? ¿Ha pasado algo malo? Mi cabeza estaba tan enferma que solo me golpeaba con todos esos pensamientos negativos que desaparecieron en cuanto Ángela abrió la puerta y me recibió con un abrazo y un beso en la mejilla que se sintió como estar viviendo en unos meses en el pasado. Me invitó a sentarme en el sofá y pude darme cuenta que iba con una camiseta de tirantes, unos pantalones cortos de deportes y descalza. Le sentaba bien, siempre me gustó su naturalidad frente a la rectitud que mostraba cuando estaba fuera de su zona de confort y su ropa en ese momento reflejaba toda esa parte de su personalidad que me gustaba. Me senté y me ofreció de beber a lo que rechacé a sus varios intentos de insistir.


-¿Seguro que no quieres nada? Yo voy a pillar un vaso de agua frío porque este calor no es normal.

-Seguro. No te preocupes por mi, estoy bien. ¿Vamos a salir?

-No. -Mientras se iba para la cocina.-Me apetecía volver a estar los dos solos un rato como en los viejos tiempos.

-Pensé que también vendrían María y Marcos.

-Creo que nos tenemos que poner al día y me pareció buen momento. María me dijo que a la noche me llamaría para ir por ahí los cuatro. ¿De verdad que no quieres nada?

-De verdad.

-Pues he estado pensando que tú y yo nos entendemos muy bien. -Volvió de la cocina con dos vasos de agua, los puso sobre la mesa que tenía delante mía y se sentó en el brazo del sillón donde estaba sentado y me acarició el pelo. -Es cierto que no funcionó, pero sabíamos pasarlo bien, ¿no crees?

-¿Estás segura de lo que estás diciendo?

-¿Te parece mal? -Se deslizó desde el brazo del sillón hasta mi regazo mientras pasaba su brazo por mi nuca. -Sé que lo estás deseando.

-Ahora mismo estás con un chico y sabes lo que opino sobre eso.

-A veces me olvido de lo aburrido que puedes ser. ¿Qué pasa con él?

-A mi él me da igual pero me preocupa que tipo de persona me convierte si sabiendo que hay otra persona hiciese algo contigo.

-Eres imposible Rober. Quieres estar conmigo pero tiene que ser bajo tus estúpidas normas.

-Son estúpidas y quizás yo sea todavía más imbécil pero ahora mismo es lo único que me permite ahora mismo dormir, no ser un capullo. Si sabes que todavía quiero estar contigo y como soy, ¿por qué piensas que quería hacer las cosas así contigo? Estaba acojonado por vernos de nuevo solos, porque me fueras a decir que ya no te importo y quieres que sea tu amante. Joder Ángela, ¿es un examen? ¿Necesitas saber si estaría dispuesto a renunciar en lo que creo por ti? No puedo, no tengo claro si a ti tampoco te gustaría que lo hiciera o en el tipo de persona que me convertiría pero no puedo. -Cogí el vaso de agua y lo bebí de un solo trago. Sentí la ironía de que tras haberlo rechazado hubiera necesitado beberlo. -Creo que va a ser mejor que me vaya. -Le puse una mano en la pierna para indicarle que se levantara pero ella puso su mano sobre la mía y me miró indicando que no se iba a mover. -Por favor.

-Te estás equivocando. No es un examen ni nada de eso que estás pensando. Solo pensé que podría ser divertido, me gustas y te echo de menos. Nos hemos alejado y me gustaría tenerte en mi vida.

-No me he ido de tu vida pero necesito irme de aquí. Si la situación cambia siempre me puedes buscar pero yo así y en este momento no puedo. Me gustaría poder decirte que sí y romperte la ropa a mordiscos pero solo quiero irme.

-Rober... No puedes ser así.

-Sabes que me gustaría que las cosas fueran de otra manera.


Me levanté y encaré la puerta sin mirarla. Me temblaban las manos y no se si de pena o de rabia. En cuanto estuve fuera del edificio caminé durante diez minutos buscando un rincón tranquilo. Todos mis miedos, todos mis pensamientos, todas esas cosas que me aterraban durante el camino de ida se derramaron por mi cara. Intenté gritar pero no tenía voz. Que estúpido había sido. Miré al cielo y el sol pegaba tan duro como mis pensamientos, tenía la espalda encharcada por culpa de ambos. Sabía que en unas horas Marcos me llamaría para salir, era sábado. Llegué a mi casa e intenté empezar a escribir sobre lo sucedido pero me quedé encerrado en una primera frase "Ya no te puedo querer". Por la noche María me contó que Ángela la había llamado llorando para contarle lo sucedido. Ese no fue el día que decidí salir corriendo de la vida de Ángela pero fue el día que supe que tenía que hacerlo. Me costó un par de meses y lágrimas suficientes como para cinco rupturas. No estaba bien y la culpa era solo mía. ¿Había hecho lo correcto? Yo no me quería. Ahora lo pienso y siento que no me podría querer si hubiese hecho otra cosa. Vivía con tanto miedo a equivocarme que hacer lo correcto me destruía. 

domingo, 17 de abril de 2022

El enemigo que eliges

     Me gusta vivir en los extremos y cuando tenía 20 años mis extremos eran la completa soledad o estar rodeado de mucha gente. Juntarse con Carlos, Fran y Berto era el primer paso a terminar en uno de esos dos extremos. A Carlos lo conocía desde hacía tanto tiempo que aceptaba sus aires de líder autoimpuesto y su ego, Fran era la balanza del grupo y paraba cualquier malentendido con una broma que relajaba el ambiente y Berto era tan buenazo que era imposible que alguien alguna vez se pudiera enfadar con él. Los sábados nos juntábamos a ver el fútbol con una copa en la mano antes de salir por la noche y ese plan tan simple era un buen refugio a una vida compleja. Aquel día habían propuesto quedar antes de tiempo y recuerdo salir de casa pensando que tendría que volver a cambiarme para salir porque tenía un aspecto horrible. Cuando vi a Fran en la puerta de mi casa dentro del coche no entendí nada. Un sencillo "sube, que tenemos que pillar a los otros dos" fue la respuesta a mi pregunta sobre el lugar al que íbamos. Me senté de copiloto teniendo claro que era un plan de Carlos, cambiar los planes sin avisar era lo suyo. Con los cuatro en el coche Carlos nos comentó que nos íbamos a una fiesta fuera de la ciudad y que iba a estar muy bien, pensé que podría haberme cambiado antes de salir de casa pero antes de que pudiese decir nada arrancamos.


Llegamos y aquel lugar estaba lleno de gente. Bares a rebosar y gente por las calles con actitud festiva. Es lo que hoy necesito pensé y miré como Carlos ya empezaba a dirigirnos como si fuese nuestro capitán y nosotros unos inocentes grumetes. Imaginé que había quedado con alguien y que por eso tenía tan decidido ir a un local en concreto pero no me importaba, necesitaba una cerveza. Llegamos al local y me pedí una cerveza mientras ellos pedían otros tipos de bebidas. Estaban poniendo buena música y con bailar me pasa como con escribir: le pongo muchas ganas pero no sé me da especialmente bien. Pero allí estaba a media tarde con mi cerveza e improvisando unos pasos mientras mis amigos me miraban desde la barra. El local estaba bastante lleno asique nadie me haría caso y era lo que necesitaba. Fran se me acercó y me indicó a un grupo de chicas que acababan de entrar, una de ellas le gustaba a Carlos. Eran unos cuantos años mayores que nosotros y pretendían que fuera yo a hablar con ellas, hice como que no escuchaba nada. Seguí a lo mío, a mi bola. Y me tocaron el hombro, ya estaba pensando en mandar a paseo a Carlos cuando veo que es una de las chicas del grupo que me había comentado Fran. Debí mostrarme sorprendido porque se rio de mi reacción al verla.


-Le gustas a mi amiga. -Me indicó con la mirada a la chica que le gustaba a Carlos que me miraba de reojo, rondaría los treinta pero me saludó con la mano con la timidez propia de una adolescente. Como no respondía al no entender muy bien la situación la chica insistió. -Le pareces bastante mono y le gustaría que le hablaras.

-No te creo.

-¿Por qué? Le gusta tu camiseta de Nirvana y le pareces mono, acércate y te la presento.-Nos acercamos y la chica en cuestión estaba bastante roja. Me estaba pareciendo una broma.-Ella es Laura, ¿cómo dijiste que te llamas?

-Rober, un placer Laura.

-Me gusta tu camiseta, ¿llevas mucho por aquí?

-Llegué hace un rato con mis amigos. ¿Te apetece bailar?

-Rober, tío. -Era Carlos, no sé que narices le había pasado pero parecía molesto.-Nos tenemos que ir.

-¿Estás de coña? No llevamos ni una hora aquí y ahora mismo estoy ocupado.

-Vamos a otro lado que en este no hay nada de ambiente, estos ya están fuera.

-Laura, ha sido un auténtico placer, me llevan a otro lado, si nos vemos te debo un baile y una cerveza.

-Nos vemos luego.-Salió hasta la puerta para ver la dirección que tomábamos y sus amigas me gritaban por detrás que me quedara con ellas. Yo sabía que si de Carlos dependía no la volvería a ver, su puesto de líder no podía quedar en entredicho.-Luego nosotras también iremos a otro lado.


Estaba un poco molesto por la situación. No creo que Carlos tuviera algo en contra mía. A decir verdad la batalla estaba en su propia cabeza contra si mismo pero me estaba afectando y aunque no quería discutir recuerdo salir del sitio con los puños apretados como si fuese a pelearme. Berto me dio unas palmaditas en la espalda, sabía que era mejor dejarlo pasar y en cuanto entramos en el siguiente lugar mis ánimos estaban algo más tranquilos. Tras media hora más o menos Laura y su grupo de amigas entró por la puerta. No hizo falta que me acercara que ella misma tomó esa iniciativa con una sonrisa en la cara. Me gustaba mucho esa actitud. Tenía una cerveza en la mano, una chica hermosa delante y la sensación de que el mundo iba a ser mío.


-Oye, no sé cuanto tiempo nos vamos a quedar aquí pero me gustaría que tuvieras mi número para otro día.-Pidió un papel y un bolígrafo en la barra del bar.-Por si vuelven a interrumpirnos...

-Rober, nos vamos para casa.-Escuché a Carlos detrás mía y pude ver como Berto y Fran salían por la puerta. Me puso la mano en el hombro y tiró un poco de mi como intentando sacarme a rastras.-Perdona, se viene conmigo.


No pude pillar su número. Me despedí con la mano mientras maldecía mi suerte. Al salir del coche Fran tuvo que intervenir porque Carlos y yo discutimos. Estaba cansado de que quisiera ser siempre el centro de atención. Me llamó niñato caprichoso. Durante el viaje de vuelta la tensión era evidente. Solo quería volver a mi otro modo: al de absoluta soledad. Bajé del coche sabiendo que había perdido un amigo y una oportunidad. Aprendí que ninguno de los dos iba a volver.